El Confidencial
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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Sociedad

CULTURA | RELATO

El secreto de Casanova

07-02-2020 16:23:13

ÁNGEL VARELA | Giacomo Casanova llegó hasta el mismo umbral del descubrimiento. Sin embargo, una sociedad ultrasecreta denominada Fierescenza acabó con su vida, impidiendo de esa forma que el secreto saliese a la luz. En realidad, poco más se sabe de esa extraña sociedad cuyos miembros actuaban impelidos por una suerte de creencias místicas y esotéricas. Se sabe también que sus numerosos adeptos –todos hombres- rendían pleitesía al cuerpo de la mujer. Y solían celebrar multitudinarios rituales orgiásticos en los que tomaban parte jóvenes prostitutas.  

A través de los múltiples encuentros amorosos que protagonizó Casanova, logré reunir alguna información sobre esa misteriosa Fierescenza. Según se desprende de los datos que manejo, el célebre amante italiano frecuentó durante una época a algunos de los más relevantes miembros de la sociedad. Éstos lograron disuadirlo acerca de la conveniencia de incluir todo tipo de prácticas sexuales en su singular inventario amoroso. Un manuscrito descubierto en las postrimerías del siglo XIX entre las ruinas de un convento ubicado en las afueras de Roma, obra de un monje benedictino llamado Luciano Giardinelli, confirmó esa aventurada hipótesis.   

Un profesor de lenguas clásicas de la Universidad de Florencia, Tulio Demicelli, conocedor de mi interés por el tema, fue quien me puso sobre la pista del manuscrito. También me facilitó los contactos adecuados y, al final, logré encontrar lo que quedaba del citado manuscrito en la biblioteca de un aristócrata veneciano venido a menos. Viajé al menos tres veces hasta su mansión de La Toscaza para que me dejase echarle un vistazo.   

Tras la decidida intervención de mi amigo el profesor Demicelli, el propietario del documento accedió a que lo consultase con una sola condición: que observase la más estricta confidencialidad sobre todo cuanto pudiera descubrir tras su análisis.   

Desde luego, la consulta del volumen no defraudó en absoluto mis expectativas. En él se recogía abundante información sobre los usos amorosos de la época en la que vivió Casanova. Tengo que precisar que no habría podido pasar del primer párrafo de no ser por la inestimable colaboración de mi buen amigo el profesor Demicelli, que me ayudó a traducir el italiano arcaico en que estaba escrito el documento.   

Una semana después de mi último viaje a La Toscana aconteció algo trágico e imprevisto. El propietario del manuscrito falleció de forma accidental en una cacería. No trascendió mucho más sobre el desgraciado percance. El profesor Demicelli me informó, posteriormente, de que a uno de los cazadores que acompañaba al finado se le había disparado la escopeta. Al parecer, la gravedad de la herida y el hecho de que el aristócrata rondaba los ochenta años habían contribuido a acelerar el fatal desenlace.   

Yo había trazado un plan de trabajo espartano en el que tanto paciencia como disciplina se combinaban a partes iguales. Era consciente de que tendría que consultar centenares de referencias bibliográficas con la precisión de un entomólogo. No había otra alternativa si quería realizar algún avance sustancial en mis investigaciones. Por lo tanto, era preciso disociar el hecho histórico riguroso del cúmulo de leyendas que envolvían la figura de Casanova.   

Pasaba todas las mañanas en la biblioteca nacional, consultando diversos libros, buscando fuentes. La tardes las dedicaba a desgranar, de modo minucioso, la amplia relación de teléfonos que el profesor Demicelli me había proporcionado.

De todas las personas con las que mi amigo me aconsejó conectar, hubo una que me llamó poderosamente la atención, no sólo por el carácter inesperado y audaz de sus revelaciones, sino también por su apariencia misteriosa. Se llamaba Francesca Fulci, residía en un lujoso apartamento de la calle Serrano y hacía más de quince años que vivía en España. Hija de un acaudalado hombre de negocios de Milán, su privilegiada situación familiar le había proporcionado la posibilidad de llevar una vida fácil y pródiga en caprichos.   

