ÁNGEL VARELA | Pervive aún entre la bruma del recuerdo. Entró en mi vida de forma inesperada y después salió silenciosamente de ella para no regresar nunca.
Resultaba difícil disociar los hechos reales de su biografía del perfil de leyenda que la gente le atribuía. Ha transcurrido mucho tiempo y he llegado a la conclusión de que todos lo hemos necesitado alguna vez. Y yo no he vuelto a ser la misma desde entonces. Su capacidad para conducirme a paraísos nunca soñados ejerció sobre mí una influencia decisiva. Su habilidad para recrear sensaciones que jamás habían existido, salvo en el plano del deseo, no era de este mundo.
Ahora, admito que su ausencia me duele como una puñalada en el alma. He tratado de localizarlo en varias ocasiones. Sin embargo, todas mis tentativas han sido infructuosas. Las distintas informaciones que logré recabar sobre su paradero lo situaban en Brasil, en Uruguay e incluso en alguna isla perdida de los mares del sur. Pero ninguna de las pistas que seguí me proporcionó algún indicio fiable de que realmente hubiese estado en esos sitios. No era nada fácil encontrar a alguien que, a su proverbial capacidad para fabular, añadía una firme disposición para viajar continuamente de un lado a otro, sin detenerse más que lo necesario.
La primera vez que oí hablar de él fue gracias a Amparo, mi confidente y amiga de la infancia. Recuerdo que, al referirse a su persona, pronunció una frase que, a pesar de todo el tiempo que ha pasado, aún reverbera con fuerza en mi memoria. “Busca su mirada y encontrarás en ella la perspectiva del cielo”, me aconsejó Amparo al advertir que su relato despertaba mi interés.
Si lo pienso detenidamente, yo tenía todas las rifas para que su historia me atrapase. Con treinta años recién cumplidos, sin hijos, y con un matrimonio fracasado a mis espaldas, atravesaba un momento de desaliento vital en el que necesitaba urgentemente –más bien lo pedía a gritos- rescatar los anhelos más íntimos del baúl de mi infancia para no sucumbir ante la aciaga realidad que me tocaba vivir. Me encontraba en mitad de ninguna parte. Me sentía como un náufrago que necesita aferrarse a algo para seguir adelante. Y aquella historia, insólita y fascinante, obró el milagro de rescatarme del vacío que había convertido mi existencia en un páramo sin ilusiones.
Así fue como oí hablar del mercenario de los sueños por primera vez en mi vida. Amparo siempre se refería a él con un punto de ambigüedad en su discurso. Esa circunstancia contribuía aún más a acentuar el misterio que rodeaba las tribulaciones del personaje. En realidad, el protagonista de aquellas peripecias se beneficiaba de un proceso de ósmosis en el que la verdad y la leyenda se filtraban mutuamente, sin saber a ciencia cierta dónde se situaban los límites de una y otra.
En una ocasión, Amparo me citó en su apartamento al caer la noche. Acudí al encuentro francamente intrigada. En la conversación telefónica que habíamos mantenido por la tarde se había negado a revelarme nada. Cuando llegué a su domicilio ya estaba esperándome en el salón. Me di cuenta de que estaba inquieta.
-¿Se puede saber qué te ocurre?- le pregunté un poco molesta por tanto secretismo.
-Quiero … quiero enseñarte algo- acertó a balbucir.
-Muy bien- añadí con aire resuelto. –Pues ya me tienes aquí. Enséñame eso que es tan importante.
Se incorporó del sillón del salón y desapareció durante unos segundos en su cuarto. Después regresó con unas cuartillas en su mano derecha. En su mirada podía advertir, sin esfuerzo, una sombra de recelo.
-¿De qué se trata?- la interpelé al ver que se disponía a revelarme el contenido de aquellas cuartillas.
No respondió a mi pregunta, puso cara de circunstancias, se acomodó de nuevo en el sillón y empezó a leer en voz alta:
Me llamo Lucas Hightower y soy un mercenario. Me dedico a robar los sueños de unos para ofrecérselos a otros. La verdad es que no puedo quejarme porque profesionalmente me va muy bien. Como media humanidad se acuesta envidiando la vida de la otra media, mi trabajo me reporta incalculables beneficios. Sin embargo, jamás pensé que tan lucrativo oficio pudiera llevar aparejado algún riesgo para mi integridad física. Ahora he tenido ocasión de comprobar lo equivocado que estaba. Mi último encargo no me ha deparado más que sinsabores. Por desgracia, no puedo revelar la identidad de mi cliente ni la del poderoso personaje al que le he sustraído los sueños. Temo que mi indiscreción acelere un desenlace trágico. Y me veo obligado a adoptar las más elementales normas de precaución por si desaparezco en las próximas cuarenta y ocho horas. Ese es el motivo por el que me he decidido a escribir estas líneas. He hecho media docena de fotocopias de este escrito y las he enviado a otros tantos clientes de confianza. Ellos sabrán qué hacer y a quién acudir si me eliminan. Jamás pensé que los sueños de alguien pudiesen albergar propósitos tan execrables. He descubierto un asesinato que aún no se ha cometido y pagaré por ello. No sé qué hacer ni dónde ocultarme y es probable que, cuando alguien lea estas líneas, ya esté muerto. Mi suerte está echada y nadie puede cambiarla. Si ese maldito cliente no acaba conmigo, ya se encargarán los miembros de la Hermandad de hacerlo.
Amparo depositó las cuartillas sobre su regazo y me obsequió con una mirada inquisitiva. Permaneció unos segundos en silencio tratando de calibrar el efecto que me había producido su lectura.
