Hay un agotamiento nuevo, o quizá no tan nuevo, pero ahora más visible, que se ha instalado en la vida cotidiana. No se trata solo del cansancio físico tras una jornada larga, sino de una fatiga más honda, casi existencial, la sensación de estar siempre llegando tarde a algo, de correr sin detenerse a preguntar hacia dónde. Vivimos deprisa, hablamos deprisa, y aun así sentimos que nunca es suficiente.
La sociedad contemporánea parece haber hecho de la urgencia una forma de identidad. Todo reclama atención inmediata, el trabajo, los mensajes, las noticias, las redes sociales, la exigencia de mostrarnos felices y productivos. El tiempo se ha fragmentado en notificaciones, y en silencio, ese espacio necesario para pensar y comprender, se ha convertido en un lujo. En medio de ese ruido constante, muchas personas avanzan con el piloto automático puesto, cumpliendo rutinas que apenas dejan margen para la introspección.
Esta aceleración no es inocua. Genera ansiedad, inseguridad, miedo a quedarse atrás. Y, como ocurre tantas veces cuando el entorno se vuelve hostil, aparece la tentación de cerrarse. El desapego hacia los demás no siempre nace de la indiferencia, con frecuencia es una coraza. Para no sufrir, para no decepcionarse, para no exponerse demasiado. Se cultiva una distancia emocional que protege, pero también empobrece.
Las relaciones se vuelven más frágiles. La escucha profunda cede terreno ante la respuesta rápida. Las conversaciones largas se sustituyen por intercambios breves, por titulares, por juicios instantáneos. Nos acostumbramos a mirar al otro a través de una pantalla, a reducir su complejidad a una frase o a una etiqueta. Y cuando desaparece el matiz, crece la incomprensión. La humanidad, que se alimenta de tiempo, paciencia y cercanía, se resiente.
En el espacio público, esta dinámica se traduce a menudo en discursos más ásperos, en una polarización que convierte al diferente en enemigo, en una facilidad alarmante para deshumanizar al que no encaja en nuestras certezas. Se opina antes de conocer, se condena antes de escuchar. El otro deja de ser una persona con historia y se convierte en un símbolo contra el que descargar frustraciones.
Sin embargo, sería injusto concluir que vivimos en una era desprovista de compasión. Junto a ese endurecimiento conviven gestos cotidianos de solidaridad que rara vez ocupan titulares, vecinos que se ayudan, cuidadores invisibles, redes espontaneas que se activan en momentos de crisis, personas que se detienen a acompañar a quien cae. Tal vez la diferencia es que la prisa hace más ruido que la ternura, y la crispación viaja más rápido que la generosidad.
También empiezan a alzarse voces, a veces tímidas, a veces decididas, que cuestionan este modelo de vida acelerada. Gente que busca trabajos con sentido, horarios más humanos, relaciones menos superficiales. Personas que reivindican el derecho a ir despacio, a desconectar, a mirar sin prisa, a recuperar rituales sencillos, caminar, conversar sin reloj, compartir una mesa. No es una moda, es una necesidad vital.
El cansancio de vivir deprisa puede interpretarse como una señal de alarma colectiva. Algo no encaja cuando millones de personas sienten que no llegan, que no respiran, que no viven del todo. Quizá hemos confundido movimiento con dirección, actividad con plenitud, exposición con reconocimiento.
Y en esta confusión hemos ido dejando en los márgenes lo que da espesor a la existencia, el cuidado mutuo, la empatía, la conciencia de fragilidad compartida.
Frente al apego, la alternativa no es una ingenua idealización del pasado, sino una decisión presente, volver a conceder valor a lo humano. Mirar al otro sin convertirlo en adversario. Escuchar sin preparar la réplica. Reconocer que todos, aunque no lo contemos, estamos un poco cansados de correr.
Tal vez el mayor gesto de rebeldía en estos tiempos no sea acelerar más, sino detenerse. Y, en esa pausa, recordar que vivir no debería ser una carrera permanente, sino una experiencia que merezca ser sentida, comprendida y compartida.
Conchi Basilio