ÁNGEL VARELA | Estoy segura Max de que tú perteneces a una estirpe de hombres misteriosos y fascinantes. Lo supe la primera noche que pasamos juntos, emboscada en tu cuerpo recio, recorriendo en silencio la cálida geografía de tu piel. Mientras te desplomabas sobre mis muslos inflamados, yo desabrochaba tus labios con calma e invocaba el palpitante desorden de tu nombre. Al cabo de unos minutos el placer, húmedo y salvaje, estremecía la carne con la rotundidad de un latigazo. Después te vestías apresuradamente y desaparecías.
Yo me quedaba ahíta, inmersa en un oleaje de íntimas sensaciones que amenazaba con desbordarme el corazón. Sin embargo, tú te marchabas con la serenidad reflejada en el rostro y no pronunciabas ni una sola palabra. Con el paso del tiempo me has revelado que la belleza, tras el deseo, sólo es memoria, que merece la pena luchar para no caminar suavemente hacia la muerte. No sé qué sería de mí sin tu aliento, sin esas caricias que logran que mis mejillas se enciendan como velas.
Daniela cerró su diario por la página que acababa de escribir aquella mañana. La voz de su marido la sobresaltó. Escondió el manuscrito, de forma atropellada, en el cajón de su mesilla de noche. Se arregló un poco frente al espejo y salió a recibirlo al pasillo.
-¿Qué tal te ha ido en el trabajo?- le preguntó mientras le propinaba un beso en la mejilla.
-¿Está lista la comida?- la interrogó con sequedad.
Daniela entornó los ojos antes de contestar. Sintió cómo un escalofrío recorría su columna vertebral.
-En diez minutos te la sirvo en la mesa- se apresuró a decirle para evitar un nuevo enfrentamiento.
-¡Diez minutos!- exclamó su marido con desdén. -¡Estoy hasta los cojones de que todos los días ocurra lo mismo!
-Lo siento … lo siento Aurelio- la voz de Daniela se adelgazó hasta convertirse en un murmullo apenas perceptible.
Por toda respuesta, él cogió la gabardina que acababa de dejar colgada en el perchero del pasillo, pegó un portazo y salió de nuevo a la calle.
Daniela regresó a la cocina, apenas pudo probar bocado por el disgusto y pasó sola buena parte del día. Una sensación de derrota le sepultaba el ánimo. A última hora de la tarde se asomó a la ventana del salón. Fuera llovía y esa circunstancia contribuía a empeorar su ánimo. Estuvo viendo la televisión hasta la medianoche. Después se acostó, cogió su diario de la mesilla y continuó escribiendo.
Arde el deseo hasta que sus cenizas se posan lentamente sobre nuestros hombros. Tu musculoso cuerpo de pantera me socava y ya arrecia en tu fuego el temblor de mi carne. Mi lengua conoce todas las estrías de tu oreja y es una caracola. En realidad, no tengo palabras para explicarte lo que ha supuesto tu aparición. Contigo, con la seguridad que me aporta tu presencia, he comprendido, por primera vez, lo que significa huir del invierno, amarte en el silencio del bosque mientras miles de hormigas se apoderan de la memoria, que ya es tan sólo un leve rastro de azúcar.
Aún recuerdo cómo nos conocimos Max. No olvidaré jamás aquella noche. Tú acababas de llegar de Segovia y tenías una melancolía fantástica, absurda, como si hubieses regresado del país de la lluvia. Coincidimos en una cafetería del centro, tomamos unas copas juntos sin conocernos de nada, nos reímos. Y, casi sin darnos cuenta, acabamos los dos solos en tu apartamento, desafiando el orden lógico de los acontecimientos, entregados a una pasión que consumía nuestros sentidos.
Aquel temerario encuentro, que se produjo de forma completamente involuntaria, dio paso a nuevas citas, más audaces, más irreflexivas, ya que ambos preferíamos ignorar qué ocurriría si nuestras respectivas parejas se enteraban. Si algún día el destino nos separa para siempre, quiero que sepas Max que será dulce morir de tu recuerdo.
El ruido de unas llaves en la puerta la sobresaltó. Daniela guardó su diario en la mesilla. Miró su reloj. Eran las dos menos cuarto de la madrugada. Escuchó la voz de su marido al fondo del pasillo. No tardó en darse cuenta de que venía completamente borracho. Se protegió de forma instintiva con el edredón, tapando su cuerpo menudo hasta el cuello. Su marido abrió violentamente la puerta del dormitorio.