-¡No entiendo absolutamente nada! ¡Vaya película!- exclamé por fin con gesto desconcertado.
-¿Qué es lo que no entiendes?- en el rostro de Amparo se había dibujado una mueca de preocupación.
-¿Y aún te atreves a preguntarlo?- la atajé con un punto de perplejidad. –Mira rica. Lo que acabas de leerme parece extraído del argumento de una película fantástica. ¿Quién diablos es ese mercenario y en qué lío se ha metido?
-Es un tipo absolutamente fascinante- afirmó con embeleso. –Alguien capaz de robarte el alma y el corazón con lo que cuenta. Yo no he vuelto a ser la misma desde que lo he conocido.
-Sí- apunté con escepticismo.- ¿Pero a qué se dedica ese sujeto? ¿No irás a creerte todas las patrañas que acabas de leerme?
-Pues todo es cierto- aseguró visiblemente irritada por las dudas que le planteaba.
-Vamos a ver- resoplé al tiempo que intentaba adoptar una actitud comprensiva.- ¿Cómo has conocido a ese mercenario? ¿Te encuentras tú entre sus clientes de confianza?
Amparo asintió con la cabeza y esgrimió una sonrisa maltrecha, triste. Miró las cuartillas que tenía sobre el regazo, se encogió de hombros y comenzó a hablar con esfuerzo, como si un peso invisible lastrase sus palabras:
-Lucas es de origen maltés y, durante algún tiempo, dirigió un importante consultorio de psicología en Roma. Después se asoció con varios profesionales de la medicina y la neurología tan prestigiosos como él y, bajo su supervisión, el grupo desarrolló un importante proyecto de investigación. Al cabo de dos años un excepcional hallazgo, lejos de fortalecer las relaciones entre los miembros del grupo, contribuyó a deteriorarlas hasta el punto de que se enemistaron entre ellos. Y ya nada volvió a a ser lo mismo.
-¿A qué hallazgo te refieres?- la interrumpí.
-Bueno, verás … dejó las palabras en suspenso e intuí que no iba a responderme a esa pregunta. –De momento preferiría no decirte nada sobre eso.
-Está bien, como quieras- repuso con aire contrariado. –Continúa.
-El ambiente se enrareció. Al final, acusaron a Lucas de un excesivo protagonismo. Aquellos profesionales que inicialmente lo habían apoyado cambiaron de actitud. El caso es que todos los que participaron en el proyecto acabaron tomando partido contra él. Formaron un grupo de presión para obligarlo a que compartiese las conclusiones finales de la investigación con ellos.
-Y, claro, Lucas se negó … - me aventuré a decir.
Amparo asintió con la cabeza. Exhaló una bocana de aire y siguió hablando:
-Sus antiguos colegas se agruparon bajo el nombre de la Hermandad. Lucas decidió desaparecer durante algún tiempo. Algunas de las amenazas que habían formulado contra él habían rebasado el límite de lo tolerable. Temía por su vida y por eso viajó a España de incógnito. Se instaló aquí en Madrid en la calle Princesa, muy cerca de la Plaza de España. Todo iba bien hasta que localizaron su paradero. Eso fue al menos lo que me dijo en una de las últimas conversaciones telefónicas que mantuvimos. Ahora, lo último que sé de él acabo de leértelo.
Un silencio ominoso, preñado de negros augurios, pareció envolvernos como las alas de un murciélago. Respiré con dificultad como si tuviese los pulmones encharcados de agua. Ampara me miraba fijamente, como si esperase algún tipo de confirmación por mi parte, y no sabía qué decirle.
-Bueno …- vacilé un instante. -¿Y qué es lo que piensas hacer ahora? ¿Por qué no comunicas su desaparición a la policía?
-No puedo- musitó con gesto desvalido. –Si lo hago, lo único que voy a conseguir es ponerlo en evidencia.
-Mira Amparo. Lo que acabas de contarme es muy raro desde luego- apunté con delicadeza, tratando de sobreponerme a mi propia incredulidad. –En cualquier caso … ¿Qué tipo de relación mantuviste con ese hombre? ¿Quién puede estar interesado en asesinarlo? Si quieres que te ayude, tendrás que mostrarte menos reticente en tus explicaciones.
-Fui su amante y llegué a quererlo con verdadera locura- admitió al fin convencida de que, si no ponía algo de su parte, iba a resultarme imposible echarle una mano. -¿Recuerdas la frase que pronuncié antes? Pues yo descubrí la perspectiva del cielo en su mirada. Fue algo realmente inolvidable …
-¿Pero cómo ..?- el sorprendente sesgo de sus revelaciones me cogió desprevenida. Traté de fingir naturalidad escudándome en otra batería de preguntas. -¿Cómo lo conociste? ¿Llegaste a sospechar en algún momento que estaba involucrado en un asunto tan turbio?
-Lo conocí en un local de moda, muy cerca de Chueca. Un par de amigas me lo presentaron. Ellas ya me habían hablado de su extraordinaria capacidad para hacerte volar con los sueños de los demás-. Su sonrisa apagada pareció cobrar fuerza de nuevo y sus ojos se iluminaron.
-Mira, yo sigo sin entender gran cosa- aseguré con convicción. –Deduzco que todo este embrollo gira en torno a las investigaciones que realizaba tu personaje. Creo que sería mucho mejor que me explicases algo sobre eso. De lo contrario, me temo que mi ayuda no te va a servir de mucho.