De la primera conversación telefónica que mantuve con ella, me sorprendió el tono aterciopelado de su voz, la forma en que dejaba que las palabras se descolgasen dulcemente en el aire. Tras cinco minutos de diálogo, en los que no logré diluir del todo las suspicacias que le había provocado mi llamada, accedió a verse conmigo en su domicilio.   

Tras vestirme convenientemente para la ocasión, con un terno de colores oscuros, saqué mi coche del aparcamiento y me desplacé hasta su casa. Tuve suerte y logré estacionarlo muy cerca del edificio en el que vivía. Cuando me disponía a franquear el portal, el recepcionista me miró de arriba abajo y me dio educadamente los buenos días. Asentí con la cabeza y le dije que me dirigía a visitar a la señora Francesca Fulci.    

De repente, sentí que mi corazón comenzaba a bombear sangre con fuerza. No alcanzaba a imaginarme el aspecto que tendría mi anfitriona. Llamé a su puerta y, al cabo de unos segundos, una sirvienta de origen latinoamericano me recibió en el umbral. Tras comunicarle el motivo de mi visita, me invitó a pasar a un amplio vestíbulo. Me bastó un solo vistazo para cerciorarme de que la propietaria del apartamento tenía un gusto exquisito. Un reloj de pared bañado en oro y una estatua que reproducía, de manera fiel, el Hermes de Praxíteles franqueaban la entrada. Me acomodé en uno de los sillones del recibidor y me dispuse a esperar. Diez minutos más tarde apareció ella. Me quedé petrificado mirándola.   

Francesca Fulci era hermosa, muy hermosa. Poseía esa belleza intemporal por la que los hombres sueñan, lloran, e incluso a veces mueren. Calculé que debía rondar los cuarenta años. Sin embargo, su cuerpo de gacela elástica, embutido de forma rotunda en un vestido de cuero negro, le imprimía un aire juvenil. Su mirada clara, afilada como una daga cuyo filo desprendía destellos de un azul intenso, destacaba en el conjunto que formaban las facciones angulosas de su rostro. Su cabellera rubia se derramaba en cascada sobre los hombros y le confería un aspecto ciertamente irresistible. 

-Buenas tardes, señor …- las palabras se escurrieron lentamente de sus labios mientras me observaba con un deje de curiosidad en la mirada. 

-Aparicio, Rafael Aparicio- me apresuré a responderle tratando de soslayar la impresión que me había causado. 

-Así que es usted amigo de Tulio- añadió con gesto cómplice. –Ya hace algo más de un año que no lo veo. Me alegra tener noticias suyas, aunque sea a través de terceras personas. ¿En qué puedo ayudarle señor Aparicio?   

Exhalé una bocanada de aire y puse cara de circunstancias. Como apenas le había dejado entrever por teléfono el motivo de mi visita, intuí que tendría que echar mano de toda mi elocuencia para lograr que se implicase en mi investigación. Si al menos me proporcionaba algún indicio fiable para concluirla con éxito, podría darme por satisfecho. 

-Verá, señora Fulci- comencé diciendo. 

-Señorita …- me atajó al instante mientras una sonrisa dejaba al descubierto su dentadura perfecta. –Y tutéeme, por favor. No olvide que los amigos de Tulio son mis amigos. 

-Bien Francesca- repuse visiblemente agradecido por la muestra de confianza que acababa de otorgarme. –Desde hace algo más de un año estoy enfrascado en una investigación sobre la figura de Casanova. Todo transcurría con normalidad, es decir, con arreglo a los criterios que había trazado para desarrollar el trabajo, hasta que un insólito descubrimiento vino a alterar las conclusiones que ya casi había extraído sobre el célebre personaje. 

-¿A qué se refiere exactamente?- preguntó con viva curiosidad- 

-Ahora soy yo el que le pide que me tutee, por favor- me creí obligado a pedirle en atención a su gentileza anterior. 

