Hay momentos históricos que no admiten eufemismos. No estamos ante una simple etapa de inestabilidad ni frente a un desorden pasajero del tablero internacional. Lo que vivimos es algo más profundo y alarmante, la progresiva normalización de la transgresión, la costumbre de cruzar límites que durante décadas sostuvieron la convivencia entre naciones. El respeto al derecho internacional, a la soberanía de los pueblos y a las normas comunes empieza a tratarse como un obstáculo, no como una garantía.
El escenario global se asemeja cada vez más a un tablero donde unas pocas manos mueven piezas con frialdad, sin reparar en las vidas que quedan aplastadas bajo cada decisión. Conflictos armados prolongados, guerras invisibles, presiones económicas, amenazas estratégicas y ocupaciones encubiertas forman parte de una rutina informativa que parece habernos anestesiado. Se habla de estabilidad, de seguridad o de intereses superiores, pero rara vez se pone el foco en las personas, que son quienes pagan el precio real de esta deriva.
El lenguaje del poder se ha deshumanizado. Se discute sobre recursos naturales, rutas comerciales o posiciones geoestratégicas como si el planeta fuera un botín repartible y no un espacio compartido. Todo se envuelve en discursos técnicos, informes y relatos cuidadosamente diseñados, pero la lógica de fondo es arcaica, imponer antes de dialogar, dominar antes de cooperar, apropiarse antes de respetar.
Aún más inquietante resulta la contradicción interna de muchos de los Estados que lideran estas dinámicas. Mientras se proyecta fuerza hacia el exterior, se debilitan las bases sociales en casa. Se recortan derechos, se desmantelan servicios públicos, se limita el acceso a la sanidad y a la educación, se reducen becas y ayudas, y se deja a amplios sectores de la población sin protección. La prioridad deja de ser el bienestar colectivo y pasa a ser la expansión de influencia más allá de las propias fronteras.
Gobernar no es extender poder. Gobernar es asumir responsabilidades, es garantizar condiciones de vida dignas, reducir desigualdades y fortalecer el tejido social.
Cuando un sistema político olvida esto y se rige por la imposición, aunque conserve las apariencias formales, deja de ser verdaderamente democrático. Puede haber elecciones y discursos solemnes, pero si se vacían los contrapesos, se desprecia la ley y se gobierna desde la voluntad de unos pocos, la democracia se convierte en una fachada, un trampantojo.
El mayor peligro de esta deriva no reside solo en los hechos concretos, sino en el precedente que se establece. Cada línea roja que se cruza sin consecuencias desaparece para siempre. Cada norma internacional vulnerada y tolerada debilita el conjunto del sistema. Así se abre la puerta a un mundo donde la fuerza sustituye al derecho y donde la ley del más fuerte se impone como regla no escrita.
No se trata de ideologías ni de bloques enfrentados, sino de principios básicos de convivencia. Ningún gobierno puede atribuirse la potestad de intervenir, presionar o apropiarse de lo ajeno en nombre de intereses propios. Eso no es un liderazgo ni defensa de valores, es dominación. Y la dominación jamás ha traído estabilidad duradera.
El mundo que se está construyendo bajo esta lógica será un territorio hostil, imprevisible y profundamente inseguro. No solo para quienes hoy sufren los conflictos de manera directa, sino también para quienes creen estar a salvo observándolos desde la distancia. La historia demuestra que la violencia legitimada termina siempre volviéndose contra quienes la normalizan.
Por eso es urgente detenerse y reflexionar. Recuperar el sentido del límite, defender las leyes comunes como un freno imprescindible frente a la barbarie. No permitir que nadie, por poderoso que sea, se sitúe por encima de las normas que garantizan la convivencia. Porque renunciar a ellas es renunciar al futuro.
No somos animales ni vivimos en la selva. Somos sociedades que solo pueden sobrevivir desde el respeto mutuo, la cooperación y la responsabilidad compartida. Si seguimos por este camino, no solo estaremos traicionando esos principios, estaremos construyendo un mundo inhabitable para las generaciones que vienen.
Pero no basta con mirar, ni con indignarse en silencio. Cada vez que se tolera que alguien esté por encima de la ley, se erosiona un poco más el suelo común sobre el que caminamos todos. La historia no se construye solo con las decisiones de los poderosos, sino también con la aceptación de quienes miran hacia otro lado.
Defender los límites, el derecho y la dignidad humana no es una postura ideológica, es una obligación moral. Porque el mundo que permitimos hoy será el único hogar posible para quienes vengan mañana.
Conchi Basilio