El Confidencial
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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Sociedad

CULTURA | RELATO

Corazón de madera

06-03-2020 15:20:57

ÁNGEL VARELA | Era un tipo enjuto en cuya mirada aún podía sostenerse el pulso desnucado de los sueños. Solía frecuentar los mismos establecimientos nocturnos que yo y se las ingeniaba, a menudo, para pasar desapercibido. Cuando llegaba el momento de dejarse llevar noche abajo, siempre lo veía acodado en la barra de cualquier bar, atornillado a su soledad.

Había visto infinidad de veces a sujetos como aquel en la bendita oscuridad del cine. Eran seres que frecuentaban los caladeros de la derrota y amasaban una biografía de alcohol y humo. Su despedida sonaba con frecuencia como un aldabonazo en el corazón de alguna mujer, dejando en el aire una sinfonía magullada de reproches, un pegajoso rastro de tristeza. Sin embargo, éste tenía una curiosa costumbre que acentuaba aún más su singularidad. Su pasión por los árboles navideños desbordaba, con mucho, cualquier otra de sus obsesiones.   

Después de verlo, horas y horas, contemplando arrobado el escaparate de una tienda próxima al bar que ambos frecuentábamos, no me costó demasiado llegar a esa conclusión. Su proceder era siempre el mismo: pedía su consumición, abonaba el importe y al cabo de diez minutos salía a la calle, cruzaba la calzada y se detenía frente al escaparate del establecimiento que vendía todo tipo de artículos navideños. Allí permanecía inmóvil durante un buen rato, como un náufrago varado en una playa olvidada por todos, admirando media docena de abetos que los transeúntes podían ver a través del cristal.   

Su extraño hábito acentuó aún más la curiosidad que sentía por aquel individuo. Me prometí a mí mismo la mayor discreción posible y decidí averiguar, por mi cuenta, algo más sobre él. A pesar de sus esfuerzos por mantenerse en el anonimato, había quien le atribuía el protagonismo de las más diversas historias, algunas de las cuales bordeaban peligrosamente la frontera de la legalidad. Se decía de él que, tras trabajar como marinero profesional en los bancos de pesca de Terranova, había participado como mercenario en varios conflictos bélicos que asolaban el continente africano.    

El camarero del local que los dos frecuentábamos, y con quien me unía cierta amistad, no dudó en ponerme al corriente de todos los comentarios que difundían otros clientes sobre el tipo que tanta curiosidad me provocaba.   

De todos los chismes que se contaban sobre él había uno que destacaba especialmente sobre los demás, según me reveló mi confidente. Algún cliente del bar había propalado el rumor, infundado sin duda alguna, de que aquel tipo enjuto, de una edad indefinida y rostro apergaminado, había aprovechado en el pasado una de las frecuentes estancias de Ava Gardner en Madrid para seducirla.   

Al parecer, la legendaria actriz norteamericana, en el transcurso de una de sus numerosas noches locas, había sucumbido a sus encantos y no había dudado en irse a la cama con él.    

Creo recordar que esbocé un gesto de perplejidad tras escuchar aquella historia. Todo en ella resultaba increíble. Sin embargo, el relato de sus supuestos amores con la estrella de Hollywood contribuyó a que me interesase aún más por su persona. En ese mismo instante decidí que me aproximaría a él como fuese. Quería averiguar algo más sobre las azarosas circunstancias que rodeaban su vida.   

Tomé la determinación de trazar un plan con objeto de ganarme su confianza. Pensé que no resultaría demasiado difícil. Tras estudiar sus hábitos durante una semana, llegué a la conclusión de que todo cuanto hacía era metódico e invariable: llegaba al bar alrededor de las once de la mañana, se bebía un par de cervezas y, tras abonar las consumiciones, salía a la calle y se apostaba frente al escaparate del establecimiento en el que se exhibían los abetos. Allí permanecía durante un buen rato y después se perdía caminando entre la muchedumbre.   

El primer día que decidí ejecutar el plan, mi propósito por aproximarse a él resultó infructuoso. Como en ocasiones le había oído hablar de fútbol con algún cliente, traté de entablar conversación fingiendo un supuesto interés por los resultados de la última jornada liguera. Sin embargo, el tipo me obsequió con una mirada indolente y se limitó a encogerse de hombros sin moverse de la barra. Ante su escasa predisposición a hablar conmigo, opté por desistir y esperar una ocasión más propicia.   