-Verás Francesca- agregué con gesto circunspecto. –Hace algo menos de dos meses, Tulio me facilitó la dirección de correo electrónico de Livio Valdetesta, un especialista en historia de la Universidad de Florencia. Tras enviarle un par de emails, hablé con él por teléfono. No nos costó entendernos porque, al igual que Tulio, domina perfectamente el español. Fue el profesor Valdetesta el que me reveló las conexiones que Casanova había mantenido con una sociedad secreta de su época. 

-Sí, algo sé sobre ella …- me interrumpió con un brillo enigmático en su mirada. 

-Bueno, el caso es que esa sociedad secreta llamada Fierescenza ejerció una influencia decisiva sobre la vida de Casanova. Y ese vínculo alteró, por completo, su ya de por sí atribulada existencia. Me permitirás Francesca que omita la naturaleza escabrosa de los actos a los que se entregaban los miembros de la sociedad. Doy por supuesto que estás al tanto de ellos.

Mi interlocutora asintió con la cabeza en silencio y me invitó, con un leve gesto de su mano izquierda, a que continuase hablando. 

-Por la información que tengo, deduje que el trato con los seguidores de la sociedad fue comprometiendo su existencia hasta extremos inesperados. La tesis que barajo ahora, y es precisamente en este punto donde me gustaría que me ayudases a resolver mis dudas, es que, en contra de lo que afirmaron los historiadores en su momento, Casanova no falleció de muerte natural, sino que fue eliminado por los miembros de Fierescenza para que no divulgase algunos de los secretos que previamente le habían confiado. 

-Bueno- Francesca se revolvió en el sillón que ocupaba frente a mí. –Ya sabes que resulta difícil deslindar el rigor histórico de las fantasiosas hazañas que se le atribuyen. ¿Me comprendes verdad?- apuntó buscando mi complicidad. 

-Sí, claro- repuse con naturalidad. –Te refieres a todo lo que se ha  dicho y escrito sobre su ajetreada vida sexual. 

-Efectivamente. No olvides que, en el caso de Giácomo Casanova, fabulación e historia se entremezclan hasta formar un conjunto indisociable- afirmó con tono didáctico.

-¿Me permites una pregunta Francesca? ¿Por qué Tulio me ha aconsejado en varias ocasiones que acudiese a ti? 

-Bueno …-exclamó con aire risueño. –Ya te digo que Tulio es mi amigo. 

-No creo que sea sólo por eso- agregué con una pizca de suspicacia. 

-No claro- sonrió con franqueza. –Ya me imaginaba que mi explicación no iba a resultar convincente. –Verás –respiró hondo.

–Yo también soy licenciada en historia como el profesor Valdetesta. Ejercí la docencia durante un par de años hasta que mi matrimonio naufragó. Luego decidí venirme a España. Me especialicé precisamente en los siglos XVIII y XIX. Casanova y el rastro de su leyenda me habían cautivado desde siempre. Empecé a leer libros sobre su vida y aún hoy, después de haberle dedicado horas y horas de estudio, no tengo muy claro si la leyenda del personaje que contribuyó a crear sepultó al hombre o si fue justamente a la inversa. No sé si me entiendes. 

-Creo que sí- respondí con aire resuelto. –Empiezo a creer que tu colaboración va a resultar muy valiosa y quiero darte las gracias por adelantado. 

-No tienes por qué hacerlo- me reconvino ligeramente azorada. –Ya te he dicho que para mí es una satisfacción poder ayudar a un amigo de Tulio. 

-¿Cuál crees que fue el motivo por el que los miembros de la sociedad decidieron eliminar a Casanova? ¿Tienes alguna hipótesis?   

Por primera vez, desde el inicio de la conversación, advertí que la luz de su sonrisa amenazaba con apagarse. Durante unos segundos un espeso silencio se instaló entre nosotros.

-Ya veo que Tulio no te lo ha revelado todo …- apuntó con una sombra de recelo en su mirada.

-No entiendo. ¿A qué te refieres exactamente?- inquirí algo intrigado por el rumbo que comenzaba a tomar nuestra charla.

