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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Mi rincón

El mundo no es un negocio

15-01-2026

No se rige por la lógica del beneficio inmediato ni puede gestionarse como una operación de compraventa. No es un tablero donde ganar posiciones a cualquier precio ni una empresa donde las personas se convierten en cifras prescindibles. Gobernar implica cuidar vidas, respetar acuerdos y pensar en un mañana que no pertenece a quienes ostentan el poder, sino a quienes heredarán sus decisiones. 

Gobernar no es negociar. Dirigir un país, y mucho menos influir en el destino del mundo, no es cerrar tratos, imponer condiciones o ganar partidas. No es vencer al otro, no es aplastar para demostrar fuerza. El poder político no puede reducirse a una lógica mercantil sin consecuencias devastadoras, porque cuando se hace, lo primero que se pierde no es la eficiencia, sino la humanidad. 

Durante décadas, con todas sus imperfecciones, se construyó un frágil equilibrio basado en acuerdos, leyes internacionales, derechos compartidos y un principio básico, que la convivencia entre pueblos debía sostenerse sobre el respeto, no sobre la imposición. No era un sistema perfecto, pero era un intento de civilización. De contención, de memoria histórica tras demasiadas guerras. 

Hoy ese equilibrio se resquebraja cuando algunos dirigentes creen que saltarse normas, despreciar consensos y humillar al débil es sinónimo de liderazgo. Cuando se confunde la fuerza con la razón y el ruido con la verdad. Cuando se gobierna desde el ego, desde la necesidad de reconocimiento constante, desde la obsesión por parecer más fuerte que el resto. 

Pero el mundo no necesita hombres fuertes, necesita conciencias fuertes. Necesita dirigentes capaces de entender que el poder no es un escenario para el lucimiento personal, sino una responsabilidad inmensa hacia millones de vidas. Que las decisiones políticas no son movimientos de tablero, sino actos que afectan a familias, a trabajadores, a niños, a generaciones enteras que heredarán lo que hoy se destruya o se cuide. 

No se puede gobernar dejando a la gente sin salidas. No se puede construir futuro levantando muros invisibles que asfixian. No se puede hablar de progreso mientras se recortan derechos, se banaliza el sufrimiento o se normaliza la exclusión. Un mundo que avanza aplastando no avanza, se deshumaniza. 

Hay una peligrosa tentación en nuestro tiempo, creer que el fin justifica los medios. Que cualquier atropello es aceptable si se presenta como solución. Que la ley es un estorbo cuando no conviene, que la paz es negociable, y esa tentación nos acerca a un lugar del que la historia ya nos ha advertido demasiadas veces. 

Porque cuando se gobierna sin ética, cuando se actúa sin conciencia, cuando el ego sustituye a la empatía, no solo se quiebran acuerdos, se quiebra la confianza. Y sin confianza no hay sociedad que se sostenga, ni democracia que sobreviva, ni futuro que merezca ese nombre. 

Alguien tiene que decir basta. Alguien tiene que recordar que el mundo no es una propiedad privada ni un balance de resultados. Que las personas no son obstáculos ni daños colaterales. Que la política, en su sentido más noble, debería servir para cuidar, proteger y ofrecer horizontes, no para cerrarlos. 

No podemos acostumbrarnos a esta barbarie disfrazada de eficacia. No podemos normalizar el desprecio, la imposición ni la ley del más fuerte. Porque hacerlo sería renunciar a lo mejor que hemos sido capaces de construir como sociedad. 

Este mundo no puede seguir así. No si queremos dejar algo digno a quienes vienen detrás. No si aún creemos que vivir en paz, con leyes, con derechos y con respeto, no es una debilidad, sino el mayor acto de inteligencia colectiva. El futuro no se conquista, se cuida. 

El mundo no necesita vencedores, sino personas capaces de cuidar hoy lo que otros tendrán que habitar mañana. Cuidar el mundo es la única forma de no fallarle a quienes aún no han llegado.

Conchi Basilio


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