-Es que no es tan sencillo- en sus palabras había un propósito exculpatorio. –Ya te he dicho que mi indiscreción puede perjudicarle seriamente.
-Fui su amante y llegué a quererlo con verdadera locura- admitió al fin convencida de que, si no ponía algo de su parte, iba a resultarme imposible echarle una mano. -¿Recuerdas la frase que pronuncié antes? Pues yo descubrí la perspectiva del cielo en su mirada. Fue algo realmente inolvidable …
-¿Pero cómo ..?- el sorprendente sesgo de sus revelaciones me cogió desprevenida. Traté de fingir naturalidad escudándome en otra batería de preguntas. -¿Cómo lo conociste? ¿Llegaste a sospechar en algún momento que estaba involucrado en un asunto tan turbio?
-Lo conocí en un local de moda, muy cerca de Chueca. Un par de amigas me lo presentaron. Ellas ya me habían hablado de su extraordinaria capacidad para hacerte volar con los sueños de los demás-. Su sonrisa apagada pareció cobrar fuerza de nuevo y sus ojos se iluminaron.
-Mira, yo sigo sin entender gran cosa- aseguré con convicción. –Deduzco que todo este embrollo gira en torno a las investigaciones que realizaba tu personaje. Creo que sería mucho mejor que me explicases algo sobre eso. De lo contrario, me temo que mi ayuda no te va a servir de mucho.
-Es que no es tan sencillo- en sus palabras había un propósito exculpatorio. –Ya te he dicho que mi indiscreción puede perjudicarle seriamente.
-Bueno- agregué con un sentimiento de resignación. –En ese caso sólo me resta desearte buena suerte y que lo localices cuanto antes.
Me incorporé del sillón para darle a entender que no tenía objeto proseguir la conversación. Amparo se quedó mirándome fijamente mientras se mordía los labios. Estaba a punto de desaparecer por el pasillo cuando me rogó que aguardase un instante. Me volví hacia ella con cara de circunstancias.
-Está bien- en su rostro se dibujó una expresión de alivio, como si se hubiese liberado de la carga de un fardo que la oprimía. –Siéntate de nuevo y presta atención a lo que voy a contarte porque vale la pena oírlo.
Moví la cabeza en sentido afirmativo, regresé al sillón y me dispuse a escucharla por segunda vez.
-¿Has oído hablar de la Escuela de Berlín y de sus estudios sobre los sueños- me preguntó mientras me miraba de soslayo.
Me encogí de hombros para hacerle ver que mi ignorancia sobre esa materia era absoluta. Amparo interpretó correctamente mi silencio y prosiguió con su exposición:
-Lucas siempre se sintió fascinado por las investigaciones de Freud y Lacan. Consagró varios años de su vida a estudiarlos. Fue precisamente esa pasión la que lo llevó hasta ellos.
-¿Hasta quienes?
-Hasta los miembros de la Escuela de Berlín, hasta el doctor Sigmund Siegel y sus siniestros acólitos. Ellos fueron los que lo condujeron hasta la pesadilla en la que ahora se encuentra. Con sus delirios de grandeza y sus experimentos pseudocientíficos le llenaron la cabeza de pájaros. Intenté disuadirlo del error que suponía seguir a su lado. Sin embargo, no me hizo caso. Estaba cautivado por la personalidad del doctor. Cuando quiso darse cuenta de su equivocación ya era demasiado tarde.
-¿Forma parte ese doctor de la Hermandad?
-Al contrario- el semblante de Amparo se oscureció con un gesto de pesadumbre.- Fueron los miembros de la Hermandad los que acabaron por integrarse en su séquito. El doctor Siegel les prometió fama y gloria a todos ellos, siempre y cuando accediesen a compartir con él el resultado de las investigaciones que habían realizado junto a Lucas. Por supuesto, todos aceptaron sus propuesta.
-Me da la impresión de que no te cae muy bien ese tal Siegel. Es como si lo culpases de todo cuanto ha sucedido- me aventuré a sugerirle.
Advertí que se sentía incómoda al hablar de ese hombre. Sus palabras dejaban entrever el profundo aburrimiento que le profesaba.
-Lucas se sentía fascinado, pero eso no le impedía ser consciente del oscuro pasado de su colega. Había ciertos rumores, algunos de ellos muy consistentes, que atribuían al doctor Siegel un considerable grado de connivencia con las atrocidades que los nazis habían cometido en el campo de concentración de Treblinka. Había incluso quien aseguraba que, durante los dos años que permaneció como jefe médico del campo, realizó horribles experimentos con los prisioneros judíos. Su especialida era la neurología. Se llegó a hablar de verdaderas atrocidades. Seres humanos convertidos en cobayas sometidos a todo tipo de excesos: trepanaciones, lobotomías, extirpaciones de órganos sin anestesia y muchas salvajadas más.
-¡Dios mío!- exclamé con aprensión. -¡Menudo catálogo de horrores!
Amparo permaneció unos segundos en silencio. Advertí sin esfuerzo que un sentimiento de angustia amartillaba su mirada. Yo no sabía qué decirle ni qué hacer para aliviar su incertidumbre. Me levanté del sillón y le rogué que no se preocupase, que haría todo lo posible por ayudarla. Ella agradeció mis palabras y me acompañó hasta la puerta. Bajé en el ascensor absorta en mis propios pensamientos. Había cosas que no me había contado y revoloteaban en mi cabeza como pájaros enjaulados. ¿A qué asesinato se refería Lucas Hightower en su escrito? ¿Cuál era la investigación que había llevado a cabo? ¿Quién pretendía atentar contra su integridad física?