-Debería habértelo contado- añadió con gesto serio. 

-Francesca …- la interrumpí con un sentimiento de alarma al advertir su incomodidad. -¿Qué debería haberme dicho? Tulio simplemente me aconsejó que me pusiera en contacto contigo. Sólo eso.   

Ahora su malestar se había vuelto ostensible. Una mueca crispada amenazaba con transfigurarle el semblante. Deduje que no le resultaba agradable hablar de determinados asuntos. Comenzó a desgranar las palabras lentamente. Un rictus de tristeza traspasó su mirada como un relámpago herido:

-La sociedad secreta a la que perteneció Casanova perduró en el tiempo. A lo largo de varios siglos ejerció una notable influencia sobre nobles, clérigos e intelectuales. Su principal logro consistió en pasar desapercibida ante los ojos de la mayoría, conservando intactas sus enormes parcelas de poder. Los miembros de Fierescenza, además de cultivar todo tipo de hábitos disolutos, eran nigromantes y devotos de las ciencias ocultas. La connivencia con las autoridades políticas y eclesiásticas siempre les proporcionó la impunidad que necesitaban para realizar sus prácticas- Francesca parecía haberse acorazado en una suerte de autismo verbal. Sus ojos eran ahora dos charcos azules de agua helada que miraban hacia un punto indeterminado del recibidor. –Mi tatarabuelo, Francesco Fulci, un comerciante de telas que hizo fortuna en Génova, perteneció a la sociedad y sufrió el repudio de toda mi familia por ello. 

-Perdona Francesca- me creí obligado a decirle tras su confesión.

–No era mi propósito causarte un quebranto. Si quieres lo dejamos- añadí un tanto apesadumbrado por la naturaleza de sus declaraciones. -No, no te preocupes- se apresuró a corregirme. –Supongo que el tiempo contribuye a curar estas cosas. La verdad es que toda mi familia llevó muy mal ese asunto. Y las consecuencias llegan hasta hoy.   

Estuve tentado de preguntarle a qué consecuencias se refería. Sin embargo, decidí abstenerme para no resultar demasiado indiscreto. Mientras tanto, Francesca continuó con su explicación: 

-El sexo constituía la piedra angular de buena parte de las actividades que realizaban los miembros de Fierescenza. Multitud de jóvenes que ejercían sus servicios en los prostíbulos de Roma, Venecia, Pisa o Florencia eran contratadas para tomar parte en orgías fastuosas. La sociedad llegó incluso a disponer de un grupo de ojeadoras en los lupanares de las principales ciudades. Eran mujeres que solían tener vínculos familiares con algunas de las prostitutas. Su tarea consistía en informar, de manera puntual, acerca de las muchachas que más elogios recibían de los clientes. Esas eran las que contrataban después para participar en sus bacanales. Su gusto era exquisito y siempre reclamaban las mujeres más bellas y ardientes. No reparaban en gastos a la hora de satisfacer sus pretensiones. 

-¡Increíble!- exclamé con sincero asombro. –Tu información está resultando muy valiosa. 

-Bueno- añadió con cierto aire de desfallecimiento. –Si lo que te estoy contando sirve para algo, al menos habré contribuido a realizar una buena obra.   

La criada latinoamericana, la misma que me había recibido al llegar a su domicilio, apareció en la puerta e interrumpió momentáneamente nuestra conversación. En su rostro creí advertir un ligero gesto de inquietud, pero no le concedí mayor importancia. Francesca pareció leer su mirada y se incorporó del sillón. 

-Discúlpame un momento- me dijo mientras se perdía por el pasillo tras la doncella.   

La verdad  es que la visita estaba resultando fructífera. Me sentía contento por ello. Con sus declaraciones, Francesca Fulci había aportado datos a mi investigación que yo desconocía o que intuía, pero apenas alcanzaba a vislumbrar. Traté de recordar algunos de los pasajes más interesantes de nuestra charla. Y reparé en que aún no me había revelado un dato que, a mi juicio, resultaba esencial y definitivamente esclarecedor: el motivo por el que los miembros de la sociedad habían decidido eliminar a Casanova envenenándolo. Yo estaba casi seguro de que les había arrebatado algún secreto, pero necesitaba saber cuál era para culminar mi investigación.   