-¡Puta! ¡No eres más que una puta!- Daniela recibió sus insultos como una bofetada en pleno rostro. Sin quererlo, una lágrima furtiva comenzó a deslizarse por su mejilla izquierda.
-¡No grites Aurelio, que vas a despertar a los vecinos!- se atrevió a decirle con voz entrecortada.
-¿Qué no grite?- se aproximó a ella e hizo ademán de levantarle la mano. -¡Estoy en mi casa y hago lo que me sale de los cojones!
Daniela permanecía oculta bajo el edredón, paralizada por el terror. No era la primera vez que su marido llegaba a casa en esas condiciones. Cuando bebía un par de copas de más se volvía peligroso y llegaba incluso al insulto.
-Dime. ¿Para qué coño me sirves?- su marido se sentó a duras penas sobre la cama. El alcohol que había ingerido provocaba que su mirada se extraviase, otorgándose el aspecto de un monigote patético.
-¡Dime para qué me sirves!- le gritó de forma amenazadora. -¡Cinco años estudiando una carrera! ¿Y total para qué? ¡Si ahora soy yo el que tiene que mantenerte!
-Por favor Aurelio. No me digas eso …- Daniela vibró de indignación y acuchilló a su marido con la mirada. Sin embargo, él hizo caso omiso de sus ruegos y siguió castigándola con sus comentarios ofensivos.
-¡Digo lo que quiero, joder! ¡Tengo en casa una licenciada en Filología que no da palo al agua! ¡Deberías avergonzarte!
Como si la hubiese impulsado un resorte, Daniela se levantó de la cama y corrió hacia la puerta del dormitorio. Ahora lloraba de forma ruidosa. Su marido intentó atraparla por un brazo, pero no estaba en condiciones de realizar ningún esfuerzo. Se encerró en el cuarto de baño y pasó allí toda la noche.
Despertó a las seis de la madrugada y después logró dormir de un tirón hasta las nueve de la mañana, recostada contra el inodoro. En cuanto se cercioró de que su marido ya se había ido, regresó al dormitorio. Se dirigió a la mesilla de noche, cogió su diario del cajón y se aferró a él como un náufrago a su única tabla de salvación.
El humo de tus labios azotados se pierde en el rastro sosegado del amanecer. El silencio se posa imperturbable en las hojas de los árboles y advierte que, tarde o temprano, cada deseo encuentra su verdad, su cansancio. Sin embargo, tu ternura me guía con paso seguro más allá de los arrecifes de las sombras.
Max, he rescatado de mi memoria la melancolía de las horas pasadas junto a ti. Como las noches no son suficientes para quererte, he decidido también entregarte el resto de mis días. Ahora amanece en silencio en mi piel. El deseo rompe en mi mirada como una delicada ola de porcelana que reclama cada pedazo de tu cuerpo. La húmeda fruta de tus labios se posa con calma sobre mi vientre sereno. Estoy segura de que arden las noches con sus días. Te quiero.
Daniela trató de seguir escribiendo, pero sintió que los párpados le pesaban terriblemente. Se abandonó sobre la cama y tardó menos de cinco minutos en entregarse a un sueño profundo. Cuando despertó eran casi las dos del mediodía. Apenas logró evitar un grito de espanto. En menos de media hora su marido regresaría a casa del trabajo. Pensó qué disculpa iba a esgrimir para justificar la demora en la preparación de la comida.
Abrió la nevera y cogió cuatro huevos. Puso la sartén sobre el fuego, echó aceite y se puso a pelar patatas. En su fuero interno albergaba la esperanza de que aquella solución de urgencia bastase para salvarla del trance. Como cada día, su esposo llegó a cada a la hora prevista. Pudo escuchar el ruido de sus llaves en la puerta y sus pasos a través del pasillo. Cerró los ojos un instante y cruzó los dedos para que no ocurriese nada malo.
-¿Qué tal te ha ido en el trabajo?- le preguntó en cuanto le vio aparecer en la puerta de la cocina.
-Menos peloteo- la atajó con gesto agrio. ¿Está la comida?
-No falta nada- respondió Daniela con un punto de nerviosismo en la voz.
-Ya estamos, que no hay manera, coño- exclamó él visiblemente enojado. -¡Te pasas todo el día en casa y no eres ni capaz de tener preparada la comida a su hora!
-Tranquilízate Aurelio- le rogó Daniela mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
-¿Qué me tranquilice? ¡Me voy ahora mismo!
Pegó un portazo y salió de la cocina. Se detuvo un momento en el salón para recoger su gabardina y regresó de nuevo a la calle.