Eché a andar por la calle sin reparar en la presencia de un hombre embozado en una gabardina. Tenía un aspecto físico quebradizo y su cuerpo enjuto amenazaba con desarmarse a cada paso. Se bamboleaba de un lado a otro y caminaba hacia mí por la misma acera.
En cuanto se puso a mi altura, apenas tuve tiempo de ver su brazo derecho trazando un rápido molinete en el aire. Su mano empuñaba un objeto punzante que me pareció un cuchillo. Me arrojé instintivamente al suelo y vi como el mortífero brillo del metal segaba el aire.
A continuación me incorporé de un salto y eché a correr, impulsada por el poderoso resorte que activa el miedo. Escuché un exabrupto a mis espaldas y ni tan siquiera me volví para comprobar si el tipo me perseguía. Corrí por las calles desiertas, sin rumbo, hasta quedar extenuada.
Cuando llegué a mi casa, el fuelle atropellado de mi respiración amenazaba con colapsarse. Sentía como el corazón bombeaba sangre con fuerza. Todo había sucedido tan a prisa que no había tenido tiempo para pensar en nada. Me dejé caer en mi cama y me cubrí la cabeza con ambos brazos. Debí quedarme dormida un buen rato porque el sonido del teléfono me despertó con un sobresalto. Me revolví sobre la colcha y descolgué el aparato.
-Diga.
-¿Señorita Guzmán? ¿Adela Guzmán?- al otro lado de la línea brotó como un chorro la voz cavernosa de un hombre.
-Sí, soy yo- contesté con impaciencia. -¿Quién es?
Mi interlocutor carraspeó y su voz volvió a sonar como el chasquido que produce un leño seco al romperse:
-Soy el inspector Tejeras, Adolfo Tejeras. Si no tiene inconveniente, me gustaría que mañana se pasase por comisaría. Ya sabe, la que está a menos de doscientos metros de su domicilio. No se preocupe. Sólo es pura rutina.
Me incomodó su sugerencia porque no estaba acostumbrada a tratar con la policía. Pero aún me molestó más que tuviese perfecto conocimiento de mi dirección.
-¿Qué quiere de mí inspector?- repuse visiblemente contrariada.
-Nada importante- de su voz se desprendía ahora un tono deliberadamente despreocupado. –Ya le he dicho que es pura rutina de funcionario policial. Si es tan amable, estaré esperándola en mi despacho a las once. ¿Le va bien?
-De acuerdo- le dije con aire resuelto. –Allí estaré.
-Muy bien. Hasta mañana entonces. Y disculpe el carácter intempestivo de mi llamada. Buenas noches.
Su forzada amabilidad no sirvió para que me tranquilizase, sino que más bien surtió el efecto contrario. Miré el reloj. Eran las once y cuarto de la noche. Desde luego, no estaba habituada a que un policía me llamase por teléfono a esas horas y menos que conociese mi domicilio. Volví a echarme sobre la cama e intenté relajarme. Por si no fuese suficiente con todo lo que me había revelado Amparo, ahora se abría ante mí otro frente insospechado.
Dormí de un tirón hasta las diez. Después me duché y me tomé un par de tazas de café con otras tantas tostadas. Tras vestirme, bajé la calle y puse rumbo a la comisaría. En un par de minutos llegué a la entrada principal. Un agente con chaleco antibalas y metralleta al hombro me interrogó con la mirada. Le dije que había quedado citada a las once con el inspector Tejeras y me dejó pasar.
Avancé por un amplio pasillo flanqueado por pequeños cuartos separados entre sí por mamparas de cristal. En uno de ellos, un hombre de mediana edad aporreaba frenéticamente el teclado de un ordenador. En la estancia contigua, otro con pinta inequívoca de sabueso parecía interrogar a un individuo de aspecto patibulario.
-Buenos días, señorita Guzmán.
El saludo me pilló desprevenida por completo, enfrascada como estaba en la contemplación del paisaje humano que se ofrecía ante mis ojos. Nunca había estado en el interior de una comisaría y supongo que esa circunstancia contribuía a redoblar mi curiosidad.
-¿Inspector Tejeras?- pregunté mientras miraba de arriba abajo al individuo que se había dirigido a mí en el pasillo.
-Así es. Venga conmigo.- en su rostro abotargado se dibujó una sonrisa displicente.
Calculé a ojo que el inspector debía andar cerca de los cincuenta años. Era de baja estatura pero fornido. El traje que vestía, ajado por el uso, le quedaba holgado como una sábana y disimulaba su obesidad. Me invitó a entrar en un cuarto que debía ser su despacho. Cientos de papeles se apilaban sin orden sobre su escritorio.
-Siéntese, por favor- me dijo al tiempo que dirigía su mirada hacia la silla que se encontraba frente a su mesa. -¿Quiere un café?
-No, muchas gracias- negué con la cabeza a la espera de que me comunicase el motivo de su llamada.
-Bueno, supongo que se preguntará por qué le he pedido que viniera- el inspector ancló el buque desfondado de su cuerpo en un sillón y resopló como un jabalí. Sentado frente a mí, con las manos cruzadas sobre su regazo, parecía un tipo satisfecho de sí mismo. Aquella sonrisa estúpida que le arrugaba el semblante no lo abandonaba ni un solo momento.
-Así es- añadí con aire circunspecto. –Me gustaría que me dijese si puedo ayudarle en algo.
