El Confidencial
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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Sociedad

CULTURA | CUENTO

Criaturas del silencio

17-05-2020 18:29:56

ÁNGEL VARELA | Aurelio sabía que el silencio puede moldearse de múltiples y variadas formas. Sólo aquellos que alcanzaban ese conocimiento estaban en disposición de detener el paso del tiempo. Para llegar a poseer esa facultad era necesario fundirse en las entrañas del bosque durante una noche de luna llena. También era conveniente disfrutar con el canto de los pájaros o bien escuchar el ruido que el viento producía entre las hojas de los árboles.

Muy pocos sabían que el silencio podía emplearse, además, como un bálsamo eficaz contra aquellas heridas que no se ven, pero casi siempre duelen: las del alma.

No tenía una composición definida, ni tan siquiera textura, olor o sabor. Sin embargo, su universo abarcaba mucho más que cualquier sentimiento. El misterio de su profunda ingravidez acariciaba a todos cuantos se acercaban a abrazarlo. Jamás pedía permiso para manifestar su poderosa presencia. Hervía en los recuerdos y en las pasiones y, con cierta frecuencia, solía traspasar los corazones de los hombres.

Aurelio nunca adoptaba una actitud concreta para ir a su encuentro. Siempre dejaba que viniese a buscarlo, sin prisas, sin grandes aspavientos. Los comportamientos más sencillos encerraban a menudo grandes dosis de complejidad. Él lo sabía y dejaba que las cosas siguiesen su curso como un río caudaloso. El sosiego trepaba por su espíritu como el vaho dulce y espeso que sale de los establos al atardecer. Cuando llegaba a ese punto, sabía muy bien que había conseguido burlar al tiempo.

Sus paseos por aquellos caminos remotos con fuentes de agua helada y cristalina le servían de inmejorable escenario para la ejecución del ritual. Y en esos instantes creía sentirse a salvo de todo, de la muerte, de la enfermedad, del inescrutable significado del azar. Sólo algunos pájaros incendiados en sangre aleteaban furiosamente en su memoria y avivaban la llama de sus recuerdos. Pero la agitación no tardaba en cesar. Oculto en el corazón del bosque, antes o después el silencio terminaba por protegerlo con su abrazo invisible.

El sosiego siempre estaba ahí. Simplemente había que salir a buscarlo entre los árboles, entre la niebla que como una cinta de gasa apretada difuminaba todos los contornos y extraía misteriosos significados a las sombras.

Eran muchas las historias fantásticas que se contaban sobre el silencio en el pueblo. Aurelio las había escuchado desde muy niño en su casa y creía en ellas como en las meigas. Nadie en Vilarmaior lograba sustraerse al poderoso influjo del silencio, ni los vivos, ni tan siquiera los muertos. Incluso hasta las propias gaviotas se sorprendían cuando veían volando a todos aquellos espíritus portadores de sosiego, que se desplazaban de un lado a otro como si pretendiesen esculpir los límites del aire.

Aurelio conocía a Leonor, una vecina de noventa años que, tras sufrir un desengaño amoroso en su juventud, había jurado no volver a abrir la boca en la vida como señal de protesta contra las intromisiones del mundo exterior.

A causa de su definitiva renuncia a comunicarse, Leonor había logrado cultivar un mundo íntimo muy rico en imágenes y gestos. Ella sonreía o agitaba los brazos según su estado de ánimo, pero nadie jamás había conseguido arrancarle una sola palabra de sus labios desde que, a los veintitrés años, Roque el indiano la había abandonado tras prometerle matrimonio. Aquel incidente había contribuido a acentuar su carácter introvertido. Desde entonces, se vengaba de todo el mundo con su hermético silencio.

La gente del campo recurría a ella para adivinar el tiempo, para saber si las cosechas iban a perderse con la lluvia o el frío. Aseguraban quienes la conocían que bastaba con asomarse a su mirada para averiguar si el invierno iba a ser duro y el verano espléndido. Sus ojos parecían un estanque azul de agua helada. Y había incluso quien no se atrevía a mirarla fijamente por el respeto que inspiraba.

Aurelio solía cruzarse con ella al atardecer, cuando regresaba de su habitual paseo por el bosque. Leonor lo miraba sin inmutarse y sin volver la vista atrás se perdía por el camino que conducía a su casa. Ella era de costumbres fijas. Tenía asignada una hora del día para cada cometido: para pasear, para dormir la siesta o para darle de comer a sus gallinas.

En una ocasión permaneció más de cuatro días sin dar señales de vida, sin dejarse ver por los alrededores de su vivienda. Los vecinos comenzaron a extrañarla y a preocuparse. Aurelio recordaba muy bien aquel episodio porque él mismo había participado en las labores de búsqueda. Sin que a nadie se le hubiese ocurrido mirar en el interior de la casa, durante dos días y otras tantas noches varios grupos rastrearon los montes próximos. Temían que Leonor, dada su avanzada edad, hubiese sufrido una indisposición entre la maleza.

Al final, alguien mostró un mínimo de sensatez y acudió a buscarla a su vivienda, es decir, al lugar del que no se había movido en ningún momento. Cuentan los que tuvieron ocasión de verla que su estado físico era lamentable, pero no porque hubiese sufrido algún contratiempo, sino por puro abandono. Leonor, según pudo saber Aurelio más tarde por boca de su abuela, se encontraba sentada en la mesa de la cocina.

Quienes se aproximaron a ella pudieron ver cómo dos gruesos lagrimones resbalaban aún por su mejilla izquierda. En su regazo hallaron un papel medio arrugado. El primero que se atrevió a cogerlo exhibió una mueca de perplejidad al leerlo.

