El último premio Nobel de Química, el estadounidense Richard Heck, vive retirado
en Manila con su esposa filipina, ajeno al mundo exterior y ocupado en cuidar
del jardín y de sus pájaros tropicales en su casa de un barrio
humilde.
"Estoy muy contento, no lo esperaba, me lo dijeron por teléfono y no
he podido leer exactamente por qué parte de mi trabajo me van a entregar el
Nobel", comenta a Efe Heck, de 79 años, quien obtuvo el galardón junto a los
japoneses Ei-ichi Negishi y Akira Suzuki por un descubrimiento de 1977 sobre el
uso del paladio como catalizador, que facilitó la fabricación de complicadas
moléculas orgánicas.
Su hallazgo, conocido como "reacción Heck", ha permitido
sintetizar componentes para combatir el cáncer de colón, el herpes y el Sida,
así como nuevos plásticos usados en algunas pantallas de ordenador.
"He
coincidido con los dos japoneses alguna vez hace muchos años, pero no tenemos
ninguna relación personal", señala el químico, retirado desde 1989.
En cuanto
a los motivos de que le hayan entregado el galardón después de tanto tiempo,
bromea diciendo que "probablemente la Academia se quedó sin candidatos".
Nada
en los alrededores de la casa de Heck apunta a que allí viva un prestigioso
científico: el callejón en el que reside ni siquiera está asfaltado y la mayor
parte de los edificios aledaños son humildes construcciones de cemento que nadie
se ha preocupado en pintar.
En las puertas de las casas cercanas, donde
algunas vecinas recogen la ropa tendida en la calle, nadie sabía hasta el
revuelo formado por el galardón que allí vivía uno de los químicos más
importantes del planeta.
"Nunca se relaciona con nadie y casi siempre está en
casa, no teníamos ni idea de que era un científico de tanto renombre", afirma
Carlos, un español que reside en el vecindario.
La vivienda unifamiliar del
Heck, de unos 70 metros cuadrados y con un pequeño jardín, es la que mejor
aspecto presenta pese a su apariencia frágil, pintada de blanco y con un viejo
automóvil aparcado a la entrada.
Sentado en una butaca y apoyado en su
inseparable bastón, el químico se excusa de inmediato porque a su llamativa
camisa de lunares azules le falta un botón.
"Pondré las manos encima del
hueco cuando me tomen fotos", bromea.
Mientras relata su parsimoniosa vida
con sus pájaros y sus orquídeas, se disculpa en repetidas ocasiones por la
ausencia de su mujer, Socorro, 20 años más joven y con la que lleva tres
instalado en Manila después de pasar varios años a caballo entre Estados Unidos
y Filipinas.
Heck ofrece el clásico aspecto del genio distraído ajeno al
mundo exterior, con un estilo de vida modesto y unas despreocupación por
cuestiones prácticas que le lleva a no recordar cuánto tiempo hace que se
casó.
Su sobrino Michael, que se encarga de cuidarle y de vez en cuando le
acompaña en coche a un centro comercial -su única actividad fuera de casa-, le
confirma que son 34 los años que lleva de matrimonio con su esposa, a la que
conoció en un pequeño puesto de comida que ella regentaba con su familia en el
centro de Manila.
El científico no sabe qué hará con los 500.000 dólares que
le corresponden por el premio, pero asegura que no cambiará gran cosa en su vida
y que se encuentra a gusto en su casa, por la que paga 11.000 pesos (181 euros)
al mes de alquiler.
Su preocupación más inminente es el vuelo a Estocolmo
para la recogida del galardón, un viaje del que teme el frío invierno de la
capital sueca, pues está acostumbrado al clima tropical manileño.
Heck
también espera que no le inviten a dar conferencias en los próximos meses con el
pretexto del Nobel.
"Estoy jubilado y apenas sigo los nuevos descubrimientos
científicos, no quiero esforzarme en ello, disfruto de mis orquídeas y de mis
pájaros", indica este científico, austero en su retiro.