Daniela corrió a refugiarse en su dormitorio. Con el disgusto se le había quitado el apetito. Volvió a volcarse en la escritura de su diario.
El viento siempre limpia tu sonrisa de arena. Hacemos el amor en la playa, fundidos en un solo aliento. Y, mientras tanto, la soledad de los extraños descubre la herida del rocío en el vientre de la madrugada. Las olas acarician nuestros cuerpos como labios de espuma y me pregunto cómo podré sobreponerme a tanta dicha.
Creo Max que jamás podré separarme de ti. Recuerdo que, en nuestro primer encuentro, traías a cuestas los escombros de tu cariño. En tu piel aún se veía reflejada la ardiente caligrafía de otras caricias femeninas. Y también recuerdo noches sin fin, y la tierna elegancia de mis besos al vacío mientras tú me sugerías que, con la simple ayuda de los sueños, podía incluso hasta convertirme en amante de los ángeles.
¿Cómo rescatar el efímero esplendor de esos momentos? ¿Por qué termina uno siempre recalando en el inevitable desengaño de la muerte? Gracias Max por tanta belleza, por todos esos momentos frágiles e irrepetibles que me acompañarán siempre. Hay noches en que los ojos perdonan el silencio de la luna. Y mi mirada muerde apacible el sabroso manjar que ofrece tu cuerpo.
Perdió la noción del tiempo y estaba a punto de quedarse dormida cuando el sonido del teléfono la sobresaltó. Descolgó el aparato con curiosidad.
-¿Sí?
-¿Daniela?- escuchó una voz al otro lado de la línea que le resultaba familiar. Se trataba de Berta, compañera de estudios en la facultad y una de sus mejores amigas.
-¿Berta? ¡Qué sorpresa!
-¿Qué? ¿Estás más animada?- le preguntó.
-Estoy algo deprimida- le confesó Daniela con aire compungido.
-¿Qué pasa? ¿Ese animal te ha vuelto a humillar?
Déjalo- respondió con pesar. –No me apetece hablar de eso.
-¿Mantenemos la cita del viernes?
-Sí- respondió Daniela. –A las cinco en la plaza de España.
-Eso es- recalcó Berta. –Bueno, ahora tengo que dejarte. Tengo que llevar a los niños al colegio. Adiós.
-Hasta el viernes.
La irrupción de su marido en el dormitorio la sorprendió con el diario entre las manos. No lo había oído entrar en casa. Un relámpago de miedo le veló la mirada y el corazón le dio un vuelco.
-¿Qué es eso que tienes entre las manos?
-¿A qué te refieres?- le preguntó ella tratando de ganar tiempo.
-¡No te hagas la despistada! Te estoy haciendo una pregunta.
Antes de que pudiera reaccionar, se abalanzó sobre ella y le arrebató violentamente el diario de las manos.
-¡Aurelio, por favor, cálmate! ¡Sólo es mi diario!
Su marido no dijo nada. Se mantenía en silencio y se esforzaba por leer una de las páginas del manuscrito. Su embriaguez le impedía seguir el texto con coherencia. Mientras tanto, Daniela, lo miraba desde la cama sin moverse, atenazada por el pánico.
-¿Max? ¿Quién coño es Max?
Daniela sintió cómo el mundo se desplomaba sobre ella. Quiso hablar, pero no pudo. El miedo se lo impedía. Vio que su marido se volvía de forma amenazadora contra ella y cerraba los puños con rabia. Sabía que no iba a creer nada de cuanto le dijese.
-¿Quién es Max? ¿Quién es? ¿Con quién me engañas puta?- la primera bofetada la pilló desprevenida.
Quiso contestarle, quiso decirle que Max pertenecía a un reino que no era de este mundo. Sin embargo, no se atrevió y permaneció postrada sobre la cama, cubriéndose la cabeza con ambas manos.
-¿No dices nada? Cojonudo. ¡Te vas a enterar!- la segunda bofetada fue mucho más fuerte e impactó de lleno sobre su mejilla izquierda.
Intentó levantarse y gritar, pero ya era demasiado tarde. Enardecido por el alcohol, su marido arrancó una de las hojas del diario y se la metió en la boca. Después le propinó una fuerte bofetada que le partió el labio inferior.
-¡Te mato cabrona!- esas fueron las últimas palabras que escuchó Daniela antes de desvanecerse. En un último suspiro de lucidez, se preguntó cuándo volvería a acariciar la piel de los sueños.