En el papel, con una caligrafía de escolar y en letras minúsculas decía textualmente: ¿Por qué Roque? ¿Por qué?

Impresionados por la escena, todos los que habían participado en la búsqueda abandonaron la casa sin decir ni una palabra. La dejaron postrada sobre la mesa de la cocina, rumiando su amargura por dentro. Ahora sabían que Leonor sufría heridas que la desgarraban por dentro, que nunca reposarían en su corazón a pesar del tiempo transcurrido. Por eso había decidido protegerse tras un impenetrable silencio, para protegerse de una realidad que le resultaba demasiado inhóspita.

Pero si la historia de Leonor conmovía a Aurelio, la de Jacinto el carpintero no le sorprendía menos. Jacinto había luchado en la Guerra Civil del lado de los republicanos. Y además lo había hecho en uno de los frentes más cruentos: el del Ebro.

El horror de la guerra y de la muerte lo habían convertido en un ser retraído. Los que lo conocían aseguraban que su silencio era atribuible a las traumáticas experiencias que le había tocado vivir. Nunca hablaba con nadie y siempre se le veía solo.

Durante las fiestas de la parroquia Jacinto se volvía irritable. No soportaba el estruendo que producían los fuegos artificiales ni el rumor de la muchedumbre. Durante los tres días que se prolongaban las fiestas patronales, deambulaba aturdido de un lado a otro, como un muerto viviente. Tanta jarana no iba con él, que prefería los lugares apartados y la única compañía de los pájaros del bosque.

En lo más profundo del corazón de la fraga, a solas con sus recuerdos, Jacinto aliviaba sus temores más íntimos, sus heridas. Solía sentarse siempre en un tronco ante el cual se extendía un prado como una inmensa lengua de hierba. Y en su mirada aún podía adivinarse la dulce huella de los sueños.

Un buen día desapareció sin dejar rastro. Nunca más volvió a saberse nada de él. Aurelio abría los ojos como platos cada vez que su abuela le contaba aquella historia.

Según la leyenda, alguien lo vio en una fría tarde de diciembre caminando por el sendero que conducía al bosque. Al parecer, Jacinto llevaba puesto el uniforme con el que había combatido al lado de los republicanos. Aunque no se puede creer todo lo que se cuenta de aquel episodio, hay quien sostiene incluso que fue en aquel instante cuando rompió por primera y última vez su mutismo.

Jaime de Rivas, que coincidió con él en uno de los caminos, afirma que cuando le preguntó adónde se dirigía y, aún sin esperar respuesta alguna, Jacinto muy serio exclamó:

-Voy a hablar con ellos, voy a reunirme con mis antepasados.

A Aurelio le fascinaba el silencio y todas las historias relacionadas con él. Su abuela, que tanto miraba por su bienestar, le había enseñado en una ocasión que cada hombre es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras. Aquella frase se le había grabado en la memoria a fuego lento. Se juró a sí mismo que cuando fuese mayor sería un hombre parco en palabras, que sólo emplearía las justas para comunicarse.

Mientras tanto, soñaba con emular a todos aquellos que un buen día, sin saber por qué, se perdieron en el bosque, fueron a abrazar su bendito silencio para no regresar nunca. Su abuela siempre le contaba aquellas historias de desaparecidos al atardecer. Aurelio se los imaginaba como náufragos arrebatados por las olas, como fugitivos que habían huido hacia otro reino: el que se extendía bajo el espeso manto del silencio.

Al cabo de los años Aurelio fue desarrollando una singular habilidad que habría de perfeccionar aún más con el paso del tiempo. Siempre que se producía algún episodio desfavorable en su entorno, salía huyendo despavorido hacia el bosque. Permanecía allí durante un par de horas, deambulando de un lado para otro, y después regresaba a su casa más calmado y dispuesto a enfrentarse a todos los problemas. Actuó así el día en que murió su abuela y volvió a hacerlo tres años más tarde cuando falleció su madre.

Él jamás se quejaba, simplemente se perdía en el bosque. El hecho de tener a alguien esperándolo le servía de estímulo. Su padre se había acostumbrado ya a sus habituales recorridos por la fraga. No les concedía mayor importancia.

Un día Aurelio llegó a casa tras uno de sus frecuentes paseos y se encontró a una ambulancia frente a la puerta de su vivienda. Varios vecinos se habían congregado en las inmediaciones.

Don Pedro el médico le salió al paso y Aurelio, al ver su rostro serio, temió lo peor. Su padre había sufrido un infarto fulminante. La muerte lo había sorprendido de forma casi instantánea. Al escuchar las palabras del médico no se lo pensó dos veces. Por fin iba a poder hacer lo que había soñado toda su vida. Ni tan siquiera tenía intención de esperar a que enterrasen a su padre.

Se dirigió al establo y cogió una cuerda de las que utilizaba para sujetar el caballo. Tras hacerle un nudo corredizo, la dobló y la guardó en el bolsillo derecho de su gabán. Sus ojos brillaban de forma extraña y sus gestos desprendían un vigor sorprendente.

Uno de sus vecinos se cruzó con él a escasos metros del establo y le preguntó adónde se dirigía. En el rostro de Aurelio se dibujó una mueca de triunfo. Pensó en Leonor y en Jacinto el republicano. Sin dejar de caminar hacia el bosque, exclamó con aire solemne:

-Silencio, voy a hablar con ellos. Voy a reunirme con mis antepasados.





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