ÁNGEL VARELA | Recibió el encargo como de costumbre. Aquel trabajo no difería en nada de otros que ya había realizado con anterioridad. Llegó al bar de Juan a las cuatro en punto de la tarde. Su enlace le entregó el sobre que contenía la información. No era nada especial. Una investigación para confirmar que un sinvergüenza le ponía los cuernos a su mujer con su secretaria.
Su verdadera pesadilla comenzó al abandonar el establecimiento. Se percató de que su propia sombra giraba en sentido contrario al que él había tomado. ¿Cómo era posible que se disociase de ese modo de su cuerpo? Miró de soslayo y emitió un gesto de perplejidad. Sin embargo, su sombra seguía allí desafiante, a escasa distancia de su persona. Pensó que aquello no le podía estar sucediendo a él. ¿Qué dirían ahora sus compañeros? ¡Un inspector de la brigada judicial obligado a seguir su propia sombra para recuperarla!
Se sorprendió a sí mismo en la calle amonestándola, pero su sombra ya había comenzado a alejarse en dirección contraria. Le gritó y trató de correr tras ella. Sin embargo, sus esfuerzos resultaron infructuosos. Cuando se dio cuenta ya se había perdido calle abajo. Chasqueó la lengua en un gesto de contrariedad y emprendió el camino de regreso a su casa. En su rostro se dibujó una leve sonrisa de fatiga.
Mañana empezaría la investigación para desenmascarar al adúltero. Aunque intentaba pensar en otra cosa, le preocupaba qué podría hacer su sombra a aquellas horas de la noche. Se sentía desnudo, casi como un cuerpo deshabitado.
Su esposa lo recibió en el domicilio familiar con la indolencia acostumbrada. Por desgracia, veinte años de convivencia no daban para más. En el fondo, siempre había pensado que el matrimonio estaba más hecho para los amigos que para los amantes. Tarde o temprano –pensó- cada deseo encontraba su cansancio, su verdad.
Cenó lo justo y después se puso a leer el periódico en uno de los sofás del salón. Su esposa apenas cruzó media docena de palabras con él. Le dio las buenas noches y se fue a la cama. No le dijo nada de la pérdida de su sombra por no preocuparla. Al quedarse solo en el salón, decidió que cada quince minutos se asomaría a la ventana que daba a la calle por si ésta decidía regresar.
Estuvo más de una hora esperando y, finalmente, se dijo a sí mismo que sería mejor acostarse. Logró dormir de un tirón hasta las ocho de la mañana. Se levantó a oscuras para no despertar a su mujer. Tras desayunar, salió a la calle dispuesto a resolver el caso de infidelidad que tenía entre manos. Mientras se dirigía caminando hacia la comisaría, abrió el sobre que le había entregado el enlace y trató de memorizar algunos datos que podían resultar útiles para sus indagaciones.
El adulterio que ahora investigaba, por la relevancia social de sus protagonistas, podría tener múltiples consecuencias económicas y políticas. Él era miembro del consejo de administración de uno de los bancos más poderosos del país. Y su amante era la esposa de un veterano congresista.
Se encontraba tan enfrascado leyendo los detalles mientras caminaba por la calle que no reparó en la proximidad de su sombra. Le seguía sigilosamente los pasos, a escasa distancia. Cuando llegó a la comisaría sintió que una mirada se posaba de forma insistente sobre su nuca. Se giró con rapidez, pero no alcanzó a ver nada a sus espaldas. Lejos estaba de averiguar, en aquel preciso instante, que estaba a punto de enfrentarse a uno de los casos más importantes de su vida.
En algo menos de una semana logró considerables avances en la investigación. El banquero se citaba con su amante todos los lunes y los miércoles. El lugar elegido era una suite del hotel Ritz. Los encuentros comenzaban alrededor de las cinco de la tarde y a veces se prolongaban por espacio de dos horas.
Pensó que no tardaría en aportar todas las pruebas que necesitaba para resolver el caso. Sin embargo, la satisfacción que sentía por el éxito de su trabajo se veía empañada por la insólita revelación de pequeños detalles de su vida privada.
Cada noche, al regresar a su domicilio, su esposa lo sorprendía con comentarios sobre una serie de episodios íntimos que jamás le había confiado a nadie, ni tan siquiera a su mujer. ¿Cómo era posible que ella se refiriese a una serie de cuestiones sobre las que siempre había observado la más absoluta discreción?
Tras evaluar cuidadosamente varias posibilidades, llegó a la conclusión de que alguien le suministraba esas informaciones a su esposa. ¿Pero quién podía conocer una serie de acontecimientos personales que jamás había revelado a nadie?
