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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Sociedad

CULTURA | CUENTO

El escalofrío de la luna

12-06-2020 10:43:32

ÁNGEL VARELA | Llevaba dos palomas muertas en el zurrón. Sí, eran dos palomas muertas con los ojos arrancados. Su simple contemplación resultaba horrible, como horrible resultaba su propia existencia. Siempre más pendiente del flujo menstrual de las brujas que de su propia persona.

Atravesaba páramos desolados, solía bañarse en ríos de agua helada y copulaba con las campesinas en todos los caminos. Pero nunca lograba librarse de su presencia. Ellas acababan encontrándolo siempre que lo necesitaban.

¡Y qué cosas más extrañas le pedían las brujas! Tan pronto le cortaba la lengua a una lagartija como les arrancaba las alas a las moscas. Cualquier día le exigirían que se castrase. Estaba seguro de que esa orden no tardaría en llegar. Ellas querían convertirlo en un eunuco sin sombra. Mejor dicho, en un eunuco con la sombra del cuervo, que esa era otra.

Desde que se había puesto a su servicio, era el hombre que al anochecer adquiría la forma de un cuervo. Y luego estaba el asunto ese del aliento, que le olía a hierba. Además, en lugar de lengua tenía un muñón de estropajo. A veces se le atascaba en medio de la garganta, provocándole una tos continua y molesta.

Sólo se reconocía como hombre en su mirada. Pero era una mirada vidriosa, acuchillada de remordimientos inconfesables. Sin embargo, no se encontraba mal así. Él cumplía su cometido y punto. Para eso estaba, nada más.

Todo fue bien hasta que las brujas aumentaron su grado de exigencia. Ya no se conformaban con animales martirizados, torturados o decapitados. Ahora comenzaban a pedir cosas más atrevidas. Ahora querían el cuerpo de una adolescente virgen para ellas solas. Al principio se asustó, pero después recordó que era un simple mandado y se puso manos a la obra.

La primera de sus víctimas la secuestró muy cerca de la aldea. Un encargo fácil de realizar. La joven, que tendría unos catorce años, esperaba en un claro del bosque a que su abuelo regresase con las vacas del prado. Se acercó a ella por detrás y le tapó la boca para que no gritase. Todo fue muy rápido.

Recuerda que, casi sin darse cuenta, le partió el cuello con la fuerza de sus brazos. La muchacha se desmadejó sobre su regazo como un muñeco de trapo. La enterró durante dos días y después se la entregó a las brujas, que celebraron su eficiencia con gran alborozo.

Como recompensa, sus amas permitieron que ultrajase el cuerpo sin vida de la joven. No se lo pensó dos veces. Poseído por un deseo animal, se desplomó sobre el cadáver y lo penetró una y otra vez hasta que eyaculó. Mientras tanto, las brujas danzaban a su alrededor y aullaban de satisfacción.

Su segunda víctima tampoco tardó mucho tiempo en caer. Fue otra joven de físico muy similar a la anterior. La estranguló a escasa distancia del centro escolar en el que estudiaba. Después trasladó el cadáver hasta una arboleda y lo enterró al pie de un eucalipto. Al cabo de setenta y dos horas lo desenterró y se lo entregó a las brujas, que nuevamente le permitieron yacer con el cuerpo de la infortunada adolescente.

Con la desaparición de la segunda joven cundió la alarma en la comarca. Los vecinos enviaron sendos escritos al delegado del Gobierno y al consejero de Justicia para que se intensificara la búsqueda. Los padres prohibieron a sus hijas salir solas e incluso se turnaron para acompañarlas al colegio.

Transcurrieron más de dos meses sin que se produjeran nuevas desapariciones. Sin embargo, la policía apenas consiguió avanzar en sus pesquisas. Era como si se las hubiese tragado la tierra. No había rastro de las jóvenes. Tampoco había indicios fiables que permitiesen a las fuerzas de seguridad desarrollar una sólida hipótesis de trabajo. Con el paso del tiempo disminuyó la presión policial. Y los vecinos de la comarca también comenzaron a resignarse ante el incierto desenlace de las investigaciones.

