ÁNGEL VARELA | Un hombre tiene que ir siempre hacia algún sitio. Tiene que navegar, aunque sepa que jamás regresará a Ítaca. Aquellos desplazamientos en tren constituían una prolongación de mi infancia. Solía arrimar mi cara contra el cristal de la ventanilla y los paisajes, las gentes, las casas desfilaban ante mi mirada a una velocidad de vértigo.
Cuando mi madre murió de cáncer, recuerdo que saqué un billete y me subí al primer tren que partía de la estación. Era un cercanías que invirtió en el viaje algo menos de una hora.
Al llegar al punto de destino me encontré con que lo que había hecho, en realidad, era regresar de nuevo al punto de partida. Me había subido al ferrocarril –eso lo tenía muy claro- pero en lugar de realizar un trayecto físico había hecho un itinerario interior. Sin moverme de donde estaba, aquel extraño acontecimiento había sido un viaje al interior de mí mismo.
Mientras suponía que el tren avanzaba, con diecinueve años recién cumplidos evocaba algunos de los momentos que habían marcado la relación con mi madre.
Desde aquel preciso instante supe que mi experiencia con los trenes resultaría singular. Ellos constituían, invariablemente, mi cita con la magia, con lo inesperado. Cada vez que algún episodio alteraba bruscamente el curso de mi vida, yo procedía de idéntica manera: me plantaba en la estación, sacaba un billete para cualquier lugar y viajaba, viajaba … Eso sí, siempre lo hacía con la mente, porque jamás me movía de donde estaba. Por muy larga que fuese la distancia, siempre aparecía en el punto de partida.
No podía explicar aquello sin prescindir de las más elementales dosis de racionalidad. Subía al tren con la esperanza de llegar al destino elegido y éste, en lugar de trasladarme físicamente, lo que hacía era devolverme al mismo punto de partida después de hacerme viajar interiormente.
Puedo admitir, sin temor a avergonzarme, que así transcurrió toda mi vida. Subiendo al tren y regresando al mismo punto de partida.
Jamás olvidaré la primera vez que hice el viaje junto a mi mujer. Partimos de la estación a media mañana. Cuando llegamos al que supuestamente era nuestro destino, me encontré con que yo permanecía en la estación que teóricamente había abandonado hace dos horas. Sin embargo, ella sostenía con firmeza que el trayecto había concluido y que había llegado al lugar elegido. Aquella divergencia de opiniones provocó un serio enfrentamiento entre nosotros.
Al final, tras un arduo intercambio de puntos de vista, llegamos a la conclusión de que ella había viajado físicamente y yo sólo lo había hecho interiormente. Como consecuencia de eso, mi esposa recordaba a la perfección todo cuanto había acontecido durante el itinerario – la joven que se mareaba, el revisor que discutía con un pasajero por carecer de billete o el matrimonio que discutía-.
Sin embargo, yo lo único que recordaba eran los momentos posteriores al fallecimiento de mi madre, el día de mi primera comunión y mi licenciamiento en el ejército. Aquella situación, lejos de reconciliarnos, contribuyó a que nuestra relación se deteriorase. No lográbamos ponernos de acuerdo y, sobre todo, no podíamos viajar juntos en tren. La convivencia y la conversación resultaban imposibles. No podía haber comunicación si ella asumía el viaje como algo físico y yo lo hacía como algo interior.
Para mí un trayecto en ferrocarril era algo que pertenecía al exclusivo patrimonio de mis sueños, de mis recuerdos. Para ella en cambio aquello no significaba nada. Lo interpretaba simplemente como algo puramente físico. Partía de un lugar y llegaba a otro, sin más.
También ocurrió algo similar con el nacimiento de mi hijo. Estaba tan nervioso, tan emocionado, que salí disparado hacia la estación. Una vez más me aboné al ritual que ya había repetido infinidad de veces. Me acerqué a la ventanilla, saqué el billete y esperé la hora de partida.
Cuando me subí a la máquina todo comenzó a transcurrir a una velocidad de vértigo. Por mi mente desfiló como un fogonazo la muerte de mi madre, las discusiones con mi mujer y, naturalmente, el nacimiento de mi hijo.
Como era de esperar, al cabo de dos horas me encontraba en el mismo lugar del que no me había movido. El asunto comenzó a preocuparme de verdad. Empecé a frecuentar los servicios de un psiquiatra. Tras varias sesiones y no pocas charlas, el especialista llegó a la conclusión de que, por alguna extraña razón que se le escapaba, los trayectos en tren ejercían en mi organismo un saludable efecto terapéutico. Además, podía considerarme el primer viajero estático del mundo. No había nadie capaz de desplazarse del modo en que yo lo hacía.
Mi esposa se resistía a asumir la verdad. Simplemente se negaba a admitirla. Contrató los servicios de un detective para seguirme, para averiguar si todo aquello era una simple superchería. El sabueso eligió un día de septiembre para iniciar sus pesquisas.
Recuerdo que yo me encontraba bastante deprimido. Las cosas en el trabajo no marchaban demasiado bien, las discusiones con mi jefe eran constantes y, por lo tanto, había tomado la decisión de acercarme hasta la estación de ferrocarril y poner tierra por medio. Como ya me imaginaba, tardé un par de minutos en despistarlo.
Cuando el detective reparó en mi ausencia, yo le llevaba ya unos cuantos pensamientos de ventaja y la distancia era infranqueable. Mientras él se alejaba de mí físicamente, yo contribuía a aumentar aquella separación de forma interior.
Volvió a intentarlo al cabo de una semana y las cosas no le fueron mucho mejor. Tal y como le había ocurrido la primera vez, cuando él logró llegar al punto de destino, yo seguía en el punto de partida y había efectuado un amplio repaso a mi vida.
La fallida investigación del detective sirvió para empeorar la relación con mi mujer. Llegamos a la conclusión de que lo nuestro era insostenible y decidimos divorciarnos. El mismo día que acudí al juzgado a tramitar los papeles me desplacé después a la estación. Una vez allí, saqué un billete y viajé de nuevo hacia el interior de mí mismo.
Ahora que me adentro en la vejez sé que un día de estos efectuaré mi último recorrido. Hay cuatro momentos en la vida de un hombre. Y lo único que se sabe del cuarto es que todo está oscuro y no hay muebles con los que tropezar. Yo me subiré al tren elegido e iré a su encuentro. Supongo que en esta ocasión, a diferencia de todas cuantas se me presentaron anteriormente, sí llegaré al punto de destino porque sencillamente ya no hay más puntos de partida.