Tenía que ser su sombra, no había ninguna duda. Por muy descabellado que pareciese, ella le contaba todas aquellas cosas a su esposa. Movió la cabeza de un lado a otro, como si aquel gesto bastase para ahuyentar los malos pensamientos. ¡Aquello no podía estar ocurriendo! ¡Su propia sombra lo estaba investigando mientras él hacía lo mismo con un caso de adulterio!
La situación se fue complicando a medida que pasaban los días. Veía cómo los progresos en la investigación eran directamente proporcionales al deterioro de su relación conyugal. Cuanto más avanzaba él en el esclarecimiento del caso que lo ocupaba, mayor era el naufragio de su matrimonio.
Su sombra, con la que no había vuelto a coincidir desde el día de su desaparición, informaba puntualmente a su esposa de todo aquello que había mantenido en secreto a lo largo de la vida. Como consecuencia de esas revelaciones, su mujer se volvió arisca e irritable. La comunicación entre ambos se había vuelto imposible.
Ahora, cada vez que regresaba a casa, su esposa lo castigaba con una mirada envenenada de reproches. Entre los dos se había creado un espeso muro de silencio. Con esas deliberadas indiscreciones, su sombra le había asestado un golpe definitivo a su matrimonio.
Las zonas oscuras que rodeaban su existencia afloraron a la superficie en cuestión de días. De ese modo quedaron al descubierto los episodios más escabrosos de su biografía sentimental.
Lo que más le dolió a su esposa fue conocer su fama de disoluto y mujeriego. Logró enterarse, con todo lujo de detalles, de las orgías en las que solía participar con prostitutas que trabajaban en varios locales de alterne. También supo por su sombra que su marido dirigía una red de extorsión cuyas víctimas principales eran inmigrantes ilegales que, huyendo de la miseria en sus países de origen, acababan cayendo en las garras de la prostitución.
La situación era insostenible. Su matrimonio se encontraba ya en un punto irreversible. No obstante, el día que mostró a sus superiores todas las pruebas que había acumulado contra el banquero adúltero fue felicitado por éstos sin reservas. Durante un buen rato elogiaron su rigor profesional y su capacidad para trazar líneas de investigación fiables. Sin embargo, él daba la impresión de mantenerse ajeno a aquel reconocimiento.
Dos investigaciones paralelas habían concluido por ponerlo al descubierto. El círculo se cerraba de manera inexorable. Si una de ellas había servido para poner de manifiesto su elevado grado de eficacia profesional, la otra había contribuido a arruinarlo en el plano personal.
Su trabajo no era nada si se comparaba con el que había ejecutado su sombra. Una investigación brillante, despiadada, desarrollada por alguien que lo conocía mejor que nadie.
Sonrió para sus adentros al pensar en lo descabellado de la situación. Un éxito por un fracaso para nivelar el fiel de la balanza. Así funcionaba la vida, que siempre te da unas cosas y a cambio te quita otras. Ahora, más que nunca, se sentía un excelente policía y un pésimo esposo. Esperó con paciencia a que terminase la reunión de trabajo con sus superiores. Por un momento, creyó saber lo que tenía que hacer. Tras saludar a varios compañeros, salió de la comisaría con discreción.
Aquello era algo entre los dos. Y él sabía cómo resolverlo. Empleó buena parte del día en limpiar su arma reglamentaria. Su esposa no se encontraba en casa y aprovechó unos minutos para relajarse antes de salir de nuevo a la calle. Estaba dispuesto a zanjar aquel asunto de la forma más expeditiva posible.
Se apostó frente al portal de su domicilio y se dijo a sí mismo que no se movería de allí hasta encontrarla. No tuvo que esperar demasiado tiempo. Al cabo de una hora divisó a su sombra avanzando a través de la calle como un enjambre oscuro. Esperó a que se encontrase más cerca para salirle al paso. Ahora se encontraba frente a ella y su mirada se endureció de repente.
Extrajo su pistola de la sobaquera y sintió cómo el sudor le perlaba la frente. Mientras tanto, su sombra permanecía a menos de dos metros de él, inmóvil, observando todos sus movimientos.
Empuñó el arma con determinación homicida y sus ojos emitieron un destello salvaje de locura. Apretó el gatillo con la resignada desesperación que empuja a los suicidas, pero ya se sabe que nadie es más rápido que su sombra. Antes de morir, en su rostro se dibujó una sonrisa de incredulidad.