Dos por cada víctima. Ahora ya llevaba cuatro palomas muertas en el zurrón, todas ellas con los ojos arrancados. Las brujas se mostraban eufóricas. Empleaban las uñas y el cabello de las adolescentes en sus extraños ritos.

Él estaba seguro de que no tardarían en exigirle una nueva entrega. Comenzaba a estar harto de las brujas, de sus caprichos. Pero él era un mandado y no había más que hablar. Si le encargaban un cometido, él cumplía y punto.

La tercera desaparición sobrecogió a todo el mundo. El autor del rapto actuó con osadía y precisión. Se introdujo en el patio del colegio y, mediante engaños, consiguió atraer a una joven hasta la puerta de salida. Allí le tapó la boca y le golpeó la nuca. Después la sujetó entre sus brazos y huyó con ella. Sus compañeras sólo acertaron a echarla de menos cuando ya no aparecía por ningún sitio.

El miedo volvió a atenazar a los habitantes de la comarca. Organizaron varias manifestaciones y pidieron a las autoridades que intensificaran los trabajos de investigación. Sin embargo, los resultados de las pesquisas policiales no fructificaron.

Ahora ya llevaba media docena de palomas muertas en el zurrón. Todas ellas con los ojos arrancados. Con su tercera víctima repitió el mismo procedimiento que con las dos anteriores. La enterró en un remoto paraje, esperó cuarenta y ocho horas, y después entregó el cadáver a las brujas. También en esta ocasión disfrutó penetrando el cuerpo inerte de la joven.

Él hacía lo que le pedían. Simplemente eso. No le correspondía a él emitir juicios morales o extraer conclusiones. Aunque admitía que empezaba a estar un poco ivharto de sus exigencias. Cualquier día se rebelaría contra ellas y entonces se iban a enterar.

Los habitantes de la comarca no ganaban para sustos. Por si no fuese suficiente con la desaparición de las tres jóvenes, un nuevo y trágico episodio venía ahora a enturbiar su convivencia. El periódico recogía la noticia a toda página en la sección de sucesos. Muchos aún no daban crédito a lo que leían. Pero no había duda alguna. La información que recogía el diario era amplia y concluyente: Raimundo Doural Varela, un viudo de 47 años de edad, asesinó ayer a cuchilladas a sus dos tías en el domicilio familiar, en el lugar de Breanca. Antonia y Josefa Doural, de 70 y 73 años respectivamente, fallecieron casi en el acto a causa de la gravedad de sus heridas.

Aunque se desconoce cuál pudo ser el motivo que desencadenó la tragedia, todo parece indicar que el agresor sufre un trastorno mental transitorio que se agravó tras la muerte de su esposa, hace dos años, en un accidente de circulación.

Según fuentes policiales, la convivencia entre Raimundo Doural y sus dos tías se había deteriorado, de manera gradual, en los últimos tiempos. Al parecer, las dos ancianas acusaban a su sobrino de infligirles reiteradas humillaciones, recurriendo para ello a todo tipo de provocaciones.

Según estas mismas fuentes, en su afán por enturbiar la convivencia, el agresor llegó incluso al extremo de degollar y arrancarles los ojos a media docena de palomas mensajeras que eran propiedad de sus tías. Este sangriento episodio dinamitó por completo las precarias relaciones familiares que mantenían.

A raíz de la matanza de las palomas, Antonia y Josefa Doural exigieron a su sobrino que abandonase el domicilio familiar, lo que pudo haber contribuido a acentuar su resentimiento hacia ellas.

El agresor, que fue detenido por la policía en la vivienda en la que se cometió el doble crimen, intentó resistirse a los agentes. En el momento de su detención, Raimundo Doural, considerablemente excitado, acusó a sus tías de ser unas brujas y obligarle a cometer todo tipo de atrocidades.





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