"A las siete y tres cuartos, puso nuestro general la señal
de hacer zafarrancho". Así comenzó la batalla que dejó 300 bajas y hundió
la fragata "Nuestra Señora de las Mercedes", cuyo tesoro vuelve a España cerrando la misión de custodia
que los marineros españoles, a tan solo una jornada de navegación de Cádiz, no
pudieron concluir.
Expertos de la Armada
y descendientes de aquellos marinos ilustrados han reconstruido para Efe la
batalla naval del 5 de octubre de 1804 frente al Algarve, en la que cuatro
barcos ingleses atacaron de forma inesperada a una escuadra de otras tantas
fragatas españoles, que custodiaban un valioso cargamento procedente de
América.
"Yo me quedo con la parte humana. En los primeros contactos con los
abogados, vi el nombre del caso: Reino de España versus Odyssey Marine
Exploration. Y dije: vamos a la guerra", comenta entre risas Pilar del
Campo, responsable del Archivo del Museo Naval, rodeada de los documentos clave
para la victoria de la batalla legal, que obliga a la empresa cazatesoros a
devolver el patrimonio extraído del mar en 2007 que España se dispone a
recuperar.
Del Campo explica: "Conforme leíamos documentación y vimos el desastre,
casi trescientos muertos..., pensábamos, ojalá ganemos el caso y podamos
cumplir la misión, porque se quedaron prácticamente a unas millas de la costa.
Y ahora se cierra el círculo. Misión cumplida para estos marineros",
declara con satisfacción.
La Medea, La Clara, La Fama y La Mercedes eran las cuatro
fragatas -un barco veloz y versátil- que formaban esta escuadra al mando de
José de Bustamente, cuya orden era recoger y custodiar caudales procedentes de
El Callao y Montevideo.
"Era una comisión que venía formándose desde hacía dos años, y los
servicios de inteligencia británicos lo sabían. Llevaban dos meses esperándolos
en la zona", explica el coronel Miguel Aragón (responsable de Patrimonio
Subacuático de la Armada),
frente al Atlas de Tofiño, una joya documental sobre la que muestra el lugar de
la batalla, frente al Cabo de Santa María.
No había guerra declarada, pero "la situación era tensa, pues
Inglaterra sospechaba que la neutralidad de España con Napoleón era pactada a
costa de un impuesto mensual y forzaron que España se definiera", prosigue
el coronel.
Cansados de la travesía, en la que unos cuarenta tripulantes padecieron
altas fiebres, a unas 100
millas de Cádiz, avistan a una escuadra inglesa,
alistada para combate. Un emisario inglés conmina a Bustamante a que se rinda y
les acompañe a las costas británicas. Se niega.
"No había llegado el emisario inglés a su buque, cuando empieza el
fuego", estima el coronel, quien reconoce que la armada inglesa estaba
mejor preparada que la española. La primera, lista y adiestrada para atacar; la
segunda, formada para proteger el comercio.
Así también lo constata el apasionante relato de la batalla de Bustamante,
que se refiere a los ingleses como "una marinería escogida e
inteligente", y lamenta cómo sucumbe la moral cuando la Mercedes vuela por los
aires, poco después de comenzar la batalla, posiblemente, por un incendio en la
santabárbara del buque (zona donde se guarda el polvorín).
Con el resto de sus fuerzas diezmadas, "no es extraño, excelentísimo
señor, me viese en la dura necesidad de arriar la bandera, siendo como las diez
y media", afirma el jefe de la escuadra.
La crudeza es relatada por el único superviviente militar de La Mercedes, el teniente de
navío Pedro Afán de Rivera: "habiendo estado debajo del agua, con parte de
la artillería del castillo, cuyo puesto cubría, y otros fragmentos sobre sí, en
un estadio que no puede designar, y después asiendo un trozo de la proa estuvo
sobre él como dos horas y cuarto, hasta que finalizado el combate lo
recogieron".
Pero, quizá, la historia más sobrecogedora es la de general Armada Diego de
Alvear y Ponce de León.
Después de vivir 30 años en Argentina, donde se casó con una porteña,
regresaba con su familia a España como tercer comandante de la flota, rememora
José María Moncasi de Alvear, descendiente de este marino ilustrado, que
hablaba ocho idiomas, y escribió un tratado sobre sus descubrimientos en la
selva amazónica.
En la última parada técnica, en el puerto de Montevideo, cayó enfermo el
segundo comandante de la escuadra, puesto que pasó a ocupar Diego de Alvear,
quien tuvo que trasladarse de La
Mercedes a la fragata capitana, "La Medea".
Desde allí, vio el desastre: "habiendo perecido infamísimamente toda su
desventurada familia, que había quedado en la Mercedes, compuesta de su
amada esposa, ocho hijos menores, cinco esclavos, y la mayor parte de todos sus
bienes".
Las tres fragatas restantes fueron conducidas a la costa británica, y poco
después, España entraba en guerra.