-Verá señorita Guzmán- mi interlocutor se revolvió en el sillón como si pretendiese buscar una postura más cómoda e intuí que le resultaba embarazoso comenzar a hablar. –Espero que no se sienta molesta por mis observaciones. Son simples comprobaciones sin importancia.
-Pues vaya al grano entonces y déjese de rodeos- le espeté con impaciencia.
-Está bien. Así me gusta. Una mujer decidida, sí señor- intentó aclararse la garganta y tragó saliva. Era evidente que no se esperaba una respuesta así por mi parte.
-Le escucho.
El inspector Tejeras arqueó ligeramente el cuerpo hacia atrás y chasqueó la lengua. Sin apearse de su dichosa sonrisa, comenzó a desgranar las palabras lentamente, como si se recreara con ellas:
-Hace un par de meses, varios inquilinos del inmueble en el que reside su amiga Amparo Cervera acudieron a nosotros para transmitirnos una serie de quejas.
Al oír el nombre pegué un respingo. Aquello ya era demasiado. Conocía incluso la relación de amistad que mantenía con Amparo. Estuve tentada de interrumpirlo, pero finalmente decidí no hacerlo.
-Al parecer, su amiga organizaba, con cierta frecuencia, una serie de fiestas en su domicilio que solían prolongarse hasta altas horas de la madrugada. Varios de sus vecinos se presentaron en la comisaría para presentar una denuncia contra ella. Alegaban que los ruidos interferían su descanso, que no había forma de dormir con el jaleo. Yo mismo me comprometí a investigar los hechos que denunciaban. El caso es que, después de varias noches de tranquilidad y tras merodear por las cercanías del domicilio de su amiga sin éxito, decidí interrumpir de forma momentánea un dispositivo de vigilancia que en realidad no era tal, ya que sólo me limitaba a pasear por los alrededores del inmueble para constatar que nada alteraba el sueño del vecindario.
-¿A dónde quiere ir a parar?- inquirí ligeramente confusa por su explicación.
-Verá, señorita Guzmán- el inspector se revolvió en el sillón y se llevó la mano derecha al cuello para aflojarse el nudo de la corbata. -¿Cuándo vio por última vez a su amiga Amparo?
-Ayer por la tarde- contesté sosteniéndole la mirada.
-¿Qué dice?- por primera vez desde el inicio de la conversación su sonrisa se había borrado de golpe. Advertí con sorpresa que las facciones de su rostro se contraían hasta convertirse en una mueca desagradable.
-¿Qué tiene de extraordinario?- repuse visiblemente molesta por su repentino cambio de actitud. –Usted me ha hecho una pregunta y yo le he respondido.
No dijo nada. Permaneció en silencio durante unos segundos y me castigó con una mirada envenenada de reproches. Después cruzó las manos sobre su regazo y tragó saliva de nuevo, como si le costase volver a hablar. Yo lo miraba entre desconcertada y aturdida. La escena me parecía surrealista.
-Señorita Guzmán …- su rostro había adquirido una expresión grave y arrastraba las palabras con esfuerzo. –Es imposible, absolutamente imposible que usted viese ayer a su amiga.
-¿Por qué?- le pregunté perpleja.
-Sencillamente porque alguien asesinó a Amparo Cervera hace cuarenta y ocho horas en su domicilio. Le asestaron nueve puñaladas y, según el forense, murió en el acto- afirmó con gesto de pesadumbre. –Hemos detenido ya a un individuo que fue sorprendido merodeando por su edificio minutos antes de que se cometiese el crimen. Un sicario de origen alemán llamado Wolfgang Emmerich, un mal bicho que trabajó para el doctor Hightower, Lucas Hightower. ¿Conoce al doctor?
Recibí sus palabras como una bofetada en pleno rostro. Sentí un escalofrío en la espalda como un latigazo helado.
-¿Pero ..? ¿Pero … qué está diciendo?- acerté a balbuc.
-Lo que oye- apuntó con rotundidad. –Su amiga lleva dos días muerta. Hemos interrogado al sospechoso y todos los indicios apuntan a un crimen por encargo. No tardará en confesar.
-Pero … ¡No puede ser!- musité con un hilo de voz apenas audible. -¡Estuve ayer en su casa viéndola, hablándole!
El inspector resopló y movió la cabeza en sentido negativo.-Tranquilícese- añadió en actitud comprensiva. –Me hago cargo de que se encuentra usted consternada por mis revelaciones, pero piense que su colaboración podría resultar decisiva para esclarecer los hechos y encerrar al asesino de su amiga. ¿Conoce de algo a Lucas Hightower?
Estuve a punto de desmoronarme. Sin que pudiera evitarlo, una lágrima comenzó a deslizarse por mi mejilla izquierda. El inspector se incorporó del sillón e hizo ademán de prestarme su pañuelo.
-Sí, lo conozco. Pero preferiría no entrar en más detalles- logré decir por fin.
-Estupendo- exclamó aliviado, como si mi respuesta afirmativa sirviese para extraer algún significado oculto de las sombras de la investigación. –Algo es algo. Y dígame. ¿Por qué no quiere hablarme de ese sujeto?
-Vayamos por partes- precisé tratando de sobreponerme a la impresión que me habían causado sus palabras. –Aquí hay cosas que no encajan y me gustaría que usted me las aclarase.
-Usted dirá- apuntó con expresión circunspecta.
-Verá- emití un ligero carraspeo e hice un esfuerzo por ordenar mentalmente lo que me disponía a preguntarle. –Si mi amiga ha ir. sido asesinada ¿Con quién se supone que estuve ayer hablando por la tarde en su casa?
