El Confidencial
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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Sociedad

CULTURA | RELATO

El tiempo de la belleza

27-03-2020 18:19:27

Hay mujeres que se desvanecen en la memoria como un escalofrío de humo. Y Rebeca Webster pertenecía a esa clase de damas elegantes y distinguidas. La conocí hace un par de años en la residencia veraniega que Sir Michael Thompson, miembro de la Cámara de los Lores, tenía en Cheshire, un pequeño pueblo a unos quince kilómetros de Londres.

Ella asistía a una fiesta ofrecida por el anfitrión a Guillermo Socheaux, primogénito de una acaudalada familia de Burdeos e íntimo amigo del hijo pequeño de Sir Michael. Como no podía ser de otra forma en una acontecimiento social de tanto relumbrón, fue una conversación en torno a la efervescencia creadora del Renacimiento italiano lo que suscitó su interés por mi persona.

Yo había leído mucho sobre pintura y arquitectura renacentista. Por lo tanto, estaba en condiciones de seguir cualquier conversación en torno a esa materia. Incluso podía permitirme el lujo de alardear de mis conocimientos porque, aunque no está bien que yo lo diga, mi grado de erudición era muy estimable.

Rebeca elogiaba, en aquel preciso instante, el singular talento plástico que Boticcelli ponía de manifiesto en sus cuadros. Su discurso dejaba entrever la gran admiración que profesaba por la obra del pintor italiano. Me situé cerca de ella, justo a su espalda. Y aproveché un tiempo muerto en la charla que mantenía con dos caballeros para inmiscuirme. 

-Discúlpenme- les dije tratando de mostrarme cortés y humilde.

–Me complace mucho escuchar los merecidos elogios que dedican al legado artístico de Boticcelli.

-Así es- añadió uno de sus interlocutores con un punto de reserva en su mirada. -¿Comparte usted acaso nuestra opinión? 

-Naturalmente- exclamé mirando de soslayo a Rebeca. –He tenido el privilegio de estudiar a fondo su obra y, en honor a la verdad, he de admitir que no me ha deparado más que satisfacciones.

Rebeca me miró de arriba abajo. Intuí que mis comentarios la habían impresionado favorablemente. 

-Y dígame …- se aventuró a terciar en la conversación. -¿Qué es lo que le ha empujado a interesarse tanto por la pintura de Boticcelli?

-Bueno- repuse con forzosa humildad. –Mi padre, que era profesor universitario, siempre se preocupó por inculcarme un sentido creativo y estético del mundo. Me temo que aún soy de los que aún buscan en vano el tiempo de la belleza.

-¿El tiempo de la belleza?- me interpelaron casi al mismo tiempo mis tres interlocutores. -¿A qué se refiere exactamente?- preguntó el caballero que aún no había abierto la boca desde mi irrupción en la charla. 

-Disculpen- me apresuré a decir. –A veces utilizo inconscientemente conceptos que sólo yo manejo. Y, lo que es peor, los deslizo de forma involuntaria en las conversaciones.

-Está usted disculpado señor …- Rebeca se quedó en suspenso esperando a conocer mi nombre.

Reparé en mi descortesía y me dispuse a corregirla: 

-¡Por favor! ¡Qué error imperdonable por mi parte! ¿Cómo habré podido? Lawton, me llamo Frederick Lawton y soy profesor de Lenguas Clásicas en Cambridge. Les ruego que disculpen mi descuido. Lo que ocurre es que, cuando me pongo a hablar de pintura, me apasiono y pierdo la noción de las cosas. 

-No se preocupe- me atajó Rebeca tratando de interpretar el sentir de sus dos acompañantes. –Está usted disculpado. Además, podemos considerarnos afortunados por tener la posibilidad de disfrutar de su presencia. 

-Muchas gracias. Sus palabras me honran.

Durante algo más de media hora hablamos sobre la obra de Boticcelli. Yo aprovechaba cualquier instante para recrearme con la belleza de Rebeca. En algún tiempo –pensé- los dioses habrían matado por poseer a mujeres tan hermosas como la que ahora tenía ante mí.

La jornada transcurrió plácidamente. Casi sin darme cuenta, sus dos acompañantes se fueron descolgando. Al filo de la medianoche ya me encontraba a solas con ella. En un gesto que me sorprendió, me invitó a visitar la pinacoteca privada de nuestro anfitrión, una selecta colección que incluía cuadros de Boticcelli, Giorgone, Leonardo o Tiziano entre otros. 

Nos alejamos de la fiesta, atravesamos un amplio vestíbulo y desembocamos en una sala circular decorada con un gusto exquisito. Eché un vistazo a mi alrededor y estuve a punto de frotarme los ojos. De las paredes de la estancia colgaban algunos de los cuadros de los artistas por los que siempre había sentido una ferviente admiración. Rebeca carraspeó y se situó dos pasos por detrás de mí. Era consciente del azoramiento que me producía la contemplación de tantas obras maestras. 

-El tiempo de la belleza … es el tiempo de la belleza- acerté a balbucir con el rostro transfigurado por la emoción. 

-Es la segunda vez que pronuncia esa frase señor Lawton. Me gustaría que algún día me descifrase su verdadero significado- Rebeca desgranó las palabras a mis espaldas como un racimo de ternura.   

No sé exactamente en qué momento me volví hacia ella. Sólo recuerdo que aquella decisión ejerció una influencia decisiva sobre mi vida posterior. En el fondo siempre ocurre así. Uno toma decisiones, en cuestión de segundos, que después resultan determinantes para siempre. Jamás sabemos a qué acantilados o playas desiertas pueden conducirnos nuestras elecciones personales.

