El Gran Hermano de Telecinco, que ya va por su undécima edición, supera año tras año, día tras día, su nivel de chabacanería. Y, a más porquería, más audiencia y mayor repercusión en otros medios. Así está la cosa.
Y el truco del programa es echar la culpa a los concursantes, lavarse las manos al estilo más falso, que de tan hipócrita que resulta, da hasta risa. Son los propios responsables del engendro los que van detrás de la ponzoña, fuerzan las situaciones para conseguir lo que quieren: sexo y bronca, ni más ni menos, que es lo que nos gusta y, por tanto, lo que nos dan. Puras y simples leyes de mercado.
En cada edición buscan a lo peor de cada casa, seleccionan a los concursantes con perfiles más polémicos, agresivos, irascibles, provocativos, tíos y tías cachondas por un lado, tíos y tías salido/as por otro... y ya tenemos el circo montado. A sentarse y a esperar que practiquen sexo en directo o que se cabreen y monten un pollo del copón, se peguen, se insulten... Pero lo peor viene después. Cuando los que mandan en este invento se alzan en salvadores de las buenas formas, en defensores de los derechos de las mujeres, de la no violencia, y expulsan a algún concursante reprendiéndoles por su mal comportamiento, ¡pero si es lo que buscan, el mal comportamiento!
Ayer asistimos al espectáculo lamentable de dos mujeres peleándose por el "gallito" de la casa, un tal Arturo que, por cierto, asistió impasible a la pelea de gatas y seguro que regodeándose en su interior. "No tienes rabo pero te saldrá algún día", "Yo tengo los huevos más gordos que tú", "Zorra"... fueron algunas de las lindezas que se dedicaron una tal Indhira y otra tal Carolina, antes de que la primera le lanzara a la segunda unos hielos a la cara. Y la audiencia subiendo, y la publicidad sumando, y los telespectadores babeando de gusto y los directivos de Telecinco henchidos de emoción. ¡Qué bien!