El regreso de mi anfitriona contribuyó a disipar las elucubraciones que me entretenían. Me sorprendió el hecho de que venía acompañada y no precisamente por su criada. Ahora, dos caballeros de complexión fuerte y elevada estatura la flanqueaban. En principio, no había nada en su actitud que resultase sospechoso. Sin embargo, no pude evitar que su repentina aparición me inspirase desconfianza. Interrogué a Francesca con la mirada, pero ella permanecía ajena a todo cuanto no fuese la presencia de sus acompañantes. Advertí que las facciones relajadas de su rostro se habían contraído hasta convertirse en una mueca endurecida. 

-¿Ocurre algo? – pregunté con ingenuidad. 

-No, nada. Tranquilo- sus palabras no lograron desmentir, en absoluto, la creciente sensación de inseguridad que transmitía la expresión de su cara. Comencé a sentirme nervioso. Aquella era una situación ciertamente insólita. Yo permanecía sentado en el sillón sin saber qué hacer ni qué decir. Y Francesca y sus dos acompañantes permanecían de pie frente a mí mirándome fijamente. Por un momento, tuve la impresión de que calibraban, en silencio, las oportunidades que tendría de escapar si se abalanzaban sobre mí. El zumbido de mi móvil pareció amortiguar el sentimiento de incomodidad que me atenazaba. Con un punto de incertidumbre amartillado en la mirada, saqué el teléfono del bolsillo interior de mi americana y respondí. 

-¿Si? ¿Quién es? 

-¿Rafael?- averigüé al instante la identidad de mi interlocutor al escuchar su voz.

-¡Tulio!- contesté con alivio al reconocer a mi amigo al otro lado de la línea. –No me esperaba tu llamada. Estoy en casa de Francesca- le dije con la esperanza de que alguien supiese mi paradero por si la situación empeoraba. 

-Olvídalo Rafael. No te servirá de nada- me advirtió Francesca mientras sus dos acompañantes me vigilaban atentamente sin moverse. En ese preciso instante, supe que me había metido en un buen apuro. Esgrimí una sonrisa estúpida, casi desvencijada, y continué hablando con Tulio para ganar tiempo y disimular el miedo que me embargaba.

-Oye- en la voz de mi amigo había un tono de súplica, de queja casi apremiante. -¿Se sabe algo ya? 

-¿Algo de qué?- pregunté desconcertado.   

Su breve silencio fue el anticipo de que no iba a gustarme nada su respuesta.

-¿Cómo?- reaccionó con un firme sentimiento de incredulidad.

¿Es que no lo sabes? Vamos a ver … ¿Con quién estás tú ahí? 

-¿Con quién voy a estar?- miré de forma instintiva a Francesca, que escuchaba sin perder detalle nuestra conversación. En su cara se había dibujado ahora la feroz sonrisa de una hiena. -¡Vaya pregunta!- añadí francamente molesto por el juego que se traía. -¡Con Francesca en su casa, ya te lo he dicho! 

-¡Imposible, Rafael! ¡Eso es imposible! 

-¿Pero qué coño dices?-recibí sus palabras como una bofetada de estupor en pleno rostro. 

-¡Francesca ha desaparecido esta mañana!- repuso consternado. –Su sobrina la esperaba para acompañarla al dentista y ya no se presentó en su casa.

-¿Su sobrina?- de repente entendí que la verdad amenazaba con deslumbrarme como un súbito fogonazo. Apreté los dientes y le formulé la pregunta a Tulio: 

-Dime ¿Qué edad tiene Francesca? 

-Pues no lo sé con exactitud- respondió confuso. –No sé … alrededor de cuarenta y cinco años. ¿Pero qué importa eso ahora?

-Gracias Tulio. Te llamaré si averiguo algo …- en ese momento, uno de los hombres que me vigilaba me arrebató el móvil sin contemplaciones.   