Han pasado dos años desde entonces y he evocado infinidad de veces aquel momento. Trato de recuperarlo ahora, con la reposada perspectiva que me otorga el paso del tiempo, y sospecho que nunca como en aquella ocasión gocé de la posibilidad de conjurar la muerte, de sortear la incertidumbre de la existencia más allá de los arrecifes de las sombras.

Rebeca me sonreía y me ofrecía la fruta tentadora de sus labios, la anhelante emboscada de su cuerpo. De un empujón la derribé al suelo, me desabroché el pantalón y me desplomé sobre sus muslos inflamados invocando el palpitante desorden de su nombre. Durante unos minutos recorrí con mis dedos la cálida geografía de su carne, me despeñé con mis caricias sobre el vértigo abrasado de su piel. Media hora más tarde nos vestimos y regresamos a la fiesta.

Tras comprobar que nadie había reparado en nuestra ausencia, proseguimos nuestra conversación como si nada hubiese ocurrido. Cuando concluimos la velada eran casi las dos de la madrugada. Un carruaje me esperaba a las puertas de la mansión para conducirme a mi domicilio en Baker Street.   

Algunos meses después aconteció el suceso que produjo aquel giro imprevisto en mi vida. Todo sucedió un miércoles por la mañana. Yo solía frecuentar la casa de un marchante de arte, amigo de la infancia, con quien compartía las mismas aficiones pictóricas y literarias. Al llegar a su casa, me invitó a que disfrutase con la contemplación de su última compra. Al parecer, era un cuadro pintado por un joven de Nottingham que, a sus excelentes dotes creativas, unía un carácter tormentoso y propenso a las depresiones.

-Es una obra maestra- me advirtió muy serio. –Este chico tiene un talento excepcional.

-Pues vamos a verlo entonces- le dije con creciente curiosidad.

Me acompañó hasta un pequeño cuarto iluminado por dos pares de candelabros. En el centro, sobre el suelo, había un cuadro apoyado en una caja de madera. Mi amigo me aclaró que acababa de desembalarlo. Lo contemplé con detenimiento y sentí que mi corazón empezaba a bombear sangre con fuerza. 

-¡No … no puede ser!- exclamé aturdido. -¡Es imposible!- añadí atenazado por los nervios. 

-¿Qué ocurre Lawton?- mi amigo me miraba preocupado. 

-¡El cuadro!

-¿Qué tiene de particular?

Antes de responder exhalé una profunda bocanada de aire. La escena que Rebeca habíamos protagonizado tiempo atrás se reproducía en aquel lienzo hasta en sus más insignificantes detalles. Todo, absolutamente todo, me remitía a aquel episodio: el escorzo sobre el suelo, las características de la estancia en la que habíamos dado rienda suelta a nuestra pasión, incluso la misma indumentaria que ambos vestíamos aquella noche en la residencia veraniega de Sir Michael Thompson.

-¡No puede ser!- volví a repetir como si de ese modo pudiese rechazar lo que ahora se ofrecía ante mis ojos.

-Francamente Frederick, no entiendo- el malestar en mi interlocutor amenazaba con volverse ostensible. -¿Qué es lo que te provoca tanta turbación?

-¡El autor! ¿Cómo se llama el autor del cuadro?- le pregunté como un autómata sin tener en cuenta sus palabras.

-Worthy- respondió intrigado y confuso. –Se llama Lawrence Worthy y es un joven pintor que malvivía en Nottingham hasta que yo accedí a comprar algunos de sus cuadros por un puñado de libras. Este es precisamente el que más me ha gustado de todo el lote.

Sin dejar de mirarlo, petrificado ante el cuadro de aquel pintor desconocido, aún tuve valor para preguntarle cómo se titulaba.

-El tiempo de la belleza- me dijo con una expresión de desconcierto dibujada en su rostro. –Su título es el tiempo de la belleza. El día que se lo compré me reveló que había decidido pintarlo, tras un viaje a Italia, en busca de los orígenes del renacimiento. 

-¿Y te dijo también quién es la pareja que sirvió de estímulo a su inspiración?

-No- mi amigo se encogió de hombros y adoptó un aire de recelosa desconfianza. –Simplemente me contó que había sido testigo de las efusiones amorosas de una pareja en las afueras de Florencia. Supongo que al final, como homenaje a la apoteosis de los sentidos, decidió inmortalizarla en el lienzo de esa guisa.

No dije nada, abandoné cabizbajo el cuarto y jamás confié a mi amigo los motivos de mi desazón. Al cabo de un mes regresé a su casa y me ofrecí a comprarle el cuadro. Al escuchar mi propuesta sonrió y movió la cabeza en sentido negativo. Según me dijo, había logrado vender el lienzo a una acaudalada familia de Londres. Al parecer, el comprador, encaprichado con la obra, había pagado una verdadera fortuna por ella.

Ante mis insistentes requerimientos para que me desvelase la identidad del comprador, accedió a decirme finalmente que había sido una dama la que lo había comprado.

Nunca más volví a ver a Rebeca Webster y, por lo tanto, jamás tuve ocasión de preguntarle si había sido ella la que había adquirido el cuadro. Ahora sólo sé que, pese a los breves instantes de dicha que compartimos, el tiempo de la belleza no ha pasado y permanece oculto en algún lugar de su mirada.





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