-¡Querida amiga! ¡Usted sabrá!- el inspector se encogió de hombros y puso cara de no entender nada.
Fruncí el ceño y moví la cabeza en señal de desaprobación. Durante unos segundos permanecí deliberadamente en silencio para que percibiese mi desazón.
-¿Hay algo más?- me interpeló con un deje de escepticismo. -Sí, hay algo más- me animé a señalar por fin. –Ayer, cuando salía del domicilio de Amparo, alguien intentó acuchillarme en la calle. Me libré por los pelos.
-Lo sé- afirmó el inspector, que exhibía ahora una sonrisa enigmática.
-¿Lo sabe?- mi angustia se había convertido ya en un firme sentimiento de incredulidad.
-Así es señorita Guzmán- agregó visiblemente satisfecho. –El sujeto que la atacó fue detenido por dos compañeros de mi equipo media hora después de la agresión.
-El hombre que intentó acuchillarla es serbio y se llama Luka Teletovic, compañero de correrías de Wolfgang Emmerich, el alemán que sorprendimos merodeando por las inmediaciones del domicilio de la señora Cervera, y que ahora se encuentra confinado en nuestras dependencias junto a su compinche. Ambos están relacionados con un tal Sigmund Siegel, un prestigioso neurólogo que lleva algún tiempo viviendo aquí en Madrid.
-¿Y ...?
El inspector Tejeras me miró con recelo. Intuí que lo que se disponía a contarme a continuación no iba a ser de mi agrado.
-Bueno …- resopló. -¿Usted es creyente? ¿Tiene fe?
-¿Y a qué diablos viene eso?- su pregunta me desarmó por completo y acentuó, aún más, la creciente perplejidad que me embargaba.
-Se lo pregunto porque para creer la historia del detenido hay que tener fe de cojones y discúlpeme la vulgaridad, por favor- se excusó con un gesto forzado que pretendía ser amable.
-Bueno- repuse con paciencia. –Me imagino que tengo toda la mañana para escucharlo.
-Está bien- el inspector hizo ademán de aflojarse de nuevo el nudo de la corbata. –Wolfgang Emmerich es un sicario, ya sabe, un tipo sin escrúpulos que se encarga de hacerle el trabajo sucio a quien le paga. Mis hombres lo seguían desde hace algún tiempo. Sabíamos que estaba involucrado en algún asunto turbio, pero no sabíamos a ciencia cierta de qué se trataba.
En ese instante, un agente entró en el despacho y susurró algo al oído del inspector, que asintió sin dejar de mirarme. Luego salió por donde había venido.
-Excelentes noticias. Emmerich ha confesado que fue él quien asesinó a su amiga. Y también ha revelado que su socio el serbio fue la persona que intentó agredirla a usted en plena calle.
-Bueno- observé con deliberada ironía. –Supongo que no es necesario ir a misa todos los domingos para creer lo que acaba de contarme.
-Ya- puntualizó con una mueca de contrariedad. –Pero es que hay más, mucho más.
-Pues continúe si es tan amable- le espeté.
-Antes le hice una pregunta y sólo ha respondido a medias. ¿Conoce usted a Lucas Hightower señorita Guzmán?
-Sí, lo conozco- admití sin titubear, cansada ya de tanto misterio
El inspector se pasó la mano izquierda por la frente y se revolvió en el sillón.
-Bien, eso lo explica todo- comentó con aire enigmático.
-¿Qué explica?
-Su grado de implicación en esta historia.
-Ya está bien- lo interrumpí con enojo. –Cada vez entiendo menos y, francamente, le agradecería que de una vez por todas pusiese las cartas sobre la mesa.
El inspector se levantó del sillón y se situó frente a mí. Comenzó a dar vueltas alrededor de mí como un depredador que estudia a su presa antes de saltar sobre ella. Sin perderme de vista, continuó con su relato:
-Al principio reconozco que tomamos por loco al alemán. Pero tuvimos que escucharlo porque demostró ser algo más blando que su colega el serbio, que se negó desde el principio a abrir la boca. Sin embargo, nadie se esperaba que pudiera contarnos una historia tan descabellada. En cualquier caso, para nuestro asombro, tuvimos ocasión de comprobar posteriormente que todo cuanto había revelado era cierto, incluso los aspectos más inverosímiles de su declaración. Verá señorita Guzmán …- se detuvo un momento y tragó saliva.
-¿Qué?
-Usted no llegó a conocer nunca a Lucas Hightower. En realidad, sólo llegó a soñarlo, aunque eso sí, muy intensamente y de un modo muy peculiar.
-Inspector Tejeras- le advertí sinceramente contrariada. –Empiezo a estar harta de sus ambigüedades y de sus calculados misterios. ¿Qué disparate está diciendo? ¿Qué se supone que explica mi respuesta?
-El enigma de toda esta historia- añadió con determinación profesional.
-Pues soy toda oídos.
-El doctor Sigmund Siegel, un prestigioso profesional obsesionado por el mundo de los sueños y su interpretación, logró incorporar a su gabinete de trabajo a los miembros más destacados del equipo de Lucas Hightower. Éste último, tras años de arduas investigaciones sin resultados aparentes, hizo un descubrimiento científico de incalculable valor: transferir los sueños de un sujeto a otro mediante complicadas técnicas de hipnosis. El doctor Siegel se apoderó del excepcional hallazgo y logró perfeccionarlo. Utilizó para ello el generoso apoyo financiero que le proporcionaron una serie de inversores privados.
-¿Y qué tiene que ver todo eso conmigo?- inquirí desafiante.