La mujer que había usurpado la identidad de Francesca Fulci me miraba igual que a un insecto atrapado en la tela de una araña. Su mirada, fría y sin vida como la de un escualo, me provocaba verdadero estremecimiento. 

-¿Qué es lo que han hecho con ella?- me atreví a preguntarles. 

-Muerta- afirmó mi interlocutora con gélida indiferencia. –Tuvimos que deshacernos de ella para montar toda esta comedia- aclaró con un deje de desprecio. 

-¿Pero por qué?- mis manos empezaron a temblar y apenas podía controlarme. 

-¿Por qué?- rezongó con un gesto de impaciencia. -¿Y aún lo preguntas, estúpido? Hace más de un año que te seguimos los pasos. Asistimos muy preocupados a los avances de tu investigación. Y llegamos a la conclusión de que ya habías rebasado el límite de lo tolerable. 

-No entiendo nada- las piernas me flaqueaban y me hubiese desmoronado de no estar sentado en el sillón. -¿A quién pueden molestar los trabajos de una rata de biblioteca como yo?

-¿A quién? ¿De verdad quieres saberlo?- una mirada de profundo resentimiento le deformaba la expresión del rostro. -¡A nuestra sociedad secreta, jodido impertinente! 

-¿Pero ..? ¡Eso es imposible!- protesté con la vana esperanza de que mi arranque de dignidad fuese a servir de algo. –¡Esa sociedad existió hace más de doscientos años! 

-Pobre diablo- me interrumpió con un forzado gesto de conmiseración. –Veo que no has entendido nada.   

Antes de que tuviese tiempo a reaccionar, con un leve giro de su cabeza, ordenó a sus acompañantes que me inmovilizasen. Sentí sobre mis hombros la poderosa presión que ejercían los brazos de aquellos dos mastuerzos. Ella se acercó a mí y, por primera vez, la vi más peligrosamente bella que nunca. 

-Verás- apuntó tras unos segundos de vacilación. –Tienes derecho a conocer la verdad porque, al fin y al cabo, dentro de unos minutos estarás muerto y dejarás de ser un estorbo para nosotros- anunció con una sonrisa irónica que me heló el alma.   

Tragué saliva y no pude evitar que el miedo revolotease en mi mirada como un cuervo furioso. En aquellas circunstancias, lo único que podía hacer era escuchar. Ella volvió a sentarse en el sillón. Tras unos segundos de silencio, comenzó a hablar con la tranquilidad que le proporcionaba el absoluto control de la situación: 

-Como te dije antes, uno de los grandes logros de nuestra sociedad consistió en perdurar a través de la historia- ahora hablaba recreándose en sus propias palabras, con una seguridad casi insultante. –Supimos adaptarnos a los nuevos tiempos, transmitir nuestro legado. Hoy podemos decir con orgullo que no sólo hemos sobrevivido, sino que nuestros adeptos se encuentran repartidos por todo el mundo.

-Pero no puede ser- me atreví a replicar tímidamente. –Tú eres una mujer y Fierescenza estaba formada exclusivamente por hombres.

-Así es. Pero te olvidas de algo- precisó con un gesto de suficiencia. –Las ojeadoras jugaron un papel fundamental en el desarrollo de nuestra comunidad. A mí me toca cumplir ahora el cometido que mis antepasados realizaron durante siglos: proporcionar muchachas jóvenes y hermosas a nuestros acólitos, para que disfruten con ellas- pronunció las últimas palabras con la mirada inflamada de fervor, como si se creyese llamada a ejecutar alguna misión de naturaleza sagrada.

-¿Y era necesario asesinar a la pobre Francesca? 