Dejé transcurrir un par de días y al tercero lo intenté de nuevo. Curiosamente, el pretexto que me sirvió para derribar su espeso muro de indiferencia resultó tan insólito como inesperado. Estábamos, como todos los días, bebiendo en la barra y mirando distraídamente la televisión. De repente noté que el tipo tenía sus ojos clavados en la pantalla y se le notaba tenso. Fijé mi atención en el televisor con el fin de averiguar qué era lo que le había producido aquel cambio de ánimo.   

Para mi asombro, lo que el aparato emitía en aquellos momentos no era más que el enojoso anuncio de los turrones “El almendro”, aquel que repetía el estribillo infame de vuelve a casa por Navidad. Sin duda, la proximidad de las fiestas constituía una ocasión inmejorable, para todas las cadenas, de obtener pingües beneficios a cuenta del aluvión publicitario.   

Me volví hacia él y me sorprendí al ver que una lágrima furtiva se deslizaba por su mejilla izquierda. ¿Aquel tipo curtido, de vuelta de todo, del que decían que había combatido como mercenario en África, se desmoronaba al ver un anuncio de turrones por televisión? Di por hecho que la ausencia de algún ser querido o la lejanía del hogar le habían provocado aquel acceso de sentimentalismo. Le pregunté con cierta reserva si se encontraba bien y él, lejos de ignorarme, exhibió su mejor sonrisa y agradeció mi interés. Supe que tenía que aprovechar esa circunstancia y lo invité a otra cerveza.   

Su actitud hacia mí era ahora bien distinta a la del primer día. De un tímido diálogo de monosílabos y asentimientos derivamos hacia una conversación fluida, y todo ello gracias al spot publicitario. Precisamente por el anuncio del turrón supe que, a diferencia de lo que yo creía al principio, lo que le provocaba amargura no era tanto la divulgación de las excelencias del postre navideño como la propia naturaleza de las fiestas.   

Me confió que la navidad le traía recuerdos de algún lejano episodio amoroso al que no quiso referirse en absoluto. Me dijo también que aquella experiencia había estado a punto de cambiarle la vida y que su recuerdo lo sumía en una postración absoluta. En ese punto de la conversación decidí arriesgarme a conciencia y, sin dejar de mirarle a los ojos, le pregunté por qué se interesaba tanto por los abetos que se exhibían en el escaparate de la tienda.   

Mi interlocutor se revolvió en la barra y en su rostro se dibujó la mueca de una sonrisa resignada. Dejó transcurrir unos segundos antes de abrir la boca. Y casi pude percibir el ruido que producía el fuelle cansino de su respiración.   

Finalmente, me reveló que llevaba mucho tiempo siguiendo aquella partida de abetos, casi desde el momento en que habían sido talados en algún lugar de la sierra próximo a Segovia. De su boca supe que aquellos árboles, que no tardarían en formar parte de la apacible escenografía navideña de cualquier hogar, estaban íntimamente vinculados al episodio sentimental que me había referido con anterioridad. Sin embargo, se abstuvo de explicarme qué papel jugaban los abetos en aquella experiencia que, según decía, tanto lo había marcado.   

Como persistía cierto tono de preocupación en su testimonio, lo invité a que me confiase, sin temor, el motivo de su aflicción. Por toda respuesta, dejó que su mirada vagase por el interior del establecimiento y a continuación añadió con voz trémula: “El tiempo se acaba”, “El tiempo se acaba”. Lo repitió hasta dos veces, quizás para cerciorarse de que yo escuchaba sus enigmáticas palabras. Confuso por lo que acababa de oír, le rogué si podía concretar algo más. Nuevamente dejó que transcurriesen unos segundos antes de responder.   

Empecé a sospechar que adoptaba esa actitud para otorgarle mayor solemnidad a sus palabras. Lo cierto es que me transmitió su preocupación por el hecho de que, a medida que pasaban los días, cada vez era menor el número de abetos que se exhibían en el escaparate de la tienda. Me dijo que el número de árboles se había reducido, de modo ostensible, en la última semana. Descolocado por su respuesta, comencé a preguntarme qué diablos tendrían aquellos abetos que tanto lo obsesionaban. No obstante, a pesar de mi insistencia, no logré averiguar nada concluyente.   