-Todo a su tiempo señorita Guzmán- puntualizó con tono conciliador. –Su amiga Amparo Cervera conoció al doctor Hightower en Londres. Nos consta que ambos mantuvieron un apasionado romance. Así lo confirmaron al menos nuestros colegas de Scotland Yard que, a petición nuestra, sometieron en todo momento a la pareja a un discreto seguimiento.
-Sigo sin atar cabos, inspector- lo atajé de forma impertinente.
-Lucas Hightower, cuyo talento era directamente proporcional a su absoluta falta de escrúpulos, vio una oportunidad inmejorable de enriquecerse con el descubrimiento. Sin embargo, lo que ignoraba era que el doctor Siegel pensaba exactamente lo mismo que él y movía ya las piezas sobre el tablero para arrebatarle el fruto de sus investigaciones.
-Creo que me está contando usted una película de marcianos- comenté de manera desapasionada.-No tanto, querida amiga, no tanto- el inspector exhibió una sonrisa de suficiencia y volvió a sentarse en su sillón. –Nuestro hombre necesitaba a alguien para alcanzar la cima del éxito, es decir, buscaba a alguien a quien pudiese utilizar como conejillo de indias para certificar la validez definitiva de su hallazgo.
No tardó mucho en encontrar lo que quería. En realidad, tenía a la persona indicada a su lado.
-¿Amparo?- pregunté cada vez más sorprendida por sus revelaciones.
-Efectivamente- en el rostro del inspector se había dibujado un gesto adusto. –El doctor Hightower no tuvo que insistir demasiado. Simplemente le pidió que buscase a alguien de su confianza, a alguien con quien pudiera realizar el experimento. Esa persona, señorita Guzmán, resultó ser usted.
-¡No diga estupideces!- un creciente sentimiento de indignación comenzaba a desbordarme por dentro como un oleaje incontenible. -¿Está tratando decirme que las dos fuimos utilizadas como conejillos de indias por un sujeto sin escrúpulos?
-Bueno … algo así- mi interlocutor tenía serias dificultades para encontrar las palabras precisas y vaciló un instante.
-¡Pero eso es absurdo!- protesté.
El inspector volvió a obsequiarme con una mirada cargada de suspicacias y se esforzó por proseguir con su exposición sin alterarse:
-¿Recuerda el viaje que hizo a Londres hace algo más de medio año? ¿Los cuatro días que pasó allí en el apartamento alquilado por su amiga Amparo?
Asentí con la cabeza sin atreverme a decir nada.
-El alemán confirmó que usted estuvo en la capital inglesa en esas fechas y que la sometió a una estrecha vigilancia por orden del doctor Siegel. Como cualquier mercenario que se precie, Wolfgang Emmerich trabajó inicialmente para Hightower. Al final, como la mayoría de sus colaboradores, decidió pasarse al bando de su compatriota porque éste le pagaba mejor sus servicios.
-¿Y qué prueba eso?
-Emmerich reveló también que estuvo presente en algunas de las sesiones de hipnosis a las que fueron sometidas, conjuntamente, su amiga Amparo y usted- el inspector Tejeras hablaba ahora con un aplomo extraño, como si tratara de sobreponerse al posible efecto que podrían producirme sus declaraciones. –Al parecer, la técnica empleada por el doctor Hightower combinaba poderosos recursos hipnóticos con intensas sesiones de autosugestión. Según el testimonio del detenido, el doctor supervisó en persona las distintas fases del experimento.
-¡Pero eso es imposible! ¡Me hubiese dado cuenta de todo!- algo en mi mente se rebelaba radicalmente contra aquella delirante explicación.
Mientras tanto, el inspector, ajeno a todo cuanto no tuviese que ver con la explicación de los hechos, insistía en desvelarme una realidad obstinada, desagradable, que yo ni siquiera alcanzaba a sospechar:
-¿Es cierto que durante su estancia en Londres sufrió varios desvanecimientos que atribuyó inicialmente a una bajada de tensión?
-¿Cómo sabe usted eso?- le pregunté con voz trémula.
-Así consta al menos en las declaraciones efectuadas por el alemán- se limitó a responder mientras me miraba de soslayo.
-Pues sí, es cierto- admití con desazón.
-Precisamente por eso usted no tuvo conocimiento de las pruebas a las que fue sometida- la rotundidad de sus palabras me exponía cada vez más a una incertidumbre desoladora, inquietante. –El doctor aprovechó sus períodos de inconsciencia para culminar el experimento.
-¿Culminarlo? No veo que haya culminado nada- comenté francamente molesta por sus deducciones.
El inspector no se molestó en rebatir mis palabras. Simplemente se mantuvo unos segundos en silencio, escrutándome con su mirada clínica. Adiviné en ese momento que aún no lo había escuchado todo, que lo peor estaba por llegar.
-Señorita Guzmán- carraspeó y se aclaró la garganta como si le resultase difícil superar el momento más delicado de la conversación. –Tenemos serios motivos para creer que usted se ha enamorado de alguien a quien no ha conocido nunca.
-¿Pero ..? ¿Pero qué tontería es esa? ¡Por favor!- supliqué, casi grité de lo irritada que estaba.
Mi interlocutor apuró el resto de su explicación como si se tratase de un trago de aguardiente:
-De algún modo que nadie alcanza a explicarse, al menos para los profanos en materia científica, que somos muchos, el doctor Hightower se encargó de transferir los sueños de Amparo Cervera a su mente. Durante todo este tiempo, usted ha tomado prestados los sueños, los anhelos más íntimos de su amiga, para querer apasionadamente a alguien a quien no ha conocido jamás.
