ÁNGEL VARELA | Una tarde poseída por la furia del invierno y un sentimiento de soledad que, como un enjambre oscuro, se desploma zumbando sobre su cuerpo deshabitado. La mujer, de unos veinticinco años, contempla el reloj de la pared sin inmutarse. “Dentro de un cuarto de hora estará aquí”, se dice a sí misma mientras un poso de cansancio le esmalta la mirada.
La profunda ingravidez del silencio lo sepulta todo a su alrededor. Cree que ya es hora de enfrentarse a solas con sus fantasmas. Oye ruidos en la escalera y, por un momento, deja a un lado sus reflexiones. Alguien sube por ella. “Es él, es él, ya viene a ajustarme las cuentas”.
Clava sus ojos en la puerta de la habitación. Su mano derecha coge el escrito que está sobre la mesa. Comienza a leer con una ansiedad desconocida, con la resignada desesperación que empuja a los suicidas.
Chicago, distrito urbano número 16
Querida Helen:
Tienes que abandonar inmediatamente la ciudad. Michael Gambino, el lugarteniente de Tony Salvatore, ha traicionado a la familia y se ha pasado al bando de los irlandeses. Ahora trabaja con O’Rourke. Los italianos tienen las horas contadas. No tendrán piedad de ti. Saben que has sido mi amante y eso no te lo perdonarán jamás. Olvídalo todo y lárgate. Esta ciudad es demasiado dura para un corazón tan delicado como el tuyo. Yo me voy de aquí, me voy con el consuelo de saber que me quedará el rastro de tus caricias sembrado en la piel. En realidad, te recordaré siempre como un cuerpo ahogado por el deseo, como una golondrina sedienta enjaulada en mis brazos. Te quiero John
Chicago, 11 de enero de 1933
Deja el escrito sobre la mesa. Ahora escucha el ruido mucho más cerca. Alguien hace girar el pomo de la puerta de un lado a otro. “¡Esto se acaba!”, exclama mientras su rostro adquiere una expresión sombría.
Finalmente la puerta cede y alguien, acorazado en la oscuridad, se aproxima hacia el lugar donde se encuentra. Siente que las sombras flotan a su alrededor como fantasmas ingrávidos que reclaman un sitio junto a ella.
“¿Quiénes?”, sus palabras resuenan en la penumbra como un ligero murmullo. El extraño emite un carraspeo, se sube el cuello de la gabardina y descubre el revólver que sostiene, con firmeza, en su mano derecha.
Ahora está frente a ella, a menos de dos metros de distancia. Exhala una bocanada de aire y sonríe con leve acento de fatiga. La mira a los ojos sin parpadear. Y piensa que ninguna mujer es más hermosa que cuando dice adiós.
“¿También tú John?”, su voz está lastrada por una sensación de indefinible pesar.
“Tengo que cuidar mi pellejo”, las palabras se escurren lentamente por los labios de su interlocutor.
“Antes de dispararme, dime que me has estado esperando todo este tiempo”, una lágrima furtiva comienza a deslizarse por la mejilla izquierda de Helen.
“Te he estado esperando todo este tiempo”, responde John sin bajar la guardia.
“¿A cuántas mujeres has olvidado?”, pregunta mientras se revuelve incómoda en el sillón.
“A tantas como hombres tú has amado”, intenta evitar su mirada de animal herido, trata de no fundirse de nuevo en su inmensa ternura.
“¿Hay alguna forma de ganar?”, Helen coge el escrito de la mesa y comienza a estrujarlo lentamente.
“Bueno … siempre hay una forma para perder más despacio”, John acaricia el gatillo del revólver y pone cara de circunstancias.
“¿Cuánto te paga O’Rourke por hacer esto?, ella lo castiga con una mirada envenenada de reproches.
“Nada. Es sólo la prueba de la lealtad que le debo”, John escupe las palabras como si fuesen astillas clavadas en su corazón.
“Está bien. Será dulce morir de tu recuerdo”, Helen se abandona sobre el sillón como un desvencijado muñeco de trapo. Él apunta sin prisas a su cabeza, da dos pasos hacia delante para cerciorarse de que no va a fallar. En ese preciso instante, dos secos latigazos como relámpagos rasgan la oscuridad. Un penetrante olor a pólvora comienza a extenderse por toda la habitación …
“¿Cómo acaba esto?”, el público abarrota el cine, es incapaz de apartar la mirada de la pantalla. El olor a palomitas lo impregna todo. En la bendita oscuridad de la sala los ojos de muchos espectadores se encienden como ascuas. El odioso sonido de un teléfono móvil se oye en las últimas filas.
“¡Dale recuerdos de mi parte, no te jode!, exclama indignado el espectador que se encuentra sentado al lado del tipo del teléfono, que abandona la sala de forma apresurada.
“Lo siento”, Helen sostiene el arma oculta bajo el batín. “Yo también tengo que cuidar mi pellejo”. John, asombrado, se lleva las manos al estómago y se desploma sin vida sobre el suelo. Fundido en negro y fin de la película. Una balada romántica precede a la aparición de los títulos de crédito en la pantalla.
En el exterior de la sala, el propietario del móvil habla enfadado con su interlocutor: “¡Ya está bien! ¡Siempre eliges el momento menos oportuno para llamarme! ¡Por tu culpa me he perdido el final de la película!
Se hace el silencio y, al cabo de unos segundos, una voz cavernosa se escucha a través del teléfono: “¡John, John! ¿Eres tú? ¡Ten mucho cuidado! ¡Helen se ha reunido en secreto con O’Rourke y van a traicionarte!”.