-Mira- su respiración se alteró levemente y puso cara de circunstancias. –Por desgracia, la vieja resultó dura de pelar. No teníamos intención de eliminarla, pero opuso una resistencia impensable. Lo único que queríamos era retenerla aquí en su domicilio hasta que tú llegases. Insistió en llamar a la policía y nos vimos obligados a prescindir de ella. Ahora, su cuerpo sirve de abono a los árboles que hay en algún lugar de la sierra. La segunda parte de la representación ya la conoces. Yo usurpé su identidad y utilicé algunas de las informaciones que ella previamente me había facilitado para despistarte y hacer creíble mi papel. 

-Pero ¿Y si Tulio me hubiese facilitado más datos personales sobre ella?- me aventuré a decir mientras la presión que ejercían sus acompañantes sobre mis hombros amenazaba con fundirme contra el sillón.  –Hubiese descubierto el engaño al advertir la diferencia de edad. 

-Sabíamos que eso era prácticamente imposible- argumentó. –También seguimos a ese estúpido amigo tuyo. Y teníamos la certeza de que sólo te había facilitado la dirección y el número de teléfono de Francesca. Pinchamos el suyo e interceptamos todas las conversaciones que mantuvo contigo. La estrategia era muy simple. No había más que sustituirla a ella y esperar a que el pez, es decir tú, mordiese el anzuelo. 

-¿No tengo ninguna posibilidad entonces?- le pregunté con lástima. 

-Me temo que no- sonrió con malicia. –Compréndelo. No podemos arriesgarnos a que saques a la luz cosas que no nos interesan. Fuiste demasiado lejos en tus investigaciones.

-Bueno, esto ha concluido- afirmó con aire resuelto. –Llevadlo al cuarto de baño y acabad con él. 

¡Espera, por favor!- le rogué en un desesperado intento por ganar tiempo. –Una última pregunta.

Está bien- asintió con la cabeza. -¿Qué quieres saber? 

-El secreto- dije con un hilo de voz apenas audible. -¿Cuál fue el secreto que Casanova le arrebató a la sociedad? 

-Tu trabajo de investigación fue notable. Sin embargo, el punto de partida fue erróneo- comentó mientras exhibía una sonrisa enigmática. 

-¿Qué quieres decir?- la interpelé con viva curiosidad, olvidando por un momento la dramática situación en que me encontraba. 

-En contra de lo que piensas, Casanova no descubrió ningún secreto- confesó en un tono de voz deliberadamente confidencial. –Fuimos nosotros los que se lo arrebatamos a él. 

-Explícate, por favor.   

Su rostro exhibió una expresión relajada. Con un gesto ordenó a sus dos acompañantes que aflojasen la presión que ejercían con sus brazos sobre mis hombros. Gracias a eso pude revolverme en el sillón y adoptar una postura menos forzada. Ella comenzó a desgranar las palabras lentamente. Sus ojos dejaban entrever las mismas emociones que los de un tiburón.

-Giacomo Casanova murió en 1789, precisamente el mismo año en que estallaba la Revolución Francesa. Decidió legar el manuscrito de su vida, que estaba escrito en francés, a Carlo Angioloni, su sobrino político. Si decidió entregarle a él el manuscrito fue, lisa y llanamente, porque fue la única persona que estuvo junto a él en las últimas horas que le quedaban de vida, antes de que el veneno surtiese su fatal efecto.-Sí, esa es más o menos la versión que yo conocía- repuse con sincero interés. -¿Pero qué ocurrió más tarde?   

Un gesto de plena satisfacción le veló la mirada. Apenas lograba disimular el regocijo que le producía mi creciente curiosidad. 

-El hijo de Angioloni se lo vendió al editor alemán Brockhaus en 1821. Durante todo ese tiempo nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrió con el manuscrito- una amplia sonrisa se desplegó en su rostro como una sonrisa al viento. –Bueno, en realidad los miembros de la sociedad sí lo sabían porque jamás llegaron a perder su rastro. 

-Ya entiendo …- asentí intrigado ante el rumbo que comenzaban a tomar sus revelaciones.