-¿Y lo de Londres? ¿Qué me dice?- ahora pretendía agarrarme a cualquier interrogante como un náufrago a su única tabla de salvación. -¿Cómo es posible que me diga eso? ¡Yo estuve allí! ¡Por fuerza tendría que haber reconocido a la persona que me hipnotizó!
-Quizás no. En ningún momento fue consciente de ello. Además, si creemos al alemán, el doctor Hightower permaneció siempre en la sombra. Utilizó a dos de sus más directos colaboradores para hipnotizarlas. Ellos siguieron las instrucciones que previamente les había proporcionado su jefe. No lo recuerda porque tanto usted como su amiga Amparo se encontraban, probablemente, bajo los efectos de una fuerte sedación.
-¡No! ¡No puede ser! -Puede creerlo, señorita Guzmán- concluyó de forma categórica el inspector. –Por desgracia, estoy en condiciones de asegurarle que todo cuanto acabo de referirle se ajusta a la verdad. El idilio que cree mantener con el doctor Hightower se ha desarrollado exclusivamente en su imaginación.
-¡No! ¡Todo esto es una locura!- un sentimiento de angustia prendía en mi interior como un líquido inflamable que lo quemaba todo. -¿Y nuestras citas? ¿Nuestra correspondencia? ¿Y los viajes que hemos hecho al extranjero?
-Todo, absolutamente todo estaba en la mente de Amparo Cervera. Ella había vivido todo eso con anterioridad. El doctor puso en su mente sueños y vivencias que no eran suyos, que pertenecían a su amante.
Mi estupor inicial dio paso a una maltrecha curiosidad. Si tenía que enfrentarme a una realidad ingrata, despiadada, quería saberlo todo.
-¿Pero entonces? ¿Con quién hablé ayer en el domicilio de Amparo? ¿Y por qué uno de los dos hombres que tienen retenidos en el calabozo intentó acuchillarme?
-Usted creyó hablar con la señorita Cervera, pero en realidad nunca llegó a hacerlo. Obviamente, hubiese sido imposible porque murió apuñalada veinticuatro horas antes- en el rostro del inspector se había dibujado ahora una sonrisa comprensiva, lastimosa. –Tenemos razones para creer que, en pleno trance hipnótico, usted forzó la puerta de su apartamento, se introdujo en el salón y permaneció sentada durante un buen rato en uno de sus sillones, hablando sola antes de salir a la calle de nuevo. Según los expertos que hemos consultado, los desarreglos que sufre su subconsciente, a causa del experimento, se manifiestan tanto en períodos de vigilia como en otros de absoluto reposo. Además, las pruebas por las que ha pasado han provocado graves alteraciones de su percepción temporal. Los especialistas aseguran incluso que hasta es posible que usted mantuviese esa conversación con su amiga, pero quizás fue hace tiempo y la recuerda ahora como algo cercano, inmediato. En cuanto al intento de asesinato, era evidente que con el doctor Siegel dominando la situación, lo más prudente por su parte era deshacerse de las dos únicas personas que habían participado en el experimento de Hightower. De ese modo, se aseguraba un margen de silencio decisivo para sus intereses. Por suerte para usted, Wolfgang Emmerich sólo consiguió acabar con su amiga.
-¿Pero y Lucas? ¡Escribió un mensaje que envió a sus clientes de confianza advirtiéndoles de un riesgo inminente!- acerté a musitar.
-El doctor Lucas Hightower se encuentra ahora en Sudamérica, en algún remoto lugar de Brasil. Al ver que todos los miembros de su equipo se pasaban al del doctor Siegel, decidió poner tierra de por medio. Es un jugador de ventaja y no le gusta perder. En cuanto al mensaje del que usted habla, el testimonio de Emmerich, que aún trabajaba para él cuando lo escribió, pone de manifiesto que no fue más que una simple cortina de humo para despistar a su rival científico, es decir, al doctor Siegel. Al presentarse como víctima de una conspiración urdida por uno de sus millonarios clientes, ganaba un tiempo valioso para abandonar Madrid sin levantar sospechas- el inspector exhaló una bocanada de aire y continuó hablando. –Es cierto que Hightower se dedicó, durante algún tiempo, a rentabilizar su extraordinario hallazgo. A cambio de cifras astronómicas, transfería los sueños de un individuo a la mente de otro que, previamente, había otorgado su consentimiento. Ya se puede imaginar. La mayoría de sus clientes eran gente de gran poder adquisitivo y ávida de emociones fuertes.
-¡Esto no puede estar ocurriendo!- exclamé.
-Lo lamento, lo lamento de veras señorita Guzmán- el inspector adoptó una expresión compungida y se levantó del sillón. –Ahora tiene que dedicarse a descansar y a olvidar todo esto. Tiene mucho tiempo por delante para conseguirlo.
-¡Pero ..!
Hizo ademán de interrumpirme y se ofreció a acompañarme hasta la salida:-No se torture ahora.
No conseguirá nada y sólo aumentará su sufrimiento.
Eché a andar por el pasillo bajo su atenta mirada. Sentía que los pies me pesaban terriblemente, como si avanzase a oscuras por un terreno pantanoso. Mi último pensamiento antes de abandonar la comisaría fue para el doctor Hightower, ese fabuloso profanador de sueños ajenos. Traté en vano de buscar su mirada y adiviné al instante que ya nunca encontraría en ella la perspectiva del cielo.