ÁNGEL VARELA | España está a 7.258 kilómetros de Venezuela. Y para conjurar el vértigo emocional que provoca semejante distancia, muchos de los venezolanos que residen en nuestro país, se aferran a su patria y la convierten en un sentimiento que se despliega como una bandera que ondea al viento. Venezuela es para ellos, quizás ahora más que nunca, una profunda esperanza que se resiste a ser devorada por el cáncer de la nostalgia y el desarraigo.
Cindy, Carlos, Mirna, Ángel, Thais, Hilda, Clarián y Johnny son los ocho protagonistas de esta historia. Se trata de una historia hecha con la materia de la que se nutren los sueños y las ilusiones, estrechamente vinculada a la realidad y a los gestos cotidianos de cada día, y condicionada también por una lejanía que unas veces te asfixia y otras te impulsa a volar como un pájaro.
Todos son venezolanos y residentes en el municipio de Miño. Ellos saben muy bien, por su experiencia de vida, que ninguna búsqueda es posible sin cierta dosis de incertidumbre y que, a veces para encontrarse, no sólo hay que partir de cero, sino que también hay que alejarse de lo que más quieres para situarse, paradójicamente, más cerca que nunca de uno mismo.
Sus testimonios no sólo son una lección de vida, sino que además evidencian que el país que los vio nacer, además de un espacio geográfico es, según los casos, una herida en el alma, un estado anímico o simplemente un derrumbe que ya no tiene remedio. Sus opiniones trazan, de forma inmejorable, la convulsa radiografía de una nación que se encuentra en la encrucijada.
El proceso de adaptación a otro país no siempre resultó fácil para ellos. En el transcurso de la conversación Hilda, por ejemplo, reconoció que “la adaptación al principio siempre es difícil. Hay que tener en cuenta que nosotros venimos de una cultura que es diferente y, por lo tanto, la integración siempre se realiza de una forma gradual y a veces lleva tiempo”.
Cindy apuntó que “yo llegué inicialmente a Barcelona a casa de un familiar y después vine a Galicia. No conocía nada de la región y para mí familiarizarme con la lengua gallega fue una de las cosas más difíciles”. No obstante, y a pesar de estar tan lejos de su tierra, no dudó en reafirmar el firme vínculo que la une a su país al afirmar que “en la casa de todos se sigue comiendo arepa”.
La vida en los bares
A muchos de ellos les sorprendió la querencia del gallego por utilizar los bares como punto de encuentro para socializar, para relacionarse con los demás. En ese sentido, Mirna precisó que “en Venezuela las salidas son diferentes. No tenemos la costumbre de ir tanto al bar”. Y Carlos, su marido, añadió al respecto que “aquí los amigos se reúnen en los bares”.
Todos lamentaron la situación de su país. Y se mostraron muy preocupados por las dificultades que atraviesan buena parte de sus compatriotas. Cindy recurrió, de forma elocuente, al título de una conocida saga cinematográfica para describir el momento que atraviesa actualmente su tierra. “Venezuela –añadió- es como el futuro apocalíptico que refleja Mad Max”. Y Carlos confirmó ese diagnóstico pesimista al recordar que “la prioridad ahora mismo en Venezuela es salir a buscar alimentos y no perder la vida en el intento. Creo que serán al menos necesarias dos generaciones para revertir la situación. Chávez y Maduro son las consecuencias de una sociedad corrompida y destruida”.
Hilda apuntó al “caracazo” del año 1989 –el estallido social que convulsionó al país- como el punto de inflexión, como el momento a partir del cual todo se echó a perder. “Ya no queda nada de la Venezuela en la que nací y crecí”, añadió. En ese sentido se pronunció Johnny al subrayar que “muchas familias afrontan una situación límite y lo peor de todo es que no se alcanza a ver la luz al final del túnel”.
Ángel, natural de isla Margarita –uno de los principales enclaves turísticos del país- abundó en los mismos argumentos y sentenció que “la inflación desbocada y la inseguridad ciudadana provocaron que la situación se volviese insostenible. “Al final –recalcó- mi familia y yo tomamos la decisión de irnos y, antes de abandonar el país, estuve una semana entera encerrado en casa”.
Corrupción
Aunque Venezuela es un país rico en recursos naturales, todos coincidieron en señalar que la corrupción política y la excesiva dependencia del Estado terminaron por agravar los problemas. No dudaron en señalar que, en este caso, los gobernantes fueron más parte del problema que de la solución. A su juicio, el futuro de su tierra se presenta ahora muy incierto.
Cindy manifestó al respecto que “esto se veía venir, fue algo que se fue gestando de un día para otro y que tenía que acabar mal por fuerza. Por su parte, Mirna se pronunció en idénticos términos al hacer hincapié en el hecho de que “en Venezuela hay mucho odio en estos momentos y muchas familias viven una situación de pobreza extrema. Es una sociedad que se ha degradado”.
Al término del encuentro, una pregunta quedó suspendida en el aire, revoloteando como un pájaro herido. Si Zavalita en “Conversación en la Catedral”, la célebre novela de Mario Vargas Llosa, se preguntaba cuándo se jodió el Perú, los venezolanos con los que tuve ocasión de charlar se preguntaban, sin decirlo, cuándo se vislumbrará un futuro digno para su tierra.