El Confidencial
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José Manuel López García
Ernesto González Valdés
Sociedad

CULTURA | RELATO

Las razones del verdugo

26-11-2019 09:47:56

ÁNGEL VARELA | Era como un lobo que lame sus heridas en uno de esos caminos que ya no transita nadie. Ugarte se había acostumbrado a ejecutar esas sentencias de muerte que, con estremecedora frecuencia, se gestaban casi siempre en los despachos de la zona alta de la ciudad. 

Nunca hacía preguntas, simplemente se limitaba a recabar la información necesaria para realizar el encargo y después se lo tragaba la tierra. Estudiaba las costumbres de las víctimas con la precisión de un entomólogo, tejía una gran tela de araña alrededor de sus vidas y luego esperaba el momento oportuno para caer sobre ellas y abatirlas sin misericordia.   

Sin embargo, también incorporaba un curioso hábito a su escrupulosa profesionalidad. Solía elegir días oscuros e invernales para hacer su trabajo. La lluvia era para él algo que siempre ocurría en el pasado. Y esa singular percepción, lejos de inquietarlo, amortiguaba el peso de una conciencia sepultada bajo numerosos recuerdos inconfesables.   

Recibió su último encargo como de costumbre, con mucha discreción y a una hora intempestiva. Su enlace le proporcionó la información necesaria para poder comenzar la búsqueda. A simple vista, parecía un cometido como cualquier otro: una mujer que traicionaba a su esposo y se fugaba con su joven amante.  

Llegó a la ciudad de la costa al filo de la medianoche. La luna llena rielaba sobre las aguas del puerto. No quiso sustraerse al embrujo del paisaje. Un hombre que estaba condenado a vivir bien podía permitirse el lujo de perder unos minutos contemplándolo. Mientras avanzaba en su coche por la sinuosa carretera que bordeaba el paseo marítimo, pensó que las playas, como las amantes, siempre había que visitarlas a solas. Aparcó el automóvil en una colina desde la que se divisaba buena parte de la ciudad.
   
Casi sin pretenderlo, recordó que había llegado hasta allí para eliminar a dos personas. Una mueca de amargura le ensombreció el rostro. La muerte siempre estaba en el camino. El hecho de que jamás anunciase su aparición, daba a entender que podía suprimirse la finitud de la vida. Sin embargo, cualquier momento era limitado y él lo sabía.
   
Se preguntó por dónde andaría su muerte ahora y cuántas vidas más, insignificantes pero satisfechas dentro de su frágil equilibrio, tendría que condenar para siempre a la oscuridad. No pudo evitar un escalofrío al pensar en la trágica y absurda naturaleza de su oficio.
   
Reparó en la imposibilidad de la condición humana, en la imposibilidad de ser lo que el deseo exige que sea y el vértigo le bloqueó el estómago. Con la conciencia retornaba el malestar de vivir en una absoluta precariedad. Sólo restaba esperar, aguardar quizás a que una curva peligrosa, un pistolero más joven o un inesperado ajuste de cuentas hiciesen el resto.
   
Extrajo su pistola –una Star PD, calibre 45 ACP- de la sobaquera y la sostuvo unos segundos en la mano izquierda. Después encendió el motor del coche y emprendió el camino de regreso hacia el hotel en el que se disponía a alojarse.
   
Un botones fue a recibirlo a la puerta principal y lo acompañó hasta su habitación. Antes de acostarse, echó un ligero vistazo a la fotografía que le había entregado su enlace. En ella podía verse a una mujer madura paseando, de forma despreocupada, por la orilla de una playa. De su rostro emergía una belleza serena que lo llenaba todo. Y sus formas aún parecían conservar cierta lozanía juvenil.
   
Durmió de un tirón hasta las nueve de la mañana. Tras ducharse y vestirse, recogió sus escasas pertenencias y bajó a desayunar al restaurante del hotel. Después se fue como había llegado, dejando a sus espaldas un rastro de soledad herida.
   
Hizo una serie de averiguaciones en varios puntos de la ciudad. Habló con distintas personas. Trató de confirmar lugares, horas y fechas. Al filo del mediodía se dirigió al puerto deportivo. Había retirado su pistola de la guantera del coche y la llevaba oculta de nuevo en la sobaquera.
   
No tardó demasiado tiempo en encontrar lo que buscaba. La mujer de la fotografía estaba allí muy cerca de él, a menos de quinientos metros, frente a una embarcación que estaba atracada. Un hombre, bastante más joven que ella, se encontraba a su lado ofreciéndole el escudo protector de sus brazos, desnudándola con la mirada. Pasó junto a ellos sin reparar en su presencia, evaluando la situación.
   
Elevó la vista al cielo y comprendió que no tardaría en llover. Si todo iba según lo previsto, en unas horas habría cumplido su cometido. Comió en el mismo restaurante que la pareja y se apostó en la misma terraza que habían elegido para tomar café.  Al caer las primeras gotas de lluvia decidieron irse. Corrieron a refugiarse en el interior de una tienda de antigüedades.
   
Él los siguió a prudente distancia, con el cuerpo embalsamado en el arrugado sarcófago de su gabardina. Se apostó bajo unos soportales, justo enfrente de la tienda. Desde allí podría vigilar todos los movimientos de la pareja sin levantar sospechas. Era algo terrible vivir con miedo. Él conocía perfectamente esa sensación. La había administrado muchas veces a lo largo de su vida, sin conmoverse lo más mínimo por el terrible destino que aguardaba a sus víctimas. Quizás por eso, en algún lugar de su corazón siempre reinaba un crudo y helado invierno. 

Matar era algo tremendo. Desposeías a la víctima de todo lo que tenía. Le arrebatabas sus sueños más íntimos. Segabas para siempre su mirada, sus recuerdos, su ternura. Vivir era algo muy serio y morir también lo era.   

Se llevó la mano derecha a la sobaquera y extrajo su pistola de ella. La sostuvo oculta bajo su gabardina, esperando a que la puerta del establecimiento se abriese. Su plan era sencillo e infalible. En cuanto la pareja saliese a la calle, cruzaría la acera y la sorprendería por la espalda. Un par de disparos a cada uno en la cabeza y asunto resuelto. Antes de que la policía lograse reaccionar, él ya estaría lejos de la ciudad.   

La mujer y su joven acompañante abandonaron la tienda de antigüedades media hora después de haber entrado en ella. Al verlos, sujetó la pistola con fuerza en la mano derecha y se dispuso a cruzar la calle. Las facciones de su rostro comenzaron a tensarse como la piel de un tambor. Una minúscula gota de sudor apareció en su frente.   

La pareja, ajena por completo al peligro que se cernía sobre ella,  echó a andar calle abajo. Ugarte fue a su encuentro y, de repente, aconteció algo imprevisto. Él no supo en qué momento del corto trayecto que los separaba redujo el paso. En lugar de aproximarse a sus víctimas, empezó a alejarse de ellas.    

Sin preguntarse por qué lo hacía, varado en medio de la calle como un náufrago, sacó la pistola que mantenía oculta bajo la gabardina e introdujo el cañón en su boca. Antes de apretar el gatillo, recordó lo que una pitonisa le había advertido en una lejana noche de su juventud: “El suicidio siempre se prepara lentamente en el corazón como una obra de arte”.





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