Con tan sólo 24 años, indiscutiblemente, Lady Gaga se ha convertido en uno de
los iconos de este joven siglo XXI y hoy ha demostrado en Madrid que es la reina
de la teatralidad y principal representante de ese electropop que ella califica
de "monstruoso" con el que deslumbra a medio mundo desde hace dos años.
El madrileño Palacio de los Deportes recibía a reventar
a su nueva diosa, la diosa de un Olimpo "freak" o monstruoso que ella misma ha
ido creando desde la aparición en 2008 de su primer álbum "The fame" y que ha
coronado con temas de éxito como "Just dance", "Pokerface" o "Alejandro". La nota negativa, que fuera se quedaban cientos de personas sin poder entrar,
porque la organización había detectado la venta fraudulenta de entradas
falsas.
Los porteros del Palacio de Deportes, principales afectados por la gran
aglomeración de publico, que obligó a que la policía tuviera que intervenir,
hablaban de 4.000 entradas, pero un portavoz de la promotora (Livenation)
confirmaba a Efe que unas trescientas y recordaba que nunca se deben comprar
localidades en lugares no oficiales.
Volviendo a lo que realmente importa, Stefani Joanne Angelina Germanotta,
conocida como Lady Gaga, con 15 millones de álbumes vendidos, a los que hay que
sumar cuarenta millones de sencillos, no defraudaba a su público durante las dos
horas de concierto.
Y es que esta neoyorquina, cantante, compositora, productora, bailarina y
pianista, como heredara confesa de la auténtica reina del pop, Madonna, es una
maestra del disfraz, la trasgresión, la provocación, la imagen y, en resumidas
cuentas, el espectáculo, y una parlanchina empedernida, porque una buena parte
de las dos horas las dedica a hablar, contar, gritar, susurrar y charlar con su
público.
Defensora a ultranza de los inadaptados y la diferencia, Lady Gaga llegaba a
Madrid, tras pasar por Barcelona y Lisboa, con su segunda gira mundial, The
Monster Ball Tour, y era recibida por un público entregado y que la esperaba
desde hacía horas, algunos hasta habían hecho noche en las puertas del
edificio.
Para empezar y tras una introducción visual, Lady Gaga elegía "Dance in the
Dark", el primer tema de un repertorio en el que no han faltado "Glitter and
grease", "Just dance", "The fame", "Telephone", Alejandro", "Pokerface",
"Paparazzi" y "Bad romance", estas cuatro últimas elegidas como broche final del
espectáculo.
En boca de todos estaba eso de que "la Gaga canta de verdad" y es que la
mayoría se acercaba al Palacio de Deportes con la duda de si la nueva diva era
de esas que disimulan la falta de voz con mucha parafernalia, pero comprobaban
in situ que la neoyorquina cantar, canta.
Veinte bailarines y músicos la arropaban en escena, y eso sí, por lo menos
veinte veces se cambiaba de vestuario y no dudaba en disfrazarse de dominatrix
encuerada en negro y morado, de monja vestida de blanco y plástico transparente
a modo de muñeca hinchable con los pezones cubiertos con tiritas, de madrastra
de Blancanieves, de hada de las nieves tipo carnaval de Tenerife, de heroína
atacada por un gran monstruo, de mujer galáctica cristalizada y hasta se
enfundaba en la bandera de España.
En cuanto a los escenarios, un poco de todo, eso sí, demasiada proyección
visual que cortaba el ritmo del concierto. Para empezar un paraje urbano con
luces de neón y un gran coche averiado, por el que pasaba el "Gaga Express" y
recogía a la diva; un bosque petrificado al más puro estilo Tim Burton, en el
que incluso, para el tema "Alejandro", una gran fuente coronada por un ángel
terminaba chorreando sangre, y para terminar con "Bad romance" en una especie de
nave espacial.
Lo cierto es que la reina del "freak" y el exceso ha dado lo que su público
esperaba, una buena dosis de espectáculo.