El Confidencial
radiolider Buscador de noticias buscar en google
José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Sociedad

CULTURA | RELATO

Las propiedades de la niebla

30-10-2019 11:45:27

ÁNGEL VARELA | El prado se extendía ante sus ojos como una inmensa lengua de hierba. El silencio, fundido en el persistente y macerado rumor de la lluvia, envolvía con su poderosa frecuencia cada rincón de la fraga. El río se deslizaba como una serpiente helada entre los pinos. Así había sido durante más de cincuenta años y así seguiría siendo mucho después de que él dejase de existir.  

Matías se sentó sobre una piedra situada al borde del camino, extrajo la picadura de tabaco de su zamarra y comenzó a liar un pitillo con paciencia, sin darse ninguna prisa. Disfrutó con la contemplación de lo que tenía ante sus ojos. Sabía que, aunque un paisaje permaneciese inmutable, una mirada no se repetía jamás.

Cuando se encontraba de mal humor, siempre desaparecía llevándose consigo sus recuerdos a lo más profundo del corazón del bosque, como un perro viejo que lame sus heridas en caminos por los que ya no circula nadie.

El agua y el frío le habían hecho mucho daño a los cultivos aquel invierno. Pensó que no le quedaban demasiadas cosechas por delante, quizás bastantes menos de las que esperaba. Precisamente por eso se encontraba sentado allí sobre la piedra, fumando sin ninguna prisa, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, admirando aquel paisaje helado y brumoso que, con toda seguridad, pertenecía ya más al interior de su alma que a los mapas.

La niebla ascendía entre los matorrales como espesos grumos de algodón, creando formas caprichosas a su alrededor. Imaginó que probablemente algunas de ellas ocultarían los espíritus de sus amigos, de los que se habían ido antes que él. Por eso no era conveniente tratar de apartar la niebla con las manos. Nunca sabía uno si, en realidad, con aquel gesto, estaba faltándole al respeto a algún compañero muerto. Por lo tanto, lo más aconsejable era tolerar su mordedura invisible, dejar que el inasible acento de la bruma acariciase los cuerpos, que esmaltase las miradas de los vivos con el poso fantástico de embrujos y aparecidos.

Matías movió la cabeza de un lado a otro, arrebujándose en su desgastada zamarra para protegerse el rostro de la bofetada del frío. La humedad, a fuerza de metérsele en los huesos, era para él casi un estado de ánimo.

Casi sin reparar en ello, evocó las numerosas veces que había discutido con don Genaro el médico sobre las milagrosas propiedades de la niebla. Se enterneció al recordar cómo sus encendidas discusiones terminaban siempre de la misma manera: uno defendiendo los adelantos de la ciencia y el otro renegando de ellos para proclamar la supuesta superioridad de las tradiciones.

En ese preciso instante, Matías no pudo evitar un ligero estremecimiento de satisfacción. En su fuero interno sabía que el destino había acabado por otorgarle la razón. Mucho conocimiento científico, mucha carrera universitaria y, al final, el espíritu de don Genaro había concluido sus días igual que los de los demás, flotando sin rumbo entre la espesura de la fraga.

Él, que no poseía estudios de  ningún tipo, alcanzaba a saber algo tan elemental como eso. Por lo tanto, procuró mantener los brazos quietos. No quería por nada del mundo que don Genaro, con quien había mantenido una estrecha amistad en vida, se enfadase ahora después de muerto por una involuntaria descortesía suya.

Tres cuartos de lo mismo le había ocurrido con don Cosme el abogado, que había fallecido de un infarto el año pasado. Parecía mentira que un hombre de leyes, tan sabio en sus consejos y tan recto en su proceder, se negase en redondo a creer en las milagrosas propiedades de la niebla. Matías estaba seguro de que, a estas alturas, su espíritu andaría ya metido en pleitos con todos los grillos de la fraga. Así era en vida el bueno de don Cosme, que tenía que hacerse notar allá por donde pasaba.