Destacadas personalidades de la sociedad, que frecuentaban los mismos círculos que el editor alemán, conocedoras de que éste tenía el manuscrito en su poder, decidieron disuadirlo para que publicase una edición completa en francés. A partir de ese instante, nuestra comunidad, consciente de que la divulgación de la obra podía reportarle incalculables beneficios, pasó a controlar todo el proceso y Brockhaus quedó relegado a un segundo plano. No resultó difícil convencerle –un gesto cínico volvió a deformarle la máscara endurecida del rostro. –Fue suficiente con amenazarlo de muerte si se iba de la lengua. 

-O sea, que al final fue la sociedad la que se enriqueció con la publicación de las memorias. El propio autor confesó a varios miembros de Fierescenza que las había escrito. Y esa indiscreción le costó la vida- sugerí sorprendido. 

-Así es- admitió con un deje triunfal. –Con Brockhaus neutralizado por el miedo y Casanova muerto, no había posibilidad alguna de que un familiar reclamase el legado autobiográfico del finado. 

-¡Increíble!- exclamé con ingenuo entusiasmo. 

-En cualquier caso, la edición de la obra no fue desde luego un trabajo sencillo- puntualizó sin apearse de la euforia que la embargaba. –Resultó una labor ardua. Como Casanova escribía en un francés repleto de italianismos, barbarismos y arcaísmos, fue necesario adecentar el texto y corregir incluso algunos de sus pasajes más escabrosos. Para ello, la sociedad contó con la valiosa intervención de un médico y profesor de francés llamado Jean Laforgue. Con reputación de profesional honesto y riguroso, fue él quien se encargó de darle los retoques precisos al manuscrito.   

Mi interlocutora me observaba ahora con la minuciosidad de un entomólogo. Me escrutaba con su penetrante mirada, tratando de calibrar el efecto que me había producido su explicación. Lo realmente cierto era que, tras el paréntesis abierto por sus revelaciones, yo volvía a ser consciente de la desesperada situación en que me hallaba. 

-Jamás hubiese logrado llegar a esas conclusiones- acerté a decir por fin con  la esperanza de que mis palabras sirviesen para algo. –Francamente, no creo que sea un estorbo para vosotros. 

-Por desgracia, los miembros de la sociedad no opinan lo mismo- movió la cabeza en sentido negativo- De la más absoluta discreción depende la supervivencia de nuestra comunidad. Así lo hemos entendido siempre y, desde luego, esa regla procuramos cumplirla a rajatabla.   

Me encogí de hombros para hacerle ver que su actitud era equivocada. Sin embargo, la fría determinación de su mirada me inducía a pensar que mis tentativas por salvarme resultarían infructuosas. 

-¿Recuerdas el aristócrata que te facilitó la consulta de cierto manuscrito antiguo? ¿El que murió accidentalmente en una cacería?- me preguntó con gesto cómplice. 

-Sí, claro- afirmé. 

-Bueno, pues no hubo tal accidente- señaló con rotundidad. –Uno de nuestros compañeros se infiltró en la cacería y se encargó de volarle la cabeza a ese estúpido. Como ves, no dejamos ningún cabo suelto. La misma suerte corrieron los dos periodistas de Le Fígaro que pretendieron llegar tan lejos como tú en sus investigaciones.   

Tragué salive y un rictus de amargura me desdibujó el semblante. El miedo era ahora como un parásito helado que crecía en mi interior congelándome el corazon. 

-Tu tiempo se ha acabado- me advirtió con aire lúgubre. –Llevadlo al cuarto de baño. 

-¡Espera! ¡Las cosas pueden arreglarse- mis palabras eran ya una súplica desesperada.   

Sus dos acompañantes volvieron a sujetarme con fuerza y me llevaron en volandas a través del pasillo. Traté de gritar y lo único que conseguí fue articular un aullido bronco, lastimero. Me arrojaron violentamente dentro de la bañera. Uno de ellos sacó un revólver de su americana y apoyó el cañón contra una toalla que sujetaba en su mano izquierda. Cerré los ojos y comencé a sollozar. En ese preciso instante, no sé muy bien por qué, recordé una cita que había leído en alguna novela de Cormac McCarthy: “El único orden que existe en el mundo es el que la muerte ha puesto en él”.





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