EFE | "Por una vez los científicos nos hemos sentido valorados". Es la
opinión de un matrimonio de virólogos, el formado por Isabel Bandín
Matos y Carlos Pereira Dopazo. Ambos, da igual si habla uno u otro porque en todo concuerdan, piensan
que la gran lección de la crisis sanitaria es la de hacer caso a los
expertos. No en vano, hace años, -apostillan-, que existe el aviso de
que pandemias de las características de la actual eran una posibilidad
muy real.
Los dos son investigadores en el campo de la virología animal y
profesores de Virología en la Universidad de Santiago (USC). Él, en la
entrevista conjunta con Efe, se dirige a la clase política para que
invierta más en investigación y recuerda que hacerlo “es invertir en
predicción” y que es imprescindible "saber qué va a venir en el futuro”.
Ella añade que, dentro del campo de las enfermedades infecciosas, las
víricas son las grandes desconocidas. Pone dos ejemplos muy
ilustrativos. El primero, que hasta hace muy poco tiempo, cuando
mencionaba que daba clases de Virología o que trabajaba con virus, le
decían: "¿Y eso qué es?, ¿realmente es importante?".
El otro: ”Muchas personas tienen la sensación de que cuando van al
médico y les dicen que es algo vírico se debe a que no saben lo que es”. Pues bien, razona, “ahora se está viendo que los virus existen" y que hay "muchísimos que desconocemos”. Carlos e Isabel creen improbable, "pero no imposible”, que el
SARS-CoV-2, causante de la Covid-19, estuviese circulando entre la
población mundial antes de la pandemia pero no tienen tan claro que un
ancestro de este pequeñísimo agente infeccioso no lo hiciese: “No
podemos decir que no”.
La teoría más aceptada en la actualidad, abundan, es que el patógeno
saltó de un animal al ser humano en un momento anterior al comienzo de
la epidemia en Wuhan, “bien como el virus causante de la enfermedad que
conocemos o bien como un ancestro que fue adaptando su maquinaria para
mejorar su capacidad de infección en una nueva especie; si ese posible
ancestro estuvo mucho o poco tiempo en circulación es algo que queda por
descubrir”.
Que después se produjo una dispersión, en principio por poblaciones
próximas y a continuación por otras más alejadas, es, en cambio, y
concuerdan en ello, “algo fácil de demostrar" con las curvas epidémicas
locales asociadas a movimientos globales, los eventos deportivos y
reivindicativos, y las masificaciones puntuales.
Los virus, concretan estos expertos en epidemiología animal, por ser
parásitos intracelulares obligados dependen para existir de la
supervivencia de sus hospedadores y por ende tienden a adaptarse para
llegar a un equilibrio en el que ambos, virus y hospedador, sobrevivan.
Cuando un virus infecta una nueva especie, como es el caso, “encuentra
una población naïf para él en la que puede provocar estragos en una
primera oleada”.
Sin embargo, a medida que circula entre los individuos
de esa población comienza a diversificarse, de modo que aparecen muchas
variantes; y, de ellas, las que tendrán más éxito serán las que logren
"no matar" al hospedador. Por eso, es esperable, estiman, que una segunda oleada de la infección
sea menos virulenta y eso, convienen, “es lo que podría estar
ocurriendo” ya. Sea como fuere, precisan, para saberlo con seguridad son
necesarios estudios genéticos que se irán publicando en los próximos
meses.
Epidemiológicamente la adaptación y, en consecuencia, la reducción de la
virulencia es una pauta que tiende a repetirse cuando un virus infecta a
un nuevo hospedador y siempre que circule “un tiempo suficiente” entre
la población. ¿Nuestro sistema inmune puede obligar a un virus a ir en la buena
dirección? Contestan: en el caso de un individuo adulto sano el sistema
inmunitario debería limitar la capacidad de replicación y dispersión del
mismo en el organismo.
Si eso se traslada a la inmunidad de grupo, ocurre lo siguiente: una
población que por haber tenido contacto previo con el virus tiene un
porcentaje de al menos el 50% de seropositivos, es una población que en
términos generales tendrá una mejor capacidad de respuesta ante segundas
oleadas.
No obstante, bien es cierto que en ocasiones puede ocurrir que el
sistema inmunitario de algún hospedador sea “su peor aliado” y esto es
lo que sucede con un pequeño porcentaje de pacientes de Covid-19 en los
que se observa una “respuesta inflamatoria exacerbada” que provoca un
agravamiento de la patología.
Son muchas las cuestiones que están sobre la mesa e Isabel y Carlos
tienen la impresión, y en ello inciden, de que la población ha sabido lo
importante que es buscar fuentes muy fiables.
Esperan que ese cambio de paradigma perdure en el tiempo y que quede
clara "la importancia de valorar la formación y la investigación”.
La mejor lección que la ciudadanía debe extraer de lo que está
ocurriendo es, aseguran uno y otro, que hay que tener muy en cuenta las
advertencias de los que saben. No es casualidad, concluyen, que diversos estudiosos llevasen años
alertando "de que pandemias de este tipo podían ocurrir, de que no
estábamos preparados y de que debíamos tomar medidas de respuesta”.
“SARS, MERS, Ébola, Zika… fueron avisos que nos despertaron, pero
volvimos a quedar dormidos como sociedad; es decir, nuestros políticos,
una vez pasado el susto, decidieron que no merecía la pena invertir en
investigación”. "Esperamos sinceramente", y se despiden con la misma sintonía demostrada
en cada aspecto a tratar, “que nos hagan más caso a partir de ahora y
que la inversión en investigación se incremente".
"Pero no sólo en investigación en clínica humana; de hecho, nosotros
llevamos años avisando de que episodios semejantes a este Covid-19
pueden ocurrir en el ámbito animal porque hemos comprobado la presencia
de virus muy variados en poblaciones de animales en la naturaleza”. Es
un apercibimiento.