Se levantó de la piedra en la que estaba sentado, atravesó un pequeño camino de tierra y echó a andar prado abajo. Había realizado cientos de veces aquel recorrido a lo largo de su vida. Sin embargo, Matías consideraba que cada ocasión era completamente diferente a la anterior. Quizás porque en cada paso que daba encontraba un nuevo y preciso significado, una infinidad de matices que excluían la rutina y le imprimían al mismo itinerario el misterioso sigilo de lo desconocido. Había que dejarse poseer por la dulzura moribunda de la tarde, permitir que el poderoso e invisible oleaje del silencio desbordase el pensamiento.

Matías continuó avanzando sin detenerse, moviéndose con soltura entre aquella cinta apretada de gasa que difuminaba todos los contornos. La niebla era un escalofrío de humo flotando en la oscuridad invernal de diciembre, una desgarrada lencería de húmedos fantasmas, y él conocía sus impenetrables secretos. No importaba que el paso del tiempo gangrenara la memoria, que derramase su sustancia hasta hacerla fluir como un río de recuerdos muertos. Mientras tuviese aquel paisaje ante él, extremadamente bello en su desolación, no tendría por qué preocuparse. Sus amigos, los que se habían ido antes, permanecerían vivos en el cansancio de su mirada.

Llegó hasta el otro extremo del prado, aquel en el que la hierba era más alta, y se detuvo por segunda vez. La triste percusión de la lluvia le había empapado la zamarra. Sacudió un poco el cuerpo y, por supuesto, procuró mover lo menos posible los brazos. No quería que los espíritus de don Genaro o don Cosme lo reprendiesen por su actitud. Si realmente sus almas se encontraban merodeando por allí, fumaría otro pitillo a su salud y asunto resuelto. Sus convicciones le impedían mostrarse beligerante con los difuntos. A un amigo muerto no se le hacía una faena así y a su espíritu tampoco.

En cualquier caso, en materia de fantasmas no estaba nada escrito. Cada uno obraba según su condición. Matías esbozó una sonrisa al pensar aquello. Casi al instante, reparó en el gran número de aparecidos que había tenido la oportunidad de conocer, entre la bruma, a lo largo de los años.

Con el espíritu del primogénito del alcalde, por ejemplo, le había ocurrido lo que no le había pasado con ningún otro. Si en vida Luis, que así se llamaba el hijo del regidor, se había revelado como un ser arrogante, tras fallecer en un accidente de circulación su alma se había convertido en una de las más bondadosas de la fraga. Matías atribuía la conversión a su firme deseo de resarcirse por las travesuras que había cometido a lo largo de su atribulada existencia.

Aunque su escasa cultura limitaba de modo considerable su discernimiento, Matías recordó una de las numerosas maldades que había cometido Luis mientras vivía. Su propio espíritu, envuelto entre la niebla, se la había referido en el curso de una conversación que había mantenido con él una tarde de febrero.

Hablar con los difuntos, asistir en silencio al relato de sus extinguidas vidas, era lo que más le gustaba. Además de obsequiarlo con una entretenida charla, los aparecidos solían ser educados y jamás lo interrumpían cuando le tocaba hablar a él. Matías, no muy inclinado a creer en la condición humana, siempre había considerado que el diálogo de los muertos resultaba más fructífero y esclarecedor que el de los vivos.

El caso es que Luis, primogénito del alcalde del pueblo, había llegado a cursar estudios en la universidad. Su irrupción en el ambiente académico, tal y como le había confesado su propio espíritu, no había servido más que para acentuar su disposición a actuar de forma retorcida. Influenciado por las malas compañías, cautivado por el embrujo tentador de una vida disoluta, Luis no había tardado en quedarse sin blanca. Y consciente de que su padre se negaría en redondo a enviarle más dinero, había ideado un procedimiento para sacárselo que ahora, después de muerto, lo atormentaba hasta límites insospechados.

Con la ayuda de otro vástago descarriado, Luis había decidido enviarle una carta a su padre rogándole que, sin demora alguna, le enviase cinco mil pesetas para comprar un polinomio. Y el bueno del padre, alcalde escaso de luces, conmovido por el apremiante requerimiento de su hijo, no había tardado en enviarle diez mil, es decir, el doble de lo que le pedía, instándolo a que comprara uno que fuese realmente bueno.

Matías siempre se había sentido muy impresionado con el relato. El espíritu de Luis se lo había contado en infinidad de ocasiones, quizás para liberar su conciencia del peso abrumador de tantos remordimientos. De tanto oír aquella historia, Matías estaba absolutamente convencido de que el arrepentimiento del hijo del alcalde, aunque un poco tardío, tenía que ser por fuerza auténtico.

Había también otras historias, desplazándose a través del aire, que le habían llamado de forma poderosa la atención. Se acordó de Manuel el carpintero, ejemplar padre de familia, siempre preocupado por el bienestar de los suyos, que un día había abandonado inesperadamente a su esposa y a sus dos hijas para no regresar jamás. Las malas lenguas decían que se había ido a una gran ciudad a disfrutar de una existencia licenciosa. Lo cierto es que ahora su espíritu se paseaba ufano por la fraga, exhibiendo un comportamiento procaz que jamás había mostrado en vida, y con las uñas y los labios pintados de rojo.

En honor a la verdad, Matías no creía en demasiados milagros. Sólo en los justos para ir tirando. Pensaba además que el mundo era, a menudo,  un lugar hostil y que muchas personas que residían en él eran aún peores. Cuando se perdía por el prado reinventaba un universo a su medida, un lugar amable y plácido como las aguas de un estanque del que habían sido desterradas para siempre la crueldad y la intolerancia. Los relatos que, con frecuencia, le transmitían los aparecidos,  salpicados de buenos sentimientos, le ayudaban a protegerse del frío de vivir.

Una lágrima estuvo a punto de deslizarse por su mejilla, pero finalmente logró reprimirla. Siempre que pensaba en Aurelio, una profunda tristeza le anegaba el ánimo. Aurelio era un buen amigo suyo, analfabeto, y que vivía siempre en el límite de la indigencia. Un año antes de fallecer de cirrosis, había conocido a Leonor, una viuda del pueblo vecino que rondaba los sesenta años igual que él. La amistad entre ambos había llegado a convertirse en algo más serio con el paso del tiempo.

La transformación sufrida por Aurelio con aquella relación había sido tan fulgurante que, según aquellos que lo frecuentaban, había decidido pedirle a don Roque el cura que le enseñase a leer. Nadie logró averiguar jamás los sorprendentes motivos que le  habían inducido a tomar esa decisión. Lo cierto, en cualquier caso, es que Aurelio y Leonor estaban hechos el uno para el otro. Se complementaban como las dos piezas necesarias de un mismo engranaje. Habituados a sobrellevar con resignación una vida sin horizonte, dura y llena de privaciones, su historia de amor era el contrapunto digno, conmovedor, a una existencia mísera y oscura.

Por desgracia, las primeras lecciones que don Roque había accedido a impartirle, habían coincidido con un empeoramiento de su estado de salud. Su desmedida afición por la bebida había acabado por jugarle una mala pasada. Cuando Leonor, tras muchos esfuerzos, había logrado convencerlo para que acudiese al médico, la suerte de Aurelio estaba ya echada. El daño que había sufrido su hígado era irreparable.

Un año después de haber conocido a Leonor, era enterrado en el cementerio del pueblo del que nunca había salido. A pesar de que muchos aún seguían preguntándose por qué, en el tramo final de su existencia, se había empeñado en aprender a leer, lo cierto era que se había llevado su secreto con él a la tumba. Ahora, no había un solo árbol en la fraga que no tuviese grabado en grandes letras el nombre de Leonor en su corteza. El espíritu de Aurelio, que había aprendido lo justo antes de morir para escribir correctamente el nombre de su compañera, se encargaba con una pequeña navaja de honrar su memoria. Como su vida no había sido suficiente para quererla, estaba dispuesto a amarla para toda su muerte.

En sus interminables caminatas por la fraga, Matías no olvidaba que a veces la bruma también mostraba su rostro menos amable. En varias ocasiones había contemplado, a prudente distancia, el cuerpo deshabitado de un casero llamado Antón. Al parecer, y en justo castigo por el desprecio con el que había tratado a sus inquilinos en vida, alguna entidad superior le había negado el derecho a poseer el nuevo aspecto que le correspondía en propiedad después de muerto. Así, el tal Antón, desprovisto de su nueva identidad, no era más que un muerto a medias y eso era, desde luego, lo peor que le podía pasar a un difunto.

Según le había revelado hace algún tiempo una vieja echadora de cartas, los creyentes en las propiedades milagrosas de la niebla conocían cuatro tipos distintos de espíritus. En primer lugar estaban los más que muertos, que eran no sólo los que poseían mayor prestigio, sino también los que habían hecho suficientes merecimientos en vida para ostentar el liderazgo entre los demás. Inmediatamente después de ellos se situaban en tan insólita jerarquía los bien muertos que, aún gozando también de cierto reconocimiento, habían cometido alguna falta en vida que los había relegado a ese plano secundario. Los muertos con reparos se encontraban en el tercer peldaño de su escala sobrenatural.

La echadora de cartas sostenía que estos últimos, a diferencia de los dos anteriores, pertenecían a personas que se distinguían por su incredulidad. Matías tenía la certeza de que, en ese grupo, se encuadraban las almas de don Cosme y don Genaro. La cuarta categoría era la peor de todas y en ella se encontraba Antón el casero. Eran los muertos a medias, los que se situaban en mitad de ninguna parte, y purgaban las culpas de su miserable existencia en cuerpos deshabitados que no poseían una forma determinada.

Matías siguió paseando entre la hierba, dejando que sus pensamientos fluyesen libremente. Se sentía a gusto allí, muy a gusto. Al cabo de unos segundos, dejó atrás el prado y se alejó por el camino, tratando de no pisar los pequeños montículos de tierra que encontraba a su paso. De cualquiera de ellos podía surgir el ovillo gris de una liebre.

El rastro sosegado del atardecer desgranaba sus últimas cuentas de luz. Algunas criaturas ya se revolvían inquietas en sus madrigueras. Matías avanzaba ahora por un camino más angosto que el anterior. En realidad, se trataba de un sendero flanqueado por pinos y eucaliptos. De repente, la forma de un espíritu emergió entre la bruma como los pómulos de una mujer ahogada. Se detuvo en medio del sendero sin pronunciar palabra. Aquel aparecido  no era como los demás, su aspecto era quebradizo y su ánimo voluble.

Matías lo reconoció al instante por las cuencas vacías de sus ojos. Ya había visto más así en el corazón de la fraga. Aquel espíritu pertenecía a un ser adulto que, en vida, había dejado de soñar. Lo miró de soslayo y pasó a su lado con las manos metidas en los bolsillos de la zamarra. Estaba seguro de que un espíritu así, desprovisto de imaginación, no tendría nada que decirle.

El sendero quedó finalmente a sus espaldas. Enfiló el descampado que lo conducía a su casa. Desde donde se encontraba, pudo ver el vaho espeso ascendiendo lentamente desde los establos. Todo lo que le había acontecido en los paseos, a lo largo de su vida, era una transposición sentimental de lo que aparentemente resultaba invisible en la naturaleza. Antes de esbozar una sonrisa herida de melancolía, Matías pensó que con la  niebla ocurría algo muy similar a lo que pasaba con la fe, que siempre estaba ahí, y que al final sólo la veía el que realmente quería verla.





www.galiciadiario.com no se hará responsable de los comentarios de los lectores. Nuestro editor los revisará para evitar insultos u opiniones ofensivas. Gracias