Un minuto antes de marcharse del bar, y tras decirme que se llamaba Alfredo, me hizo un guiño cómplice con la mirada y me dijo que uno de esos árboles contenía algo que era muy valioso para él. Con la curiosidad encendida por esa nueva revelación, traté de formularle una nueva pregunta. Sin embargo, Alfredo se encaminaba ya hacia la calle y no me pareció oportuno volver sobre lo mismo.   

Transcurrieron cuarenta y ocho horas desde nuestra primera conversación. Y mi interlocutor siguió acudiendo al bar con puntualidad y a su extraña cita con los abetos. Pero a medida que pasaban los días, notaba cómo su estado de ánimo se iba oscureciendo. Su melancolía contrastaba con la euforia que ya comenzaba a vivirse en la calle, atribuible sin duda a la fiebre consumista que preludiaba la celebración de una nueva navidad.   

No tardé demasiado en averiguar la causa de su pesar. Me bastó con echar un vistazo al escaparate de la tienda de regalos, para confirmar qué era lo que le afligía de esa manera. En los últimos días, el número de abetos del escaparate se había visto reducido de seis a uno. La demanda se había disparado y la gente se apresuraba a ultimar las compras navideñas, entre las que se encontraba naturalmente el tradicional árbol.   

Alfredo dejó de frecuentar el bar en cuanto desapareció el último abeto del escaparate. Nunca más volví a saber nada de él. Al final llegué a la conclusión de que era un tipo baqueteado por los golpes de timón que da la vida, un ser solitario y enigmático que sólo aspiraba a pasar por este mundo sin hacer demasiado ruido. Me quedé, para siempre, con las ganas de saber qué extraña fascinación ejercían los dichosos abetos sobre él. Y, quizás,  qué secreto inconfesable ocultaban.

“¡Qué barbaridad!” “Cómo puede alguien escoger estas fechas para suicidarse?” Doña Bárbara leía, con asombro, la página de sucesos del diario mientras sus nietos correteaban alrededor del árbol navideño. La noticia, publicada a una columna en la parte inferior de la página de salida, informaba del hallazgo del cadáver de un hombre en una zona de la sierra próxima a Segovia. Según la hipótesis que barajaba la policía, el cuerpo del infortunado había aparecido suspendido de la rama de un árbol en una zona poblada de abetos y de difícil acceso. Todo apuntaba a que se trataba de un suicidio.   

En casa de los Bermejo todo estaba dispuesto para asistir, un año más, a la tradicional comida navideña. “¡Papá, papá, fíjate, este árbol tiene algo!”. La exclamación rompió la tranquilidad de la que había disfrutado Doña Bárbara hasta ese preciso instante. Siempre la había gustado leer el periódico sin sobresaltos y, sobre todo, sin interferencias.   

La ruidosa advertencia de su nieto mayor la había interrumpido e hizo chasquear la lengua en un gesto de contrariedad. ¡”Carlos hijo, ven al salón, a ver qué les pasa a estos chiquillos!”, dijo mientras doblaba el periódico sobre su regazo y esbozaba un gesto de impaciencia. Su hijo apareció al cabo de unos segundos en el salón. Puso cara de circunstancias y castigó a los dos niños con una mirada envenenada de reproches. “Francisco, te he dicho mil veces que no grites en presencia de la abuela”, procuró imprimirle a su tono de voz la severidad que pretendía. Sin embargo, su amonestación sólo surtió efecto a medias. El crío siguió jugando con su hermano alrededor del árbol.  

“¿A ver qué le pasa al árbol?”, preguntó por fin. “Nada especial, papá. Tiene algo escrito. Eso es todo”, le respondió Francisco sin concederle mayor importancia. Su padre se aproximó al árbol y lo recorrió con la mirada desde la base del tronco. Efectivamente, el abeto tenía algo grabado en su corteza. Tras una primera mirada de reconocimiento, llegó a la conclusión de que alguien había labrado, con una navaja, una leyenda y una fecha en la parte inferior del tronco. Se agachó y, tras leer la inscripción toscamente grabada, esbozó un ligero gesto de perplejidad. La leyenda decía textualmente: "Yo amé a Ava".





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