ÁNGEL VARELA | Como si no hubiesen pasado tantos años, Marga se aproximó a su rostro y lo besó con esa ternura sin esperanza que sólo poseen los solitarios.
Jacinto dejó volar la imaginación y recordó otra época y aquellos inolvidables momentos disfrutados en la casa de la sierra. Los días tenían entonces un final feliz y ambos ignoraban que las lágrimas no pueden desdecirse jamás porque son irrevocables.
El cálido acento del verano comenzaba a posarse sobre la piel y el río, deslizándose como una serpiente helada entre la vegetación, traía consigo un rumor de cerezas.
Como si no hubiesen pasado tantos años, Jacinto acarició sus manos cansadas y, casi sin darse cuenta, se desplomó sobre su cuerpo inerme mientras comenzaban a agrietarse en sus pupilas las profundas vetas del deseo.
Tras sofocar el inevitable incendio de la carne, él recogió sus libros de versos con algún escalofrío y abandonó aquel lugar sospechando que nunca volvería a verla.
Marga no se había acercado hasta la puerta para despedirse, quizás con el inequívoco propósito de impedir que la emotividad se desbordase.
Como si no hubiesen pasado tantos años, recordó que hay bares de carretera, muy al sur, en los que la tristeza es tan espesa que los perdedores señalizan sus sombras para no darse de bruces con los remordimientos.
Las mujeres que los frecuentan permiten que sus mejillas se enciendan como velas mientras cualquier solitario, atrapado por su pasado, dibuja arabescos de ternura sobre un cuerpo calcinado por el relámpago de la memoria.
Como si no hubiesen pasado tantos años, Jacinto se dijo a sí mismo que las miradas de algunas mujeres producen el mismo efecto que las ortigas en la sangre. Cuando hablan de amor siempre se están alejando de uno y resuelven los diálogos con la prosa acerada de los navajazos. Nadie más que ellas saben que las batallas del espíritu, violentas y hermosas, se pierden con el mismo coraje con que se ganan.
Como si no hubiesen pasado tantos años, Jacinto entró en la autopista con su automóvil y comenzó a devorar kilómetros y kilómetros, alejándose cada vez más de su familia.
Mientras contemplaba el dorado bronce del atardecer desde la ventanilla del coche, pensó que jamás se dejaría destripar por la carnicería de la soledad. Encendió la radio y la voz cavernosa de Dylan emergió de ella como si se tratase de un chorro sobrenatural: “No digas nada, ni tan siquiera rompas este silencio. Tú eres la única razón de que siga viajando”.
Llegó al anochecer a una pequeña población y se alojó en el primer motel que encontró, un maltrecho local al borde de una carretera polvorienta en cuyas habitaciones revoloteaban, como fantasmas ingrávidos, los recuerdos anónimos de miles de historias de amor que jamás verían la luz, como la suya.
A primera hora de la mañana pagó la cuenta y abandonó el motel. No sabía aún qué dirección iba a tomar, pero tampoco le preocupaba demasiado. Lo importante era alejarse de su esposa, de sus tres hijos, olvidar que alguna vez había llegado a tener una familia.
Como si no hubiesen pasado tantos años, Jacinto aún seguía escribiendo para soportar el paso del tiempo. Y no pudo evitar el preguntarse qué daño había hecho él por amar a su hermana Marga más allá de la carne, más allá del límite de los sentidos, más allá